El Padre Nuestro, oración fundamental, termina con las palabras claves: no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal. Ronda la maldad y logra su cometido en cualquier momento. La urgencia de morder el bien adquiere dimensiones de rapidez, de disfraz a la medida, de conveniencias inimaginables. El mal tiene su cauce y no permite que le roben el tiro, todo está fríamente calculado.

La complacencia con los tesoros logran robustecer el apetito de todo lo que contradice al bien. Mirar con indiferencia marcada al que se fundamenta en Dios es dar categoría a aquello que revierte en actitud revanchista, en filosofía de vida que arrastra la perversión y la equipara al modus vivendi.

La decadencia de obras con recta razón, engorda la actitud de todo está permitido. El olvido de los Diez Mandamientos y el desprecio por la enseñanza familiar sirven de muralla a la voluntad de vanidades y a la vida como paredón y festín de lo dañino y desagradable. El egoísmo se resiste y servirse con la cuchara grande tiene un aplauso, una mirada de gran esmero y satisfacción. 

Ante el desgarramiento del bien proceder, con la nefasta etiqueta de “made in Puerto Rico” se debilitan los instintos y se cae en los aciertos malévolos. Ni la familia se salva de ese barrunto que parece penetrar en ámbito isleño y deja un mal sabor a crueldad y falta de solidaridad. El miedo pavimenta la ruta y el encerramiento es clave en esto días de amenazas y sombras.

La mente debilitada por la pandemia y la poca solidaridad forman un duelo de lúgubres melodías. Matar lentamente, o al instante, van de la mano es el berenjenal que atrapa y exige lo suyo. Sin metas fijas, sin atarse a lo suyo, se divide el presupuesto emocional y lo mismo les da estar en Boston que habitar su guariquitén de tablas de cinc rodeados de verdores y lindos atardeceres.

El mal también existe y se propaga como un fuego en un cañaveral. La vacuna del bien se queda corta ante el virus que se hospeda en cada hogar en que falta el sentido fraternal y la convivencia que sea un detente contra lo perverso y engañoso. No basta con poner remiendos, ni meramente aplaudir a lo sensato y liberador.

La luz del amor será siempre un disuasivo para no caer en las garras de los que se especializan en hacer filas para derribar esperanzas y escribir un Riest in pace que cubra la triste obra de los que matan. Duele la maldad y ésta hay que desahuciarla con la entereza de carácter que es un no a la violencia y a la muerte.

Padre Efraín Zabala

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