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(Undécimo de varios)

La tragicomedia de la antítesis de esta virtud es un retrato que cansa. Solo por elegir un tema caliente. Unos defienden el “derecho” a terminar la vida del no nacido como si se tratara de un canto de palo, sin el más mínimo sentimiento obviando lo que es el aborto… Del otro lado, están en la conversación los que velan cada palabra, detalle y hasta las pausas para emboscar y atacar tipo relámpago. Insensibilidad y sensibilidad exagerados amenazan el diálogo cotidiano en los temas determinantes del País. La clave: falta de moderación, que es lo mismo que una ausencia de templanza. 

La virtud de la templanza -cuarta virtud cardinal- es hermosa y sólida como un templo majestuoso al que todos queremos entrar y quedar protegidos. Solo que ese Morro se hace actitud humana. No solo las Sagradas Escrituras elogian al temple de carácter, sino que cada persona se siente cómodo al vivir junto a los que buscan la moderación. Eso incluye a los que tienden a la exageración… Y estos tiempos, el mundo digital (que busca complacer los gustos para retener la atención del usuario) hace que las personas se afiancen en sus opiniones e indirectamente se tiende a los excesos, extremos, al radicalismo y la intolerancia. 

Sobre la virtud, el Catecismo (1809) subraya: La templanza es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene los deseos en los límites de la honestidad. La persona moderada orienta hacia el bien sus apetitos sensibles, guarda una sana discreción y no se deja arrastrar “para seguir la pasión de su corazón” (cf Si 5,2; 37, 27-31). La templanza es a menudo alabada en el Antiguo Testamento: “No vayas detrás de tus pasiones, tus deseos refrena” (Si 18, 30). En el Nuevo Testamento es llamada “moderación” o “sobriedad”. Debemos “vivir con moderación, justicia y piedad en el siglo presente” (Tt 2, 12).

Para alcanzar la templanza hay que renunciar a los extremos, al histrionismo, a la explosión de carácter, al radicalismo de pensamiento, a esa dichosa manía de contrariar y a la insensibilidad… La escuela de la templanza es Jesús. ¿Dónde lo encuentro? En la Eucaristía. Reflexionemos: ¿Cuántas veces he practicado hoy la moderación?

Enrique I. López López

e.lopez@elvisitantepr.com

Twitter@Enrique_LopezEV 

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