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Velocidad, ruido, altura, giros y retar la gravedad, el viento, el agua o la tierra para crear una experiencia individual de sobreestimulación sensorial que confunde el sistema vestibular y dispara la adrenalina a todos los rincones del cuerpo. Definitivamente, esto no es apto para cardiacos o personas sensibles. Los deportes y actividades extremas impresionan hasta al más duro. Tal vez hay una fascinación por enfrentar los miedos. Pero tales emociones coquetean con el peligro de perder lo más preciado: la vida.

Los que realizan estas experiencias están conscientes del peligro. Cuando la puerta de la avioneta abre y los vientos ensordecedores golpean la cabina con tal fuerza, hasta el más despistado sabe que la muerte se asoma. Igual, al lanzarse del zipline con una ruedita sosteniendo todo el peso a gran velocidad. También pasa al dejarse caer por el rapelling desde gran altura, bucear en cavernas marinas, subir al Monte Everest, lanzarse en el bungee jumping, bajar por el río en rafting, hacer motocross, surfingwindsuiting flying y otras variantes o actividades parecidas. Ahora, solo apto para multimillonarios, se suman las actividades de ir al espacio exterior o bajar a las profundidades del océano en submarino. Aunque esta última perderá popularidad ante el trágico accidente en las costas canadienses donde 5 personas perecieron al implosionar su nave mientras intentaban visitar los restos del Titanic a unos 3,800 metros de profundidad. Descansen en paz ¿Alguien lee los papeles reglamentarios que firman, que son un disclaimer?

A esto contrastan las actividades que buscan equilibrio y compartir familiar. Bajo el mismo cielo y frente al mismo mar que unos retan, se puede leer un buen libro y apreciar la belleza esplendorosa de la creación de Dios en la naturaleza. Hay un sinfín de actividades que se pueden realizar sin arriesgar la vida como: el senderismo, turismo tradicional y religioso, asistir a actividades culturales, artísticas, musicales o teatrales, visitar un museo de arte o historia, compartir en juegos de mesa, entre muchos otros. La clave será vincular la fe a estas actividades para fortalecer el alma y la familia. Por ejemplo: orar al salir y llegar y rezar el rosario juntos en los trayectos en auto, al momento de comer bendecir los alimentos, dar gracias a Dios por lo experimentado al final del día, sacar un momento para reflexionar y orar, persignarse cuando se pasa frente a una parroquia, entre otros. En fin, incluir a Dios, dador de la vida, en toda actividad y experiencia familiar. Porque no fue en el viento huracanado, sino la brisa suave la que indicó la presencia de Dios. No es necesario arriesgar la vida para sentirse vivo, solo hay que ir al Dios de la vida para darnos cuenta de que estamos vivos.

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