Narra el santo Evangelio (Lc. 9, Mc. 6, Mt. 10) que unas semanas antes de su Pasión y Muerte, subió Jesús a un monte a orar, llevando consigo a sus tres discípulos predilectos, Pedro, Santiago y Juan. Y mientras oraba, su cuerpo se transfiguró. Sus vestidos se volvieron más blancos que la nieve, y su rostro más resplandeciente que el sol. Y se aparecieron Moisés y Elías y hablaban con Él acerca de lo que le iba a suceder próximamente en Jerusalén.
En este acontecimiento Jesús muestra su gloria propia de Dios. Quiso preparar a los discípulos para vivir la experiencia de la Cruz. Al mismo tiempo les hace conscientes de que solo se alcanza la gloria pasando por la cruz. Todo discípulo, nosotros, viviremos la plenitud de la salvación solo después de abrazarnos a la cruz, esto es, ser fieles en todo momento y superar las pruebas del camino que son consecuencia necesaria de esa fidelidad total a su mensaje. No hay arribo al monte de la Gloria, el Tabor, sin antes pasar por el Monte de la Cruz, el Gólgota.
Es pedagógico el que Jesús elija un monte para mostrar su Gloria. Toda subida a un monte requiere esfuerzo, vencer el cansancio, la fatiga, el desánimo. Requiere igualmente desprendernos del peso inútil o innecesario. Los bautizados estamos llamados a emprender la subida a esa gloria, pero siendo conscientes de que solo si renunciamos a nuestras cargas inútiles, entiéndase, rencores, egoísmos, resentimientos, todo pecado en general, llegaremos a la meta. Es indispensable permanecer, perseverar en el camino hacia ella. Ya nos lo recuerda Jesús: “el que persevere hasta el fin se salvará’’ (Mateo 24,13) La presencia de Moisés y Elías reflejan el tiempo de plenitud del Primer Testamento, que da paso al Nuevo. La primera alianza se realiza en plenitud con el anuncio del Reino. La Ley, representada por Moisés y los Profetas, representados por Elías, dan testimonio de que en Jesús se cumplen las promesas dadas a Israel. Dialogaban sobre la muerte de Jesús. Es manifestación de que su muerte por amor es salvación. Jesús transfigurado es amor y salvación para todo el que cree en El.
Pedro, Santiago y Juan experimentaron lo que es el cielo. Querían quedarse allí, no le hacía falta nada. Esta feliz gozando de la gloria de Dios. Mas la misión del discípulo se realiza en la jornada cotidiana, en su familia, trabajo, convivencia y comunidad de fe. La vida cristiana no es espectáculo teatral, es sereno testimonio desde la propia fragilidad y debilidad humana con la mirada fija en Jesús.
En la andadura podemos tener momentos de Tabor, de saborear la gloria de Dios. Cuando oramos o rezamos con fervor, ante el Santísimo Sacramento, en la celebración de los sacramentos, especialmente la Eucaristía. Vivimos la cercanía de la manifestación luminosa de Cristo. Algunos santos experimentaron anticipadamente como gracia especial esa gloria.
¡Cuántos no han experimentado la presencia de Dios en momentos especiales de la vida! Pudo ser en una confesión, en una celebración sacramental, en un encuentro espiritual o ejercicio piadoso. Dios sale a nuestro encuentro, nos consuela, nos fortalece, nos anima. Son experiencias de su presencia en la intimidad de la plegaria y en la fidelidad a su designio amoroso.
Celebremos la transfiguración con el ardiente anhelo y con el esfuerzo sincero de gozar un día de la contemplación perpetua de su gloria.

Amor y salvación para todo el que cree en Él
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