Cuando vayas a rezar, entra en tu cuarto y habla con el Señor que entiende tu intimidad en llamas. Ese diálogo, o presentación de penas y tristezas, suaviza la dureza de la existencia y abre una aventura para ver más allá, para equilibrar cielo y tierra, para no errar. Ese encuentro entre el Misericordioso y Santo y el pecado en desvelos, es la medicina exacta, es un retorno a la inocencia en que la paz habla por sí sola.

La intimidad con el Señor propicia el diálogo con los demás, incorporando una actitud sanadora con todos los que sienten el peso de la desorientación y el desprecio de amigos y familiares. El desamparo, propio de nuestros tiempos, se hace más llevadero en la acción benéfica de aquellos que de rodillas ante el Señor cumplen con el diezmo al pobre y al desvalido como resumen de esa conversión con el dador de toda misericordia.

La oración privada despeja el horizonte para converger en el domicilio del otro en actitud de propulsor de la caridad como estilo de vida. La caridad, una de las virtudes teologales, se multiplica en dádivas cuando derriba al egoísmo de su cátedra y derrocha raudales de amor y de complacencia con el pobre y el caído. El Dios Altísimo abre su mano y nos llena de bendiciones.

El deleite de hablar con Dios nos lleva a hablar con el prójimo con sumisa condescendencia sin hacer alarde de escogidos a la trágala. Cada detalle en la vida del cristianismo debe estar matizado por una encomienda de hacer el bien, sanar el corazón. Esa consigna establecerá el reino de Aquél que murió por nosotros y vive por nosotros. 

Cada día es una invitación a abrir el horizonte de luz para ver mejor a los que lloran a la vera del camino. La actitud del levita, narrada en la Parábola del Buen Samaritano, debe ser rechazada por ser contraria a la consigna de hacer el bien, sin mirar a quien. Eso se logra tras un convencimiento de gran espesura cristiana, un sí enérgico al Señor Jesús que desde su voluntad salvífica envió su Sagrado Corazón como regalo a los marginados de este mundo.

Orar, hacer el bien, construir el mundo, son tareas del bautizado que ha salido victorioso de entre las aguas. De la oración sencilla se pasa a la acción ejemplarizada que es testimonio de una fe viva, de una conversión sincera. Dar testimonio de la verdad sin tacha acelera el triunfo de Cristo sobre el mal y la injusticia.

Abrir el corazón al diálogo fervoroso amplia una sumisión al Evangelio, una forma de cicatrizar el mal y hacer causa común con el mundo que sufre y llora. Secar las lágrimas de la humanidad es un proyecto global, toda la Iglesia se hace eje de ese ideal tan querido por Cristo. 

Todo se origina al hablar con el Señor, al situarse bajo su costado abierto e implorar el perdón, la paz, la misericordia…

Padre Efraín Zabala

Editor

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