La compasión, la misericordia y el amor en este domingo resultan ser el motivo de la alegría que lleva, en el itinerario cuaresmal, a descansar del intenso morado y a refrescarse en el dulce rosado. Alegría que reclama la antífona de entrada, haciendo eco de palabras del profeta Isaías (cfr. Is 66, 10-11), quien la presupone capaz de saciar a todos los que la buscan.

Al autor del texto de la primera lectura (2 Crón 36, 14‑16.  19‑23) no le ha faltado dramatismo al señalar las infidelidades y abominaciones en las que el pueblo se vio envuelto: burlas, incendios, derrumbamiento de murallas, destrucción de objetos preciosos y cautividades; manchas a la Casa del Señor. El panorama cambia al anunciar que Dios ha tenido siempre compasión de su pueblo. Ante las caídas y rebajamientos, la compasión divina, levanta. Alza físicamente, con Ciro el Rey extranjero que estará frente a la reconstrucción de lo derrumbado del Templo; y levanta anímicamente, en aquellos que ratificando la fe en el Dios de Abraham subirán nuevamente a Jerusalén.

Los binomios muerte-vida y gracia-salvación podrían resumir el contenido del mensaje apostólico que trae Pablo en la segunda lectura (Ef 2, 4-10). Encierran, también ellos, los golpes de las caídas hasta la muerte y la grande misericordia del proceder divino en Cristo que levanta (resucita) y hace subir de la tierra hasta el cielo.

Uno de los mensajes más profundos y hermosos de todo el evangelio de Juan es el que se lee en esta celebración (Jn 3, 14-21). Hay en él una síntesis del misterio redentor que queda refrendada con los otros textos de la liturgia de la palabra: Primero, en la expresión “Dios mandó a su hijo para que el mundo se salve” no podemos negar que nos remite a la encarnación del Verbo que celebrábamos alegres en la Navidad. Con la expresión se vuelve a hacer patente lo referido en el libro de las Crónicas: Dios tenía compasión de su pueblo; por eso lo envía. Segundo, en la expresión “lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto así tiene que ser elevado el Hijo del Hombre” hace una clara referencia a Cristo crucificado, cuya cruz adoraremos el Viernes Santo. Creo que la cruz muestra la inmensa riqueza de su gracia y su bondad, porque hemos sido salvados por su gracia, como ha dicho Pablo a la comunidad de Éfeso. Tercero, en la expresión “para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna” hay un gozoso sabor pascual (propio de este Domingo de la alegría) que nos recuerda que nos preparamos para abrazar jubilosos la resurrección. El motivo de este derroche de vida nos lo ha dicho el mismo Juan: el amor. La manera tan grande e inconmensurable que tiene Dios de amar el mundo no puede no producir alegría.

Por compasión se levanta la verdad, sobre la mentira. Ciro levantará las murallas derrumbadas; toca a nosotros hoy levantar estructuras de justicia que dejen atrás los contubernios con quienes quieren manejar y controlar las riquezas del mundo.  Por la misericordia de Dios se instaura el Reino de la vida. Toca a nosotros hoy recibirla, como quien rechaza las tinieblas y recibe la luz. Nicodemo es invitado a rebajarse a la pequeñez de un recién nacido, para que pueda alzarse al Reino de la libertad y la gracia que deja detrás la opresión y el pecado. Toca a nosotros hoy levantarnos de toda forma de fanatismo ciego. Toca a nosotros retomar nuestras cítaras (como el salmista) y entonar cantos de alabanza aún en tierra extranjera (cfr Sal 136). Por amor el Hijo del hombre tiene que ser elevado; y con esta acción se quedan por debajo la oscuridad, la muerte, el odio y la mentira. Es elevado para que ninguno de los que cree el Él se pierda, sino que tenga vida eterna. Es elevado para que los que lloran desconsolados, salten de felicidad. Alegrarse… hay que alegrarse.

 

P. Ovidio Pérez Pérez

Para El Visitante

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