Contexto

Seguimos en esta sección del año litúrgico de este ciclo en la que la Palabra nos adentra en el misterio de la Eucaristía (Ex 16,2-4.12-15; Sal 77; Jn 6,24-35) y en la enseñanza de la carta a los efesios (Ef 4,17.20-24).

 

En estas últimas semanas en las que hemos visto la efervescencia sobre la ritualidad de la Eucaristía en el rito romano, sin duda esto es una expresión de lo esencial que es ésta para la Iglesia, por lo cual no es indiferente la manera en que la celebramos, a la vez que siendo el sacramento de la unidad nos exige, a quienes participamos de ella, la armonía y superar cualquier instrumentalización o manipulación del Santísimo Sacramento.

 

Reflexionemos 

Hoy la liturgia de la Palabra comienza con una protesta y murmuración de Israel contra Moisés y Aarón porque no tenían qué comer. El Señor se encarga de anunciarles que les proveerá su alimento para el camino por el desierto. Dios oye siempre a su pueblo, aunque éste se rebele por su falta de confianza en Dios, que habiendo escuchado su clamor y habiendo decidido liberarlo, sabía que necesitaría de provisiones para el camino. ¿A qué viene la protesta? El salmo recuerda ese portento de la providencia de Dios y Jesús alude al mismo, más aún, aclara la manera de entenderlo ante las expresiones de aquellos que le buscan por razones no totalmente espirituales.

 

Pablo en esta carta de la cautividad sigue instruyéndonos sobre cómo enderezar nuestra vida según los criterios de la vida nueva según la verdad de Cristo Jesús, según la renovación de la mente y el espíritu, de acuerdo con el Espíritu.

 

Por la renovación que ha hecho el Espíritu en nosotros y para poder vivir según la mente de Cristo Jesús necesitamos alimentarnos de la Eucaristía, para que ella nos siga transformando y adentrando en la vida de Cristo ¿Por qué participamos de la Eucaristía? En ella buscamos a Jesús o una cosa y si buscamos a Jesús ¿lo hacemos porque hemos visto signos o porque comimos pan material o porque queremos alimentarnos del que perdura y dando vida eterna? 

 

Dependiendo de los criterios que usemos, como dice Pablo, siguiendo la enseñanza de Jesús, vanos o espirituales, daremos la respuesta correcta. Sin fe no podemos responder correctamente y ese es el trabajo principal que quiere el Padre. No porque no haya que hacer otras cosas, sino porque éste es el inicio de lo demás: creer en el que el Padre ha enviado. 

Según el testimonio de los mártires de Abitinia: “sine Domenica non possumus.” Durante estos domingos al escuchar Jn 6 entendemos o profundizamos el porqué de esta respuesta. ¿Podríamos dar esa misma respuesta con profunda convicción? 

 

Una vez entendido esto, también debemos entender que este Pan del cielo no es mío, sino del pueblo de Dios. Como lo fue el maná, la Eucaristía es Pan para mí, para nosotros, pero no de mí ni de nosotros, no es mi propiedad, ni nuestra, no es propiedad de la Iglesia, sino que la Iglesia al celebrarlo y servirlo, lo hace como su administradora no como su dueña. De ahí el valor de la ritualidad, que no tiene un sentido puramente externo, sino que responde a la esencia del misterio, sin que por ello olvidemos que en su ritualidad hay elementos transitorios y accidentales. Estos últimos, son los que la autoridad de la Iglesia puede cambiar, no su esencia. Nosotros en la expresión de nuestro sumo respeto al Pan del cielo, lo cual se expresa por la ritualidad, debemos entender que cada rito tiene su “custodio”. En el caso del rito Romano es el Papa. Por eso nosotros por amor y fidelidad a la esencia de la Eucaristía y la unidad de la Iglesia debemos asumir lo que el Papa Francisco dispone, así como lo han dispuesto otros Papas a lo largo de la historia. 

Sabemos que la unidad del rito romano no es uniformidad, pero la no uniformidad, no significa relativismo ni arbitrariedad. 

 

A modo de conclusión

Así como Pablo en 1Cor 10-11 apeló a la unidad y respeto a la Cena del Señor, para dar unas normas, así también lo ha hecho el papa Francisco hoy.  No dejemos que la arbitrariedad, relativismo y otros criterios no según la mente de Cristo nos cieguen. Que la Eucaristía además de ser individualmente para nosotros el Pan de Vida que nos alimenta, sea expresión de nuestra armonía y unidad en la fe y la caridad, que van por encima de otras cosas.

Mons. Leonardo J. Rodríguez Jimenes

Para El Visitante

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