Ahora que hay conmoción por la flor de maga deberíamos sacar un tiempo para recordar a Rafael Hernández, nuestro poeta-cantor que trajo a la palestra pública los aromas de los nardos, azucenas, los lirios. Capullito de Alelí, ese bolero de exotismo isleño, era música sacada del jardín, de ese batey que llevamos en el alma como un amor profundo.

     Y es que el batey, extensión de saludos, besos y abrazos era un bolsillo de recuerdos. Plantas medicinales, lirios olorosos, mariposas de ensueño, convergían en el abrazo familiar y amigable. Era un todo de coloquios corazón a corazón, a veces de lágrimas. Junto a la casita de débil construcción se guarecía la familia de muchos, equipados con oxígeno de piedad y respeto de sobra.

     No había mucho espacio, pero sí deleite de estar junto, de aquilatar la educación hogareña como un tesoro de gran valor. Lo poco, lo reducido era mucho en días de hambre y necesidad. A pesar del mucho trabajo y la escasez prevaleciente, las flores expresaban los sentimientos en aquellas familias ávidas de la belleza y el perfume. Margaritas, rosas de cien hojas, violetas, jazmines, perpetuaban su dominio en las bodas, en los funerales, en los cumpleaños.  Olor por todos lados, una inagotable fuente de lo trascendente, de ese olor que nos llega en los momentos de paz y alegría. 

     Hoy predominan las flores que al momento deslumbran y son exaltadas como exóticas, únicas, exclusivas. Pero falta el olor que estremece, que nos recuerda la exquisitez interior, lo que se perpetúa en la intimidad y en la firmeza del espíritu. Hay orfandad de trascendencia cuando los sentidos no captan las sutilezas de lo que se guarda en el corazón y es atadura que estremece y aviva los recuerdos.

     La turbulencia interior va secando el suave lustre de la inocencia y se cae en los gritos empobrecedores por el dinero y tener cosas. La sencillez ha cedido su lugar a las flores sin olor y todo lo que nos rodea carece de virtud, una manipulación de los sentidos. Falta la riqueza de la vida noble que se contenta con elevar alegría y a felicidad los entusiasmos vivos.

     No hay que ofender el jardín del lado, sino sembrar flores virtuosas, olores de ensueños, colores del corazón. La inspiración de Rafael Hernández nos dejó un legado que no se puede perder, ni esconder en el baúl de los recuerdos. Hacer reverencia a la belleza es intimar con Dios, sembrar semillas de ilusión y de esperanza.

     La flor de maga, flor con olor a patria, es motivo de alegría, de una abundancia de cariños y sueños que hablan por sí mismos. Junto a Jasmine Camacho Quinn echamos nuestro amor por el jardín isleño. Aquí, en el terruño, sembramos la virtud de ser buenos puertorriqueños, aliados de la verdad y la justicia. Huele a tierra mojada, es la invitación a sembrar justicia en nuestro pueblo.

  1. Efraín Zabala

Editor

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