La beatificación del Padre Michael Mcgivney, fundador de los Caballeros de Colon, me hizo reflexionar sobre el sacerdote diocesano que vive su sacerdocio en medio del mundo, rodeado de soledad y de desalientos. La parroquia, fuente de hermandad y cobija de agradecimientos, es para el sacerdote diocesano, su otra casa; su otra familia que sostiene la esperanza de predicar a Cristo, parecerse a Él.

Una vez se ordena sacerdote, sale de aquel ambiente del seminario que era compañía grupal para enfrentarse a su yo en penuria de compañeros. Ya en la parroquia, la responsabilidad básica es con los feligreses, con aquellos que depositan su confianza en él. Agradarlos a todos es tarea imposible, atraerlos será siempre una alegría, vertiente del amor a Cristo por todos.

Todo sacerdote se ordena con una ilusión santa; representar y predicar a Cristo en la comunidad. Es humano, es hijo de una circunstancia, tiene su carácter y su temperamento y sus medios que son propios de todo ser humano que habita esta tierra. Cuando se es sacerdote joven, la familia cercana está a la vuelta de la esquina. Padre, hermanos, amigos llenan su copa, son aliados. Luego, se pierde a la madre, el padre, a los hermanos y se observa que aquel sacerdote alegre, deja ver su interioridad con cierta pena. Se supera con la fuerza de los compañeros, de ver a otros nacer, graduarse, triunfar con la gracia divina.

Estar solo en una parroquia so es tarea fácil porque hay que hacer frente a las tormentas, al desaliento, al cuchicheo orquestado. Saber que algunos te quieren mucho, otros poco, que el materialismo y el fanatismo se apoderan de todo. Si el sacerdote se inmola por sus feligreses y ha hecho de la parroquia un lugar de encuentros fraternales, pasa a ser un desconocido para aquellos que sólo ven con ojos enfermizos y con rigurosa mentalidad.

El desconocimiento del sacerdote diocesano, su labor y su obediencia al obispo, le lleva a pensar que hay otros que les superan en vocación y sacrificio. A vuelo de pájaros podríamos traer a la memoria el P. Eduardo Berrios, Ignacio González, P. Raúl Santos, Monseñor Antioquino Arroyo, Monseñor Rafael Grovas y otros que sembraron virtud y dejaron una huella clara de lo que es el sacerdote en su dádiva y entrega.

Hago referencia a mi sacerdocio desde los días de la Parroquia Sagrado Corazón en Beatriz de Caguas, en que lo poco era el pan de cada día, la soledad hincaba, la gente era corazón de azúcar. Esa fue mi luna de miel, con los pobres, con lo poco, con las dificultades. Para mi esa porción del pueblo de Dios, era mi refugio y mi alegría. Nunca miré hacia atrás, los años juveniles eran coraza y lucha.

Son los sacerdotes diocesanos los que van al frente con el Señor Obispo, que es el Pastor que convoca, congrega, une. En medio de la pandemia el sacerdote diocesano da su corazón y hace milagros en medio de comunidad que tanto necesita de sacerdotes sacrificados.

P. Efraín Zabala

Editor

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