Del lunes 7 al viernes 11 de julio las dos comunidades benedictinas de Humacao nos reunimos para nuestro retiro anual. El Espíritu Santo inspiró a Fray José Ángel Rivera Torres, (Vicario) OFM-CAP, para que nos concentráramos en el don de la esperanza. El escogió este magnífico tema para nosotros y sin duda es de gran utilidad para la vida religiosa, femenina y masculina, que vive la crisis de la disminución y envejecimiento de sus miembros. Fray José Ángel inyecta esperanza: Una esperanza en Dios y una esperanza en nuestros hermanos y hermanas y en el pueblo de Dios al que servimos. Con su grande experiencia en sus visitas dentro de los capuchinos y su gran don de comprensión fraterna, además de su sabiduría y humildad, nos alentó a vivir nuestro carisma benedictino al servicio de nuestro pueblo.
La esperanza no defrauda, por lo que todos los religiosos(as) estamos llamados a permanecer, servir y esperar. Fuimos llamados a vivir la vida eterna que dinamiza toda nuestra existencia y nuestras crisis sobre todo espirituales no deben ser sino un encuentro con el Resucitado. Porque El no se cansa de esperar y nos guía en la pedagogía del amor. Amor llamado a crecer y perdurar en nuestras relaciones interpersonales, en nuestra vida fraterna que es el corazón de la vida religiosa hoy. Una vida que llamada a enfocarse en lo cotidiano, en lo sencillo de cada día de oración, trabajo y relaciones fraternas. Es la esperanza sembrada en lo cotidiano de nuestra vida religiosa.
Exhortamos a los religiosos y religiosas de nuestro Puerto Rico a dejarse impactar por el gran aprecio de la vida religiosa de nuestro hermano y por su espíritu esperanzador
Concluimos el retiro celebrando la Solemnidad de nuestro padre Benito. Y dejo aquí un extracto de la homilía del 11 de julio de 1990 del (místico) Beato Christophe Lebreton, uno de los mártires de Atlas: La verdad es Alguien. Un día lo dejamos todo para seguirlo. Se trata de escuchar su Voz, acoger su Presencia, conocer su Rostro e inclinar de verdad el corazón. Escuchar el Evangelio exige discernimiento y una inteligencia humilde que nos pone a la altura de Cristo, manso y humilde.
Cuando el Evangelio nos llega por un santo que lo ha puesto en práctica, se convierte en Evangelio ilustrado, encarnado en la historia. Hoy, cuando el Evangelio de Jesucristo nos llega por Benito, debemos pedir un oído atento y un corazón inclinado.
Una oreja. Un corazón. Este hombre de Dios está llamado a ver. El retrato esencial de Benito: escucha unificada, corazón indiviso, mirada centrada. No es una escucha dispersa ni curiosa; su corazón no está dividido; su mirada no es vacilante. Benito es monje: monos, unificado por y en el Uno.
Como Abraham, que deja su tierra por la voz de Dios, Benito obedece ese deseo profundo: rompe con el mundo y se va al desierto. Pone en práctica la Palabra.
Tras esta ruptura, Dios mismo lo lleva al desierto para convertir su corazón y deseo por medio de su Palabra. Para Benito, toma la forma de una cueva. Una cueva: como una gran oreja orientada hacia adentro. Antes de descubrir las alturas del amor de Dios, encuentra las profundidades del hombre. Benito se enfrenta a sí mismo. Combate contra las fuerzas que desfiguran al ser humano. Pero la cueva no es encierro: es soledad cavada por Dios en el corazón de su amigo. Esa soledad lo hará hombre de comunión.
Después de tres años, es llamado a servir como abad. ¿Dejará de escuchar por tener que enseñar? San Gregorio responde: si el corazón está fijo en lo alto, las palabras no caen en vano. Benito sigue siendo un corazón que escucha y que, desde la abundancia, se inclina hacia sus hermanos.
En la escuela práctica de la cruz, Benito también fracasa. Es rechazado, intentan envenenarlo. Regresa a la soledad, pero siempre dispuesto a volver a servir. Más tarde funda pequeñas comunidades y luego se traslada al Monte Casino para establecer una escuela del servicio del Señor. Allí escribe su Regla: un camino para practicar el Evangelio. Se escucha, se obedece, para un día ver al que nos ha llamado.
¿Y su mirada? Gregorio narra milagros que revelan una mirada de gran bondad. Un campesino, atado por un villano, es liberado por la sola mirada de Benito. ¡Oh, esa mirada de los santos! La de María, la de Benito, la de Teresa de Lisieux, la del Cura de Ars: miradas que desatan, liberan, curan. Miradas encendidas por el amor de Cristo, contemplado y deseado pacientemente.
Benito, tu mirada en la comunión de los santos nos alcanza hoy, y nos ofrece tu última experiencia antes de ver cara a cara al Amado en la gloria.
Sí, poco antes de morir, Benito tuvo una visión: el mundo entero, como recogido bajo un rayo de sol, le fue traído a los ojos. Su corazón dilatado por el amor se hizo capaz de acoger al mundo entero, de verlo en Dios, según su designio.
Esta mirada de Benito nos indica nuestro lugar: buscadores del Único, testigos del Uno. Hemos venido aquí para ver.
Así debe ser nuestra esperanza.
Abad Oscar Rivera, OSB



