Esta breve reflexión servirá para conocer algunos rasgos del profeta Samuel que nos acompaña en la primera lectura en las misas entresemanas. Samuel, cuyo nombre significa “nombre de Dios”, fue dedicado a Dios por su madre, Ana, como parte de una promesa que hizo antes de que naciera (1 Sam 1,11). Ana quien había sido estéril durante muchos años, oró fervientemente a Dios por un hijo y prometió dedicarlo a su servicio si le concedía un hijo. Dios respondió a sus oraciones y Samuel nació. Como había prometido, Ana llevó a su hijo a servir en el templo bajo la guía del sacerdote Elí.

Samuel jugó un papel clave en la transición de Israel de un sistema de gobierno basado en jueces a una monarquía ya que ungió a los dos primeros reyes de Israel, Saúl y David. Sirvió de puente entre el periodo de los jueces y el de los profetas. Aunque se opuso a la monarquía, su liderazgo y consejos fueron fundamentales para la selección y éxito de David. Samuel reconoció que, si Israel iba a tener un rey, debería ser alguien que siguiera la voluntad de Dios.

Samuel desde su infancia fue instruido por el sacerdote Elí a ser obediente a Dios y discernir su voluntad: “Habla, que tu siervo escucha” (1 Sam 3,10). Esta capacidad de obediencia le permitió guiar y aconsejar al pueblo de Israel ya que “por aquellos días las palabras del Señor eran raras y no eran frecuentes las visiones” (1 Sam 3,1). Era audaz en manifestar valientemente la decadencia religiosa encarnada en los hijos de Elí y el florecer de una época nueva (1 Sam 3,11-13). 

Además de sus roles proféticos y políticos, Samuel también tuvo un impacto en el desarrollo espiritual de los israelitas. Samuel estableció una escuela de profetas, donde entrenó a jóvenes para ser profetas. Este esfuerzo contribuyó a la continuidad y el desarrollo de la tradición profética en Israel. Se caracteriza como un gran reformador con autoridad que ha estado a las órdenes exclusiva de la Palabra de Dios: “Samuel crecía, Dios estaba con él, y ninguna de sus palabras dejó de cumplirse; y todo Israel, desde Dan hasta Berseba, supo que Samuel era profeta acreditado ante el Señor” (1 Sam 3,19-21).

Samuel fue agudizando el oído para discernir la voluntad de Dios y así mirar mejor el corazón del hombre sin prejuicios y con verdad. El corazón en las Escrituras es la vida moral y espiritual interna de una persona: “El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Lucas 6, 45). Es otra cualidad del profeta Samuel, desde el contacto con la oración y la Palabra de Dios aprendió a no dejarse llevar por las apariencias. Las cualidades externas son, por definición, superficiales y no nos muestra el valor o el carácter, la integridad o la fidelidad de una persona hacia Dios. 

La elección del siguiente rey de Israel, David, fue una manifestación gloriosa del poder de Dios. Samuel en su humildad y discernimiento fue capaz de esperar pacientemente la decisión del Señor. Al igual que Samuel, no podemos ver lo que el Señor ve, y debemos confiar en Él para que nos dé sabiduría. Podemos confiar en que, cuando Dios mira nuestros corazones, ve nuestra fidelidad, nuestro verdadero carácter y nuestro valor como personas.

Su vida es toda una catequesis vocacional. Nos enseña a estar atento a la voz de Dios que nos habla. Como profeta, Samuel tuvo que entregar mensajes difíciles al pueblo de Israel, incluido el rechazo de Saúl como rey (1 Sam 15, 26). Confiando en que Dios tenía el control y sometiéndose a su voluntad, Samuel continuó siguiendo su guía y finalmente ungió al joven David como futuro rey (1 Sam 16, 13).

Creer en la soberanía de Dios significa confiar en que Él tiene un plan mayor, incluso cuando las circunstancias no tienen sentido o cuando nos enfrentamos a la incertidumbre. Al poner nuestra fe en el control de Dios, podemos abrazar con confianza Su voluntad y propósito, sabiendo que Él hará todas las cosas para bien (Rom 8, 28). Al hacerlo, podemos esperar experimentar una vida llena de las bendiciones, la guía y la presencia de Dios en su Espíritu Santo.

Padre Víctor M. Torres Cisneros

Para El Visitante