El trabajo de cada día es una ofrenda al Dios Todopoderoso y una dosis de amor al prójimo que es una vacunación para no caer víctima del no hay aplastante. Tener, sin caer en la idolatría, es abrigo para el caminante, para el necesitado que somos todos. Se trabaja para compartir los bienes, para llenar la cesta de amor, para multiplicarse en ampliar la luz que viene de lo alto.

     Hay cierta repugnancia por las ocho horas de trabajo, e inclusive se piensa que son un castigo. El esfuerzo colectivo e individual es un logro, una ganancia. Se viviría en la intemperie o al borde del precipicio si faltara lo elemental, lo básico para subsistir. Ese intercambio de talentos y esfuerzos abre la puerta a una genuina aportación a la ciudad terrena, al ámbito de la convivencia.

     El descanso refuerza el entusiasmo para dominar la tierra, para hacer la vida más fácil, pero no puede convertirse en interés primordial. Hay una tarea que realizar en el Puerto Rico de las asignaciones pendientes. Es mucha la obra que hay que hacer para enmendar la agenda fraccionada, para dotar al país de una conciencia a prueba de eufemismos o de ganancias bursátiles. El pueblo no puede regresar a los tiempos de baile, baraja y botella porque se negaría a sí mismo.

     Los niños y los jóvenes necesitan de una enseñanza a prueba de paréntesis de ensueño para forjar el País que requiere de manos que oren y trabajen. No hay que convertir a la Isla en una cadena de esclavitud, pero tampoco puede ser un paraíso artificial, o una eterna ilusión que se desvanezca en los tiempos recios y difíciles. Mantener el equilibrio propio de materia y espíritu impulsará una vida más humana, más digna de la persona.

     Vivir amparado en el canto de las sirenas es una forma de soñar despiertos, de añorar pasaportes para vacaciones allende los mares. Un país es más que un fin de semana de asueto, se constituye en el esmerado intento de sudar la gota gorda, de enarbolar la bandera del trabajo como consigna de una somos que perpetúa la vida noble y la alegría de soñar con lo mejor de la cosecha. 

     Trabajar es hacer más fácil la faena diaria, abrir surcos para sembrar ideales, propósitos, preocupación por el prójimo. Es labor necesaria y urgente para dar la mano a los enfermos y necesitados es una forma de merecer la misericordia de Dios, de crecer en virtud, de sanar corazón adentro. Mirar y dejar pasar, propio de los que los que se recuestan del no hacer nada, deforma el propósito primero, ahueca el porvenir de todos.

     Cada trabajador invierte en el hoy y el mañana del País. Retomar la herencia de fervores y el honor de nuestros padres por el trabajo es enderezar la ruta, dar contenido a las fuerzas vitales, abrir el corazón a la experiencia de generar un producto que sirva para el beneficio de muchos. Dios nos da la inteligencia. El hombre y la mujer se banderizan como lo bueno y lo justo y se logra la emancipación más humana, un tesoro para el país.

P. Efraín Zabala

Para El Visitante

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