Muchos recibieron el primer día del 2024 con resoluciones. Al mismo tiempo, Altagracia Rubio Del Río y el Diácono Miguel Vélez celebraron el pasado 1 de enero con la renovación de aquel pacto de amor que hicieron hace seis décadas atrás en el altar. Su historia de amor reta toda comodidad. Migrar a los EE.UU., trabajo duro, estrechez económica y la amenaza de ir a la guerra fueron solo algunas de las pruebas que vivieron. 

Ambos vienen de hogares muy humildes donde se vivía la fe católica, en las montañas contiguas entre Hatillo y Arecibo. Se conocieron de niños en la escuela. Ella con 14 años y él con 17 laboraban en la Legión de María Preaesidium de Adultos de la Parroquia Perpetuo Socorro de Hatillo. En una actividad, en las afueras de la Capilla Cristo Rey del Barrio Bayaney un tímido Miguel le entregó a la mano de Altagracia una carta de amor -que al día de hoy conservan- que fue contestada al siguiente día.

Su noviazgo, de 5 años al estilo de antaño, fue encaminado al matrimonio. Miguel aún recuerda cuando pidió la mano de Altagracia. Sus amigos le recomendaron que llegara ante el suegro con un estilo intimidante fumando cigarrillos. Cuando lo vio prendió un cigarrillo por primera vez en su vida y el humo le provocó un ataque de tos. Cuando se recompuso, se presentó ante aquel señor de semblante serio y le dijo: “Vengo aquí a pedir la mano de su hija”. Contestó rompiendo la tensión: “Ya lo sabía, no hay problema, sube”.

Miguel tuvo que migrar en búsqueda de mejores oportunidades a Connecticut en 1959. Trabajó en una granja de frutos menores y luego en una fábrica para enviar remesas a su familia y ahorrar. Regresó a los dos años y comenzó a trabajar en construcción.  

Un dato curioso. Altagracia es la mayor de 11 hermanos y Miguel es el menor de 11 hermanos. Por ello, Altagracia tuvo que colaborar en la crianza de sus hermanos y en el hogar. Mientras Miguel trabajaba con sus hermanos. Trabajó varios proyectos como en la zapata de una de las torres del radiotelescopio de Arecibo, en varios edificios de Arecibo y luego en el área metropolitana como en la construcción del Hotel Dupont Plaza -hoy Hotel Marriot-. Así pudo ahorrar para que pudieran casarse. 

Llegó el tan esperado 1 de enero de 1964, a las 3:00 p.m., en su parroquia en Hatillo. Llovía a cántaros. La celebración fue muy sencilla. Ante el ánimo festivo sobresalía una serenidad en ambos porque, como dijo Altagracia, “sabíamos que era un pacto de amor para toda la vida”. Añadió Miguel: “Estábamos conscientes, fue un pacto de amor, hasta que la muerte nos separe, hasta el final”.

Ese final parecía cerca cuando siete días después fue convocado para ir a la guerra de Vietnam, pero, no fue porque solo aceptaban a solteros. Al año y medio lo llamaron, pero solo aceptaban casados sin hijos y ya tenían a su primer retoño. Otra vez lo llamaron, pero aceptaban a casados con un hijo y Altagracia estaba embarazada… 

Se relocalizaron en Bayamón y asistieron a la Parroquia Perpetuo Socorro de la Calle Comerío. Miguel trabajó 30 años en cortinas de aluminio y Altagracia se dedicó a la crianza de sus tres hijos: Miguel, Zaida y Daniel. 

Un momento determinante fue cuando Miguel leyó en el semanario católico que abrían la oportunidad de la escuela diaconal. Él no creía ser digno, pero su párroco pensaba algo distinto. Luego de varios desafíos, se ordenó diácono en 1981 para la Arquidiócesis de San Juan. Ejerció su diaconado principalmente en Perpetuo Socorro de Bayamón. Allí trabajó arduamente junto a su esposa en la catequesis, grupos de matrimonios, Cursillos de Cristiandad, la Renovación Carismática, visitas a los enfermos y rosarios en la comunidad. 

Ambos comentaron sobre su matrimonio: “Gracias a Dios han sido 60 años de felicidad, pruebas, respeto, comprensión, sacrificios, en las buenas y en las malas, pero sobre todo de mucho amor”. ¿Se volverían a casar? Ambos afirmaron con prontitud y humor: “Claro, ¿por qué no?”, “si estuviésemos mejorcitos sería formidable” y “definitivamente, con achaques y sin achaques”.

La pareja fue distribuidora de El Visitante en la zona de San Juan por 27 años durante huracanes, serie sísmica y hasta la pandemia. Su consigna: No se puede perder la ruta. No lo dejes para mañana porque mañana trae su propio problema. Cesaron por un episodio cardiaco de Miguel que lo obliga a mantenerse más tranquilo en el hogar. Aunque recuerdan con mucho cariño a todos los que los recibían en las parroquias al entregar el periódico. Piden a sus amigos, diáconos y sacerdotes que los recuerden siempre en sus intenciones en la misa.

Enrique I. López López 

e.lopez@elvisitantepr.com 

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