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En una comedia de humor español el viejo le grita a la esposa: No me divorcio porque yo no sé ni freír un huevo, ni sé cómo organizar la ropa, ¡ni cómo hacer la compra! Lo que realmente expresaba era: “Te amo, porque te necesito”. Triste propuesta que convierte la relación en solución egoísta de necesidades con un pequeño esfuerzo. La expresión debe ser al revés: “¡Te necesito porque te amo!” O sea, que mi relación humana contigo es tan fundamental que solo contigo se puede realizar, y por eso ‘te necesito’.  Como el escultor para su obra maestra necesita el mármol de Carrara, el mejor.

A veces pienso que los matrimonios concertados entre nuestros reyes católicos de la Europa hace siglos eran, según el criterio canónico de la Iglesia, nulos. Se trataba de una decisión de conveniencia política o económica: unir a Francia y a España en contra de Inglaterra, o al revés.  Esos pobres príncipes ni se conocían, y hasta la comunicación verbal faltaba por la barrera de la lengua. Bueno, hablarían en latín: ¡Dominus tecum! El rey engendraría hijos para la corona en un laboratorio genuino y certificado, la reina. Su amor, su romance, su intimidad completa, se realizaba con las favoritas o cortesanas, o como poéticamente se llamasen entonces. 

Esa actitud se resumiría en la frase graciosa Ella: amor, ¿te sirvo? El: ¡A veces! Claro, una vez que la pareja se fundamente en esa relación especial en que ella no es una mujer, sino LA mujer, y el viceversa, es necesaria la comunicación que conlleva acuerdos. Porque la debilidad e insuficiencia humana, que en si suele ser fuertemente egoísta, se soluciona con la relación de matrimonio. Uno se casa porque entiende que esta persona, y no otra, llenará sus necesidades y expectativas. Y esto de parte y parte. Habría que aclarar en el diálogo qué desean en concreto en cada capítulo: tareas de casa, vida social, relación con la familia ampliada, cuido de hijos, educación propia… La lista puede ser larga. 

Si el refrán dice que “Nene que no llora no mama”, lo mismo aconseja la comunicación conyugal. El bebé no sabe hablar, y con el llanto impulsa a sus padres a aliviar su necesidad: tiene hambre, está mojado, desea que lo mecen… Lo mismo pasa en la pareja. Por más que nos conozcamos no podemos ser adivinos de la necesidad concreta del otro/otra. Sin duda que hay parejas tan compenetradas que adivinan fácilmente lo que el otro reclama. Pero no es así siempre. Y la misma necesidad puede ser más intensa en un momento que en otro. 

Hablando se conservan amistades, y, como expresaba un político, la política se inventó para evitar las guerras. Y el matrimonio, que es romance, sexualidad, apoyo, romper soledad… en la práctica es “un continuo acuerdo de mutuas necesidades”. Como en el antiguo trueque económico: yo tengo plátanos, tu me das agua… Y un punto adicional: los acuerdos hay que revisarlos de vez en cuando pues, como sucede con las leyes, pueden ser ya obsoletas o innecesarias y hay que enmendarlas o suprimirlas. Lo mismo haría la pareja en diálogo al revisar cómo consiguen esa satisfacción mutua que es el fruto de un buen matrimonio.

Padre Jorge Ambert Rivera, SJ

Para El visitante

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