Hace algunos días veía un video de mi abuelo sonriendo a carcajá, recién levantado, por un evento que había pasado durante la noche. Lo sucedido bien pudo sumirlo en la tristeza o en el lamento, pero él eligió sonreír, y de qué manera. Decía: yo me lo gozo to’, mientras no podía ni caminar por la pavera.
En este mes de julio mi abuelo cumpliría 89 años de edad. Dios le concedió morir justo el día de despedida de año del 2023, después de haberse disfrutado un compartir familiar y la fiesta navideña de la parroquia San Rafael Arcángel de Quebradillas. En un sueño se fue aquel que unía a nuestra familia y le daba un toque especial. Su sonrisa siempre permanecerá en nuestras memorias y corazones como un signo manifiesto del llamado a la alegría por parte del Señor.
Hay muchos recuerdos que afloran en mi mente a la hora de resaltar el don de su alegría. En el año 2017 tuve la oportunidad de llevarlo a Punta Cana, uno de sus lugares favoritos. En ese entonces, ya se le dificultaba un tanto caminar. No obstante, no se cruzó de brazos, sino que hasta en “boogies” se montó. No le faltó, por supuesto, el juanetazo de Mamajuana, que tanto le encantaba. Comió con el apetito que siempre le distinguió y me acompañó a cuanto sitio hay. Allí también, en el cuarto del hotel, celebrábamos juntos la Misa como centro de nuestro día.
Hermanos, no puedo evitar el compartir una foto de aquel viaje con mi abuelo. Sepan que, en este mismo Semanario, en septiembre de 2022, escribí un artículo sobre él titulado “Hay padres naturales y también los hay espirituales”. Estoy convencido de que mucho de lo que soy hoy, se lo debo a él. Por eso, le doy gracias.
Abuelo, descansa en paz, cuídame desde el cielo y ayúdame a imitar tu alegría contagiosa.
“Estén siempre alegres en el Señor; se los repito, estén alegres” (Filipenses 4,4).
P. Gabriel Alonso Sánchez
Para El Visitante



