Una abuela, rodeada de lágrimas por la muerte de su nieta, aclaró que le mandaría a celebrar una misa porque ella necesitaba iluminación. De la obscuridad se pasa a la luz en íntima reverencia a Dios, quien nos atrae con su gracia, nos reviste de inmortalidad. No se trata de una oración corta o larga, sino del Santo Sacrificio de la Misa en que Cristo es el todo, sacerdote eterno, que se inmola por su pueblo, se ofrece en alimento espiritual.

Se ofrece el sacrificio único, a través del sacerdote-celebrante, que es siempre el mismo, Cristo. Él vivió y murió por nuestros pecados y resucitó a una vida nueva e intercede por nosotros a todo momento, en cada circunstancia en que, de rodillas, o de pie, acudimos ante su presencia santa. Ese deseo de la abuela en un sí o la fe, una reverencia a la absoluta entrega de nuestro Señor.

Los feligreses, vestidos de humildad, se acogen al Santo Sacrificio con amor y esperanza, con un pensamiento interno; que se logre lo pedido en la súplica. Las fuerzas humanas, la ciencia y la medicina logran su cometido, pero la fe sobrepasa esos términos, arranca un milagro.  Dentro, muy adentro, el rezo se convierte en procesión de necesidades, en clamor vertido sobre Él murió por nosotros. 

La Santa Misa, con poco o mucha gente, es una celebración en la que el actor principal Cristo, es la figura central. Y el pueblo de Dios, bautizado y convocado, en ferviente actitud, se alimenta de la Palabra y de la Eucaristía. Todas las miradas, los pensamientos y las actitudes quedan paralizadas ante el gran misterio, ante al acontecimiento vivo.

El deseo de la abuela abre brecha a un caudal de súplicas que se desatan una vez se pasa por una tragedia, por un crimen. No cesa la mente de pensar, de argüir, de llorar. Se anhela saber el porqué, el desamparo de la víctima, la situación familiar. Coinciden las ideas, chocan las realidades. La mente se torna hueca, el dolor parece dictar la pauta y la misa es iluminación, garantía de sosiego y de hágase tu voluntad.

Es la Iglesia una invitación continua a reforzar la fe y a tejer una convivencia de amigos y devotos que alrededor de Cristo celebran la vida y dan sentido a la existencia para reforzar la virtud y devolver el entusiasmo al mundo. Todos comen en mismo pan y el mismo vino y se aferran al amén, que es acatamiento de la voluntad divina.

Celebrar los Santos Misterios es sentarse a la mesa con el Señor que nos invita. Todos juntos, comensales de la fe, nos alimentamos con la Eucaristía Santa y renovamos el compromiso de ir por el mundo regando la semilla de la verdad, el amor y la justicia.  Somos discípulos de aquel que no tenía donde reclinar la cabeza y nos enriqueció a todos con su amor y su entrega.

Padre Efraín Zabala

Para El Visitante

 

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