Homilía Misa

XXXI Jornada Mundial de la Juventud, Cracovia 2016

Miércoles, 27 de julio de 2016


Roberto Octavio González Nieves, OFM

Arzobispo Metropolitano de San Juan de Puerto Rico

Este es el tiempo de la Misericordia, fue el tema de la catequesis para este día. Y es que en Jesús el tiempo de la misericordia es todo el tiempo: siempre, continuo, infinito; con todo el mundo, con todo tipo de personas, con hombres, con mujeres, con jóvenes, con viudas, con adversarios; sin excepciones, sin condiciones y sin prejuicios.

Esta gran verdad la vemos en el Evangelio de hoy. A Jesús, que vino a salvar a los pecadores, que vino a curar las heridas y a rescatar a los extraviados, le piden que aplique una ley cuya sentencia era la pena de muerte. Aquí está la prueba: ¿Cómo Él, que vino a salvar a los pecadores, iba a condenar a muerte a alguien que había pecado? Y, por otro lado, si no aplicaba la ley, pudiera ser acusado de oponerse a la ley de Moisés.

¿Qué hace Jesús entonces? Da su primera sentencia: “Quien esté libre de pecado tire la primera piedra”. Es una invitación de Jesús a todos aquellos que quieren juzgar las faltas de otros a auto examinarse primero. A hacerse un examen de conciencia. Es fácil ir contra el otro, es fácil juzgarlo. Lo que no es fácil es aplicarnos a nosotros mismos la misma rectitud que les aplicamos a los otros. Eso es lo mismo que ha dicho el Papa Francisco cuando dice: “¿Quién soy yo para juzgar? Que juzgue Dios porque Él lo hace con misericordia”.

Nos dice el Evangelio que luego de auto examinarse, los escribas y fariseos optaron por irse. Examinaron sus conciencias y se dieron cuentas que ellos eran tan pecadores como aquella adultera. Que antes de apedrear a la mujer, se tenían que apedrear a ellos mismos. Se dieron cuenta de su tanta miseria y tan poca misericordia. Repito: optaron por irse. Se dieron cuenta que no eran perfectos para juzgar al prójimo. El juicio solo corresponde a quien es perfecto, es decir, solo a Dios.

Pero veamos, quien único del grupo que no tenía pecados era Jesús. Jesús era quien único podría lanzar la primera piedra. ¿Y que lanzó? Lanzó misericordia, lanzó perdón. Contra las piedras que hieren y matan, Jesús nos propone la misericordia que limpia, que salva, que sana, que cura y purifica, que restaura nuestra relación con Dios.

Nos dice San Juan, que al irse los acusadores, solo se quedaron Jesús con la mujer. Y, sobre este hecho, comentó san Agustín: “La pecadora se queda a solas con el Salvador: la enferma con el médico, la gran miseria con la gran misericordia”.

¿Qué nos enseña con esto Jesús en esta Jornada Mundial de la Juventud? Que antes de ser una iglesia o cristianos o cristianas que andemos condenando o señalando al otro, debemos detenernos primero en nosotros mismos; no debemos ser los juzgadores de otros y que ante el pecado del mundo, debemos, no apedrear, sino perdonar e invitar a la conversión. Ante el amigo o amiga joven que falla, no seamos sus verdugos y solo pensemos en lanzarles piedras, sino pensemos en cómo convertir su miseria en misericordia.

Jesús nos invita a ser misericordiosos como el Padre es misericordioso. Y, ser misericordioso no es solo no condenar, sino, como el samaritano, ayudar, socorrer, asistir, curar heridas. Seamos una Iglesia que no apedree a la juventud, sino que la acompañe, la acoja y la guíe hacia una vida plena y una vida vivida con la verdadera alegría, la alegría de saberse amada y “misericordiada”.

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