El hoy y el mañana del País está en quiebra porque nuestros jóvenes repechan una cuesta demasiado empinada y abrupta. En medio de la crisis pandémica, sin una educación liberadora y el mal ejemplo de una sociedad con mil subterfugios de ganancias materiales, nuestros muchachos se pierden en las musarañas que les provee el mundo alucinante.

Sin ideales claros, sin metas de elegancia humana, la mente y el corazón juvenil se hunden en la vaciedad, en los pasatiempos más enfermizos. El hogar, otrora cátedra iluminadora, ha pasado a ser eje de conflictos, lugar inestable. No existe el papá me dijo que era luz aclaratoria, pausa para pensar y actuar correctamente.

El País no tiene suficientes afluentes para aplacar la sed de los ciudadanos y menos de los jóvenes. Desde las altas esferas se generan la confusión y el desgaste de ideales como propuesta, una lotería que se pierde entre la multitud que clama por más y se olvida del ideal de ser persona, de abrir brecha a la sinceridad y a la verdad.

El marco de referencia para los jóvenes se extravía en medio de la sequedad del espíritu. El quijotismo está ausente, dar el máximo parece una aventura descabellada, cuidar de su cuerpo y de su alma una asignatura olvidada. La transparencia juvenil se pierde en medio del baratillo instituido por la felicidad pasajera, por las insinuaciones más inverosímiles.

Es urgente programar la virtud como despegue para ascender hacia las alturas. No es dar un vaso de agua, sino revestir de luz los estudios académicos y universitarios para conocer las rutas de la existencia y hacerlo con paso firme. Es la educación la que fortalece y abre cauce a las causas nobles, al pensamiento emancipador.

La crisis del País afecta principalmente a nuestros muchachos. La pobreza, la falta de oportunidades, crean desazón y constituyen un letargo, un perderse en el qué será de nosotros. Al observar la devastación es conveniente endulzar las rutas, calmar la sed de ese sector que siente el peso de la calamidad y el deterioro colectivo.

La pérdida de vidas jóvenes, ya sea por muerte o por encerramiento en la cárcel, hace estragos en el futuro del País. Son vidas arruinadas, sacadas de su escenario vivo. El estado en que se encuentran muchos jóvenes en Puerto Rico clama al cielo e invita a la reflexión, a calmar la sed con la misericordia y el perdón.

Es tiempo de amar, de caer en cuenta que vamos por mal camino. Iluminar a nuestros niños y jóvenes es una tarea impostergable. Padre, madre, maestros y la Iglesia son los llamados a combatir el mal y hacer la diferencia con el amor.

Padre Efraín Zabala

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