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En la lectura de los Hechos de los Apóstoles, vemos el origen del diaconado, como respuesta a una Iglesia en crecimiento.

San Pedro en su primera Carta, utilizando la imagen de Cristo como la Piedra Angular, nos indica que en el bautismo nos convertimos en piedras que se unen a la de Cristo.

En el Evangelio de San Juan contemplamos unos de los dichos más hermosos de Jesús, previos a su arresto en Getsemaní.

Nos acercamos al final de la Pascua y vemos dos momentos: el crecimiento de la Iglesia en la 1ra Lectura, y la despedida de Jesucristo en el Evangelio.

Llamamos al libro de los Hechos de los Apóstoles el Evangelio del Espíritu Santo, puesto que, con la fuerza de este Divino Señor, la Iglesia va creciendo. En la lectura de hoy, la Iglesia alcanza un crecimiento tal que ya los Doce Apóstoles no daban abasto para el pastoreo de la misma, y es por eso que iluminados por el Espíritu Santo, encuentran la respuesta en el ministerio del Diaconado, (del griego Diakonoi: servidor). Así, los diáconos nunca deben de olvidar que la génesis de este ministerio no es ni la predicación ni la acción litúrgica, sino el servicio pastoral traducido en solicitud para con los necesitados. Los diáconos nunca deben olvidar priorizar esta dimensión de su ministerio sobre sus otras dimensiones.

Nosotros creemos y decimos que, a través del Bautismo, nos unimos a Cristo y formamos la Iglesia. Esto lo dice San Pedro bien claro. Uno de los eslóganes de la predicación petrina es: “La Piedra que desecharon los arquitectos en la Piedra Angular”. Este eslogan San Pedro le repite repetidas veces (valga la redundancia).  Pues utilizando esta imagen, el Príncipe de los Apóstoles nos indica que, a través del bautismo, nos unimos a Jesucristo y construimos la iglesia al decirnos que nosotros también somos piedras, piedras de menor tamaño que se unen a la Piedra Angular para la construcción de esa única Iglesia.

Jesucristo se va despidiendo de nosotros, puesto que regresa al Padre en el día de la Ascensión. La Iglesia entonces toma el Discurso de despedida de Jesús en la Última Cena según San Juan, dado que ese discurso es bello. Los Apóstoles no sabían que Jesucristo se estaba despidiendo de ellos ya que desconocían que el Señor estaba a punto de ser arrestado para su Pasión. En ese discurso, Jesucristo le da las últimas encomendaciones a los Apóstoles, sobre lo que debe ser la primitiva Iglesia, les comparte su gran amor por ellos, les instruye sobre la centralidad de su persona como fuente de salvación, y le pide al Padre que los proteja e infunda sobre ellos el poder del Espíritu Santo.

Jesucristo dice dos hermosos mensajes: regresa al Padre, no para desentenderse de nosotros, sino para construirnos una morada celestial hecha a nuestra medida, hecha con amor y conocimiento de quienes somos cada uno de nosotros para que cuando lleguemos al cielo nos sintamos en una casa hecha por el Señor. Pero, para poder acceder a ese cielo, sólo lo podremos hacer a través de Él. Nos presenta esas tres hermosas imágenes que ya todos los cristianos conocemos: Él es el Camino -sólo por Él nos lleva a la vida eterna-; Él es la Verdad -sus palabras son las que contienen esa verdad y veracidad para seguirlas y salvarnos-; y Él es la Vida -esa vida eterna-. Vamos a seguirlo, a oírlo y a amarlo.

Padre Rafael “Felo” Méndez Hernández

Para El Visitante

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