Se nota una influencia carente de amor en las relaciones humanas, especialmente en la vida familiar. El apego a lo material y económico ha dado un giro a toda forma de relacionarse con los demás, salpicando de indiferencia cualquier grito de auxilio que sea urgente y necesario. Los oídos sordos forman una pared, los ojos miran para otra parte.

     El individualismo hace estragos y patrocina el yo como estandarte y método de lucha. Cada cual, en su cuarto, con exacto proceder, tiene como meta el no inmiscuirse, mirar y dejar pasar. Así se debilita el gesto amoroso, la apertura a una comunicación que es multiplicadora de afanes, propósitos y anhelos de acarrear con la necesidad del otro y dar contundencia a un nosotros portador de vida y esperanza.

     El repelillo también existe y crea facciones y se torna en roedor de toda empresa comunitaria. La familia, huerto de sentimientos y esperanza, se ve empobrecida por unas actitudes de poco sentido humano. Los caprichos personales son siempre prioritarios ante la penuria de los demás y de las emergencias que surgen a menudo. Y es que el egoísmo tiene sus guaridas y sus formas de manifestarse con las sabidas justificaciones de padres, hermanos y amigos en general.

     Se desgasta el pensamiento ante las nuevas actitudes que marcan el paso hacia la fragilidad de todos. Obviar al que pasa por un momento difícil es parte del nuevo estilo que contradice toda forma de sentimiento y sana preocupación. Al juzgar a los demás se les arrincona y se parte de todas las conveniencias propias. El yo repercute y se piensa que el individuo todopoderoso es el eje de toda forma de cambio y de logros sociales.

     Esa forma de aislamiento repercute sicológicamente y establece una demarcación peligrosa que es una mala noticia para el País que está ávido de consensos y de actitudes cooperativistas. No es mirando de lejos que se logra un cambio social, sino ofreciendo luz mental y de corazón para impulsar al País y sacarlo de los remiendos parciales que son la orden del día.

     Ser persona es más que tener cosas materiales o de cantarse dueño del aislamiento y la vida muelle. Huir de las responsabilidades familiares por aquello de la intimidad glorificada es pactar con el caos y contagiarse con el mal que ronda por todos los vecindarios. Ir contra corriente implica una mente ágil, un pensamiento de altura, un compromiso que libera.

     Tanto en la familia, como en la escuela, deben esforzarse por recuperar la sólida herencia de un nosotros, versus el yo cargado de penurias. Los valores, los sentimientos, la verdad y la justicia son peldaños para ascender, y edificar individuos con sentido fraternal y buen juicio. El aislamiento empobrece, desgasta el alma y el cuerpo.

     Hay que vivir según los tiempos sin exagerar la nota, ni hacer añicos lo aprendido y observado. Está en juego el hoy y el mañana, el futuro de todos que es uno de amor y de participación.

 P. Efraín Zabala

Para El Visitante

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here