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Cada día, en nuestra oración al Padre Celestial, no debemos olvidar incluir en nuestras preces meditar, para en acción y pensamiento, vivir comprometidos en preservar la defensa de los recursos naturales del Planeta. Por lo cual, para ello entre otros aspectos debemos apoyar toda iniciativa o propuesta para concienciar y propiciar la siembra y el cultivo de árboles y frutos, en la dimensión de su amplia gama y variedades existentes en nuestra Tierra. Los árboles, entre otras valiosas contribuciones a la humanidad, son los “pulmones” del Planeta; así como también piedra angular para la sustentabilidad y lucha contra el dañino cambio climático.

La deforestación figura entre los 10 grandes problemas del ambiente que el Planeta enfrenta al presente, según informa el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático; creado en el año 1988, con sede en Ginebra, Suiza, integrado por experimentados científicos, reunidos por las Naciones Unidas, para facilitar evaluaciones integrales acerca del cambio climático, sus causas, posibles repercusiones, planificación y estrategias de respuesta.

La tala de árboles se relaciona con serios agravantes para la humanidad, entre otros: la extinción de una variada gama de especies; así como también, la lamentable pérdida del hábitat que es hogar y refugio para las mismas; la falta de protección a la capa vegetal del suelo; las inundaciones; la erosión; la contaminación de la atmósfera; la aportación al ciclo del agua; la producción de oxígeno; la absorción del dióxido de carbono; además del valor agregado de disfrutar a la sombra de la delicia de un bello paisaje que nutra el alma y el corazón, con la paz que sólo puede brindar nuestro Padre Creador. 

La siembra y cultivo de árboles promueve calidad de vida, para bien de toda la creación. Los mismos con sus frondosas copas, que simulan brazos extendidos hacia el cielo, son alegorías vivientes de la naturaleza como emblema de la paz. Sus ramas altas y libres parecen atraer, con el verdor de su energía, la ternura de la armonía y el abrazo fraternal que propicia la paz. En sentido literario, podemos expresar que los árboles son poemas que la tierra escribe en la bóveda celestial. 

Cuando sembramos árboles, plantamos semillas de paz y de esperanza para la humanidad. Cada árbol viene a ser comunión con la naturaleza. Su existencia, además de purificar el ambiente y proveer sombra y cobijo, nos invita a reflexionar acerca de la importancia de aspirar y trabajar para lograr un mundo con mejor calidad de vida. Ello será de beneficio tanto para nosotros como para la niñez, esa futura generación que constituye nuestro mayor tesoro… pues son semilla y promesa del futuro de esta nuestra querida tierra borincana, orgullo de nuestras raíces y verdad. 

¡Qué cada árbol sembrado crezca con raíces profundas, que nutran la savia de un tronco firme y sus abundantes ramas sean símbolo de protección y sombra acogedora para la humanidad! ¡Qué la oración en nuestra vida sea paradigma de la siembra y el cultivo de un árbol que diariamente abonemos con amor en servicio para los demás! ¡Qué bajo la sombra de sus frondosas ramas recibamos el amor y la protección que, día a día y de sol a sol, nos prodiga el Padre Celestial, de forma sin igual!

Sandra S. Rivero

Para El Visitante

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