Conocí a Julio y a Delia cuando fui designado a pastorear la parroquia Santísima Trinidad en el barrio Cañaboncito de Caguas. No tuvieron retoños, pero la casa se abrió en dádiva para acoger, para recibir con amor a una hija apegada a su corazón. Era la luz de sus ojos. Él trabajaba en una casa de corretaje y ella costurera a tiempo completo, deslizaba sus dedos por los cortes de tela que los asiduos clientes les llevaban.

La primera alba que usé en la Santísima Trinidad fue obra de Delia. Todavía la conservo. Así se esmeró por mostrar su talento en los purificadores que se usaban en la misa. Julio madrugaba y se balanceaba en ese mundo económico tan riesgoso e incierto.  Siempre juntos deslizaban sus vidas sobre el amor en dádiva y se convirtieron en cuidadores el uno del otro.

Hace unos días Julio y Delia bajaban por la carretera 172 temprano en la mañana, iban a inocularse contra el Covid19. Ocurrió lo peor, un accidente en que Delia murió al instante, Julio se recupera en el Centro Médico y el barrio les lloró, les recuerda como la pareja siempre unida, una sola sombra…

Ya mayores se hicieron quijotes para hacerles frente a la vejez que no cuenta con aliados, ni con buenos samaritanos. Los ancianos beben jugos amargos y sacan fuerzas para ser autónomos a pesar de su soledad y achaques. Los hijos, los vecinos, los amigos mirando de lejos y la indiferencia se escribe con mayúscula. Se dan loas a la juventud y se les hace una vida fácil, mientras que a los mayores se les exige el mutismo, el no quejarse so pena de que alguien de la familia los situé en la categoría de los quejosos a tiempo completo.

Una sociedad en constante actitud de mirar y no ver engendra monstruos, enfermos mentales, indiferentes. Los que lo dieron todo por el País, se sienten olvidados, encerrados en sus casas, sin una mano amiga. Hay una cierta fobia a oír la voz de los mayores y se fomenta la lejanía, el no comprometerse.

Faltar al deber moral de cuidar a padres y abuelos representa una actitud pecaminosa, una falta de solidaridad y buena voluntad. La fe decae si se pretende seguir al mundo y sus vanidades, ni no hay un sentido de hermandad que cobije a todo ser humano. Conformarse con mirar y dejar pasar es acentuar el fracaso de toda una sociedad, de echar en saco roto la misericordia de Dios.

Julio y Delia quedan en el pensamiento y representan a los muchos que viven a la orilla de la indiferencia de todos. Siempre unidos, aceptando el reto de cada día, se hicieron una sola sombra. El uno para el otro es la solución matrimonial más exacta y buena. Vivir en la colindancia del amor y así resistir al dolor y a la muerte.

P. Efraín Zabala

Editor

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