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Al terminar nuestros talleres en Renovación Conyugal invitamos a los talleristas a renovar el compromiso de trabajar su relación como luz final del taller, renovar su voluntad de perseverancia. Tal vez, luego de un taller de análisis de lo conseguido y lo frustrado, evitemos más fácilmente la ingenuidad y romanticismo del primer día en que dijimos que sí: “hasta que la muerte nos separe”. ¡Un chistoso añadía que la muerte es una joven de 21 que está rondando por la calle! Y solíamos firmar ese compromiso de trabajo con una flor de regalo, un beso, y esta hermosa balada de Chucho Avellanet: A partir de hoy.

Es un reconocimiento, quizás, de que no todo se logró en esos primeros intentos.  Pero queda siempre el pasar la página, el borrón y cuenta nueva, el rellenar los pulmones cansados para una nueva brazada. A partir de hoy, después de amarte así, ¿qué voy a hacer de mi si un día me faltaras? Dice más. Con las nuevas fuerzas y luces que he experimentado, siento el brío para afirmar que eres persona única para mi propia persona. Después de todo, el matrimonio es haber encontrado una persona tan significativa para mi crecimiento como ser humano, que sería estúpido si la dejo escapar y no me comprometo con ella. Es esencial el sentir que esta persona, hombre o mujer, no es un hombre o una mujer, sino ÉL hombre, LA mujer. Posee una cualidad que sobrepasa los miles de hombres y mujeres que te rodean. Tomo conciencia de esa realidad y me propongo otra manera a partir de hoy. 

Los fracasos, si te dejan vivo, han de verse como oportunidades para el nuevo intento. Mucho más si caes en cuenta de que, después de todo, qué puedo yo vivir, qué puedo yo sentir, si tú me abandonaras. Es la experiencia del hijo pródigo que de tantas formas se repite en nuestro agitado vivir. El hijo que se cree que sin el apoyo del Padre puede llevar la vida a su manera. Y al final encuentra lo que escribía S. Agustín “lejos del padre y de la casa paterna, lo que queda es cuidar cerdos”. Y vuelve. Es el adúltero que se da cuenta de que “cambió chinas por botellas”, y humildemente pide superar el error.

Es también la actitud del converso. Como el beato Charles de Foucault que decía “cuando descubrí a Dios pensé que solo podía ya vivir para ÉL”. Al Padre Arrupe le preguntó un periodista qué es Dios para Ud: “Para mí, pues, Dios es todo”. Es que si no te tengo a ti, prefiero no vivir, prefiero no existir, prefiero sucumbir. Los mártires se tropezaron con esa disyuntiva: o esta vida, o la alternativa de perderla por el Redentor. No hubo duda de la respuesta, apoyada por la fuerza del Espíritu, prefiero no vivir, prefiero sucumbir. Al casado, que por diversas razones tropieza con esa misma disyuntiva, se le presenta la misma respuesta. Seguir buscando vida de otras maneras, si tú no eres parte esencial de ello, ya no tiene sentido. Mi vida sin tu amor no es más que el crudo invierno de mi soledad, en el silencio de la inmensidad, un alma que no encuentra su lugar.

Esa voluntad de seguir, de manera más total, solo viene de un don del Espíritu. Es el don de la vocación del casado. Porque el matrimonio proviene, sí, de las fueras locas que puso el Creador en nuestro instinto, del deseo de posesión y complemento. Pero sobre eso pesa la vocación divina. “¿A quién enviaré?”, preguntaba el Señor. El profeta Isaías contestaba: “Envíame a mí”. El casado, a través del paquete de su vida sexual, emocional, recibe el llamado a vivir el amor en su comunidad. Por eso descubrir una vez más con fuerza, y precisamente en el momento en que por errores lancé mi barca contra el arrecife, es una llamada del Espíritu. Chucho lo canta con versos de poeta. Y canta, aunque tal vez no lo sepa, como un vocero de Dios que dice mejor seguir así, tratando de vivir mi vida junto a ti.

P. Jorge Ambert Rivera, SJ

Para El Visitante

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