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El Misterio de la Encarnación podemos describirlo como lo expresa el Salmo 39 cuando afirma: “se inclinó y oyó mi grito”. Como nos dice San Pablo “se anonadó”, que se refiere al Dios que por amor se acerca a lo creado. Al Misterio de la Encarnación le es consubstancial la Misericordia. Me gusta decir que la debilidad de Dios es amarnos. La Fuente de la Encarnación es el profundo amor de Dios hacia nosotros. San Juan así lo indica cuando dice “Dios nos amó tanto, que ofreció a su propio Hijo”.

Pero ¿cómo esta acción de Dios, manifestada en su Hijo, repercute en la vida de cada persona y sus diferentes dimensiones? Es este Dios eternamente presente, que acoge lo humano, dándole un nuevo sentido a la vida humana en su dignidad. Como criaturas estamos ligados a lo humano, pero con este gesto de abajamiento de Dios a lo humano recibimos sanación y somos elevados a entrar a la Comunión Trinitaria en el Hijo. La iniciativa de Dios en la Encarnación de su Hijo Jesucristo repercute, marca y transforma nuestra vida cotidiana.

El Papa Francisco expresó: “Nosotros podemos hacer todas las obras sociales que queramos, y dirán: ¡que bien la Iglesia que hace estas obras sociales! Pero si decimos que hacemos esto porque esas personas son carne de Cristo, llega el escándalo”. La Iglesia sale en búsqueda de aquellos que son vulnerables, frágiles y descartados por la misma sociedad humana, pero lo hace por vocación y una fuerza que la mueve más allá que un análisis social. Ella, como su Señor, está llamada a encarnarse en la historia y vida de la humanidad. No hay forma que el discípulo-misionero fiel a Jesús se olvide de la periferia y de los descartados por los sistemas económicos. Olvidarse sería una forma de claudicar a su fe.

El Misterio de la Encarnación es una de las acciones de Dios menos comprendidas. Un Dios todopoderoso que se hace humano para descender a nuestra frágil realidad, menos en el pecado y de esta forma elevarla a la dignidad de eternidad. Santo Tomás de Aquino así lo manifestó: “El misterio de la Encarnación es entre todas las obras divinas, el que más excede la capacidad de nuestra razón, pues no puede imaginarse hecho más admirable que este de que el Hijo de Dios, Verdadero Dios, se hiciese hombre verdadero”.

Sin la Encarnación del Verbo falta el fundamento de nuestra fe, afirma Papa Francisco. Lo que escandalizó de Jesús a los líderes religiosos de la época fue su naturaleza de Dios Encarnado. Ante la pregunta del sumo sacerdote, ¿eres tú el Cristo, el Hijo de Dios? (Mt 26, 63). Jesús responde que sí y esto provocó su condena mortal. La pregunta de Pilatos: ¿De dónde eres tú? (Jn 19, 19), fue profundizada por el Papa Benedicto XVI cuando refirió que: “En los cuatro evangelios emerge con claridad la respuesta la pregunta de dónde viene Jesús, su verdadero origen es el Padre, Dios”. Nuestra fe es en el Dios que actúa en la historia, abunda Benedicto XVI. Es origen de esperanza y alegría. 

Aunque nos sintamos débiles, pobres, incapaces delante de las dificultades y del mal del mundo. La fuerza de Dios se hace presente en nuestra historia. Para Benedicto XVI “la potencia de Dios actúa siempre y obra maravillas justamente en la debilidad. Su Gracia es nuestra fuerza”. No es un acontecimiento externo y lejano, sino todo lo contrario, es interno y cercano. La vida del discípulo de Jesús no se realiza en el mundo abstracto de las ideas sino en la contundencia del encuentro con el Dios con nosotros y en el encuentro entre nosotros. “A pesar de que hoy día se vive en un contexto plasmado de relativismo, de búsqueda de ideales aparentes y de una salvación individual, los cristianos no debemos cesar en nuestro esfuerzo por anunciar a un Cristo real y que responde a las necesidades más acuciantes de la persona humana”. Estas palabras de Benedicto XVI las relaciono con la pregunta inicial de este artículo, ¿Cuál es el sentido de la vida humana a la luz del misterio encarnado?

El Dios con nosotros nos interpela para no quedarnos en el mundo de las ideas para tocar, percibir y transformar la realidad humana. Como lo indica el libro de Hebreos 4, 15: “No tenemos un Sumo Sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino uno probado en todo, igual que nosotros, excepto en el pecado”. Jesús experimenta en su propia carne la tragedia del pobre, del descartado, de la periferia social, del vulnerable. 

Jesús asume la tragedia del ser humano que carece de poder para solucionar sus propios problemas. Hoy hablamos de la dificultad de los adultos mayores al acceso a los servicios de salud, el derecho de nuestros jóvenes a recibir el apoyo económico para aspirar a una educación universitaria, la situación de la vivienda, el disfrute de nuestra naturaleza, bosques y playas contra aquellos que las maltratan. Una de las consecuencias que podemos extraer para la vida del mundo de hoy es la centralidad de Cristo en la vida humana. La Iglesia como sacramento de Cristo, nos invita a varias conversaciones, la ecológica, la comunitaria y la misionera, que conllevan nuestro abajamiento a la realidad que sufren un importante número de la población mundial como consecuencia del pecado del mundo.

El Misterio de la Encarnación nos mueve de nuestros espacios de confort para hacernos fraternos y solidarios con lo profundo del horror del dolor humano, la tragedia de los hermanos. La Encarnación del Hijo de Dios no es una subida al mundo de los privilegios, “sino una bajada al infierno de lo que viven los seres humanos” (A. González, Sacerdotes dignos de Crédito, p. 60) que padecen la agresión a su dignidad humana e incluso la privación activa de los derechos fundamentales.

P. Juan Luis Negrón Delgado

Decano de Artes y Humanidades

Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico

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