Contexto

Caminamos las últimas semanas del año litúrgico y como siempre se presentan ante nosotros temas que aluden al final de la historia, la llegada del Reino de Dios, el juicio, etc. y nuestra preparación para ello.

Qué bueno que ante estas verdades trascendentes y definitivas se nos ofrezca e invite a acoger la sabiduría (Sab 6,12-16), a anhelar a Dios (Sal 62), a no hacernos de la vista larga y estar preparados para enfrentar estas realidades (1 Tes 4,13-17; Mt 25,1-13).

En su reciente carta por el 1600º aniversario de la muerte de S. Jerónimo el Papa Francisco nos dice: “…quise establecer el Domingo de la Palabra de Dios, animando a la lectura orante de la biblia y a la familiaridad con la Palabra de Dios…” (Carta Apostólica Scripturae Sacrae Affectus). Esa familiaridad de todos con la Sagrada Escritura es fundamental para poder iluminar toda la historia mundial y la nuestra personal de principio a fin.

Los temas y actitudes que nos propone la liturgia al fin del año sintonizarán con las del inicio del año nuevo en Adviento. Así la pedagogía litúrgica nos va llevando suavemente a meditar estas verdades para luego vivirlas.

Reflexionemos

La lectura de Sab nos exhorta a buscar de la sabiduría divina, a la vez que ella viene a nuestro encuentro. Así en Adviento se nos dirá que preparemos el camino al Señor, pero resulta que simultáneamente Él viene a nuestro encuentro. El Hijo es la Sabiduría del Padre que se encarnó y a quien debemos buscar. Es el Esposo que anhelamos llegue para unirnos íntima y definitivamente con Él.

Oímos algunos atributos de la sabiduría que deben suscitar en nosotros el anhelo y la búsqueda de ella: radiante, inmarcesible, accesible. Qué bueno sería tener un verdadero anhelo de esta sabiduría.  Si anhelamos la salud, el dinero, la comodidad, etc. cómo no suspirar por Ella. Ésta nos permitirá enfrentarnos tanto a la muerte como al juicio final del que San Pablo nos habla en la segunda lectura. Si vemos cómo él hace referencia a éstas, notamos que lo hace como una exhortación a la fe y a la esperanza, pues ese es nuestro destino al que nos debemos encaminar con serenidad, a la vez que nos debemos preparar vigilante y activamente, como nos enseña la parábola evangélica. Si nos ponemos ante esas verdades, sin fe, esperanza y sabiduría podemos caer en la aflicción de la que nos advierte el Apóstol al inicio de la perícopa de hoy. Por tanto, vemos que sí hace la diferencia dejarnos iluminar por la Sabiduría de lo alto.

A modo de conclusión  

En esta época de pandemia, de atentados contra nosotros los cristianos y nuestros símbolos o instituciones, me parece más que evidente la llamada a estar activamente vigilantes. No podemos estar esperando con las cosas pasen o lleguen. La Palabra equilibra maravillosamente esa realidad de que por un lado las cosas son don de Dios, pero por otro tenemos que poner de nuestra parte. La luz es de Dios, pero tenemos que estar surtidos de aceite suficiente para que no se apague la mecha.

Ante la oscuridad y frialdad que nos rodea, ante la descristianización rampante ¿cuál es nuestra actitud? ¿Esperar que Cristo venga, esperar que llegue la Sabiduría, esperar que me traigan el aceite? El pelagianismo no es cristiano pero el quietismo tampoco. El llamado misionero no se puede quedar en octubre, es siempre vigente. No sólo debemos tener nuestra lámpara encendida, sino tener aceite para que otros puedan mantener la suya prendida; porque no basta que nosotros no nos aflijamos o desesperemos, sino que debemos procurar que la esperanza y consuelo llegue a todos.

Cristo es la meta. Lo celebraremos el próximo domingo. Que la sabiduría nos ayuda a reconocerlo y caminar hacia Él.

Mons. Leonardo J. Rodríguez Jimenes

Para El Visitante

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