La limpieza del salón principal de la casa, llamada soberao, se hacía antes del día de Reyes. Se sabía que la alegría tendría una manifestación de gestos festivos que involucra el baile como deleite de la guitarra y el cuatro.  Ritmos de la montaña se abalanzaban en la sala como augurio de una fiesta única, una expresión de la convivencia vecinal.

La temporada navideña incluía una dosis de festejos del alma y del corazón. Esos días en que se ponía en cuarentena el surco, se utilizaban como oxígeno luminoso para poder hacer frente a la fatiga de las labores del campo. Esas vacaciones anheladas propiciaban la alegría como barniz, como acercamiento vivo a la realidad vibrante.

Esa unión estrecha entre familias, amigos y vecinos era un libro abierto para disfrutar la navidad en todas sus facetas; a saber, baile, música, comida suplida por el agro, con todo su néctar y su dulzura. El lechón asao, los pasteles, el arroz con dulce y el majarete desfilaban por las casas como un ave de abundancia y agradecimiento. El menú tradicional acaparaba el paladar y se da gracias por los olores y sabores.

El baile era un desquite con el tiempo de cuaresma, rígido y austero y con la dura lucha con la vida misma. No era fácil buscar agua en el pozo, tomar la guagua grande para ir al pueblo, obedecer a ciega a padres y a mayores.  Toda la disciplina hogareña, riqueza por demás, se desvanece por un tiempo hasta que vuelve la rutina con su agobio y sus regaños.

El soberao se identificaba con libertad de expresión ya que era mínima bajo la autoridad férrea que dominaba el bohío, la casita techada de paja o la de cemento armado. En el proceso de emanciparse con el baile surgían los noviazgos, los comentarios al oído, la mirada audaz, llena de insinuaciones. Esa escena del 6 de enero era parte de una filosofía de vida, de un arriesgarse a bailar sobre el clavo caliente de los padres y padrinos, abuelos y tíos.

No se entiende el disfrute real sin retomar el pasado que es cátedra del presente. La fe y la disciplina de la convivencia trazaban la ruta epifánica y los recuerdos suben y bajan por las generaciones que se aferran al lar nativo. La cajita con yerba fresca era una súplica, una ceremonia con el poderío del dinero o de la alcancía en flor. Participar de un poquito más era fascinación, una alegría que rodaba por todo el año y dejaba el gesto del festejo en la memoria.

Ya no hay fiestas formales en las casas y el soberao mantiene su pulcritud y su donaire. No hay muchas pisados a la vez que ratifiques la presencia de amigos y vecinos. Ahora se baila en un club, en una fraternidad, o en la Calle San Sebastián. Quedan en el recuerdo el tumbaíto criollo, la fuerza vital de los bailaores del campo con su hegemonía de los pulmones y el corazón palpitando a millas por minutos.

Los Santos Reyes, identifican al País y lo convierten en huella de horizonte por donde llegan todos los anhelos y deseos. El soberao sigue vivo entre nosotros…

P. Efraín Zabala

Editor

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