La invasión de lo mucho en corazones frágiles ha creado un superávit de almacenamiento y de desorden en el adquirir bienes. Ante la avalancha que se precipita en corazones débiles, aumenta el deseo de prevalecer por encima de lo que provee las circunstancias. Tirar lo viejo o antiguo para dar la bienvenida a lo último en la tienda, tiene rostros de desquite, de “hay que estar en algo”, tan acomodado a los tiempos.

Es justo tener lo necesario, lo que se ha adquirido con esfuerzo y trabajo. Idolatrar todo lo que tiene rostro de acabadito de hacer, imponiendo lo nuevo como medida primaveral, es miopía, es arrastrar esa mentalidad a amigos, familiares y conocidos. Es usual ver los cuadros y bienes de la madre que se fue al cielo en la basura o regalados al primero que los pide. Se nota un cansancio de aquello que era parte de una herencia robusta de amor y que se describe como del pasado histórico.

A la pretensión de comprar lo nuevo, se añade una mirada codiciosa, que va soslayada por preguntas de ó ¿para qué quieres esto? Se vería bien en mi casa.  Y eso va hilado a la conversación casi repetitiva que se ha convertido en más de lo mismo. Solo hay ojos para atraer lo querido desde la precipitación del tener versus la amistad productiva que va más allá de lo material y económico.

Desafiar la amistad a través del acecho de lo material es escoger lo peor. Estar feliz con lo que se tiene, es dominar el momento de obscuridad por el que pasamos todos. Las pertenencias surgieron de un momento de esfuerzo, de un ahorro consentido, de un regalo que alguien nos hizo. Es imperativo distinguir el afecto y el cariño de cualquier otra forma de salirse con la suya o codiciar los haberes que son parte de la persona amada.

Extraer cualquier forme de victimizar al familiar o amigo va a la par con esta pandemia que nos ha dado muchas lecciones. Si no se cae en la cuenta del momento presente en que todo está en análisis concienzudo, se entrará en la dimensión de la mano extendida o del “yo no me conformo con lo poco”. Así se debilita el sentido de amar y la verdadera amistad.

Dios ha estado grande con nosotros, pero esa bondad se debilita a la par que el agite emocional va devorando todo lo que toca. Inquietos por el hoy y el mañana, a merced de caer en la manía de tener más y más, se debilita el corazón y se abren surcos de desesperanza en todo el país.

Apreciar lo que se tiene y abrirse al mercado de lo justo y necesario es ampliar la mente y el corazón. “no solo de pan vive el hombre”, hay algo más que alimento la paz y la tranquilidad. No es fijarse en los bienes de los demás, sino tener los propios que son regalos y dádivas que llegan en misterio y en solidaridad.

La verdadera alegría se desliza por el bien que hacemos a los demás. Cultivar la amistad y rodearse de virtud es una caudal de luz, una garantía de salud y bienestar de cuerpo y alma.

P. Efraín Zabala

Editor

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