“Yo quiero lo que Dios quiera para mí”, con esas palabras respondió Nilda Velázquez Velázquez cuando una religiosa benedictina le dijo que tenía un mensaje para ella en el que le pedía que se convirtiera en una virgen consagrada.

Esto era algo desconocido para doña Nilda que no tenía idea de lo que Sister Ana Malerich quería decir. Fue la religiosa la que le explicó en qué consistía. “Significa consagrar tu vida a Dios, al servicio de la Iglesia, célibe, humilde y llevando una vida de oración a través de la liturgia de las horas y misa diaria siempre y cuando sea posible”, detalló.

Las vírgenes consagradas es una de las formas más antiguas dentro de la Iglesia Católica. El Código de Derecho Canónico en su canon 604 al igual que el Catecismo de la Iglesia Católica (inciso #923) establecen que: “[…] son consagradas a Dios por el Obispo diocesano según el rito litúrgico aprobado, celebran desposorios místicos con Jesucristo, el Hijo de Dios y se entregan al servicio de la Iglesia”.

Por otro lado, durante el proceso de 2 años en el que estuvo profundizando en el llamado, sostuvo que se involucró en algo tan sublime que no le preocupó lo que su familia y comunidad parroquial pensaran de su decisión. Sin embargo su familia no se opuso en ningún momento a sus deseos.

Luego de ese tiempo solicitó una reunión con el Obispo de Caguas de la época, Monseñor Rafael Grovas (Humacao pertenecía en esa época a la Diócesis de Caguas), pues debía consultarlo con él ya que sería finalmente quien la consagraría.

Doña Nilda relató que antes de ir a ver al Obispo le dijo a su párroco y a Sister Ana que si el Obispo aceptaba, ella pensaría que era “un llamado de Dios”. Para su sorpresa Mons. Grovas se alegró mucho y le dijo: “¡Eso es lo que está necesitando la Iglesia!”. Ante esto doña Nilda confirmó su vocación.

Doña Nilda

Con la ayuda de Sister Ana y del Padre Jaime Reyes, miembro de la Abadía San Abad, iniciaron los preparativos para la ceremonia. El 23 de mayo de 1974 se llevó a cabo la ceremonia en la Parroquia Dulce Nombre de Jesús en Humacao, hoy la Concatedral de la Diócesis Fajardo-Humacao.

Del llamado ya han transcurrido cuatro décadas en las que esta humacaeña se ha dedicado a servirle al prójimo a través de diferentes apostolados: en la Legión de María; en los primeros cursos pre bautismales y de confirmación; en el Movimiento de Renovación Carismática, que comenzó en Humacao y luego se propagó por todo Puerto Rico; y por 5 años participó en la Escuela Diocesana de Formación La Barca.

Además doña Nilda es ministro extraordinario de la comunión y visita a los enfermos de la comunidad parroquial de la que forma parte en la Concatedral Dulce Nombre de Jesús de la Ciudad Gris. También se reúne los miércoles de 9:00 a.m. a 12:00 p.m. junto a un grupo de féminas para el rezo del rosario y oración.

De otra parte, esta mujer nunca consideró la idea de entrar a un convento, aunque admitió que jamás le gustaron las fiestas ni el baile. “Incluso ni cuando era joven me llamaban la atención, ni tan siquiera ir a la playa. Creo que Dios te va preparando para lo que Él quiere que hagas”, recordó.

De otro lado, reiteró que una virgen consagrada es una opción para agradar a Dios. “Es caminar junto a Él y al mismo tiempo ser útil a la Iglesia que Él fundó, donde busca que todos estemos integrados, amándonos mutuamente y sirviéndole con dignidad”, comentó.

Asimismo dijo que Dios siempre le provee para que pueda estar donde tiene que estar. “Sirvo en la misa de los domingos a las 7:00 de la noche y siempre tengo gente que me viene a buscar. A veces han venido hasta tres personas a buscarme”, indicó sonriendo.

Doña Nilda aseguró que ser una virgen consagrada ha sido maravilloso. “Nunca me he arrepentido de haber dejado atrás la posibilidad de casarme y tener hijos. He encontrado la felicidad a través del servicio”, concluyó.

Psicóloga ungida como virgen consagrada

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Al mirarla por primera vez parece una mujer común y corriente, pero la vida de Ivette Fontánez Ojea tiene otra dimensión, ella es una virgen consagrada. Aunque es una mujer joven, profesional y muy alegre decidió consagrar su virginidad a Dios.

Ese voto implica que no se va a casar y que no va a tener hijos, porque ha decidido libremente dedicarse a Dios, al servicio de la Iglesia, al cuidado de la familia y al trabajo profesional.
Sobre la ceremonia de consagración que se efectuó en la Concatedral Dulce Nombre de Jesús de Humacao el 19 de mayo de 2012, Ivette la describió como un acontecimiento especial.

De otro lado, la psicóloga de profesión, comunicó que aunque desde siempre estuvo involucrada en la Iglesia, demoró una década en tomar la decisión final de consagrarse a Dios.

“Estuve 10 años reflexionando sobre el llamado. De ese tiempo, un año estuve en discernimiento con una comunidad religiosa. Otros seis en discernimiento y formación con mi director espiritual, pero comprendí que no me sentía cómoda en una comunidad religiosa”, subrayó Ivette.

En cuanto a lo opinión de su familia sobre esa decisión, afirmó que al principio su madre no estuvo muy de acuerdo porque entendía que el deber de ella como hija era darle nietos.

De otro lado detalló que su misión es vivir a través de la oración. “Los carismas de las vírgenes consagradas son: meditar sobre la Palabra; unirse a la oración universal de la Iglesia a través de la liturgia de las horas; recibir los sacramentos; vivencia eucarística en la celebración diaria y en la adoración eucarística; y estar en la disposición de servir como cualquier laico comprometido en la parroquia”, especificó.

A su vez admitió que el Código de Derecho Canónico reitera que debe poner al servicio los dones y talentos que posee y los que le revele el Espíritu Santo. Es por eso que colabora en la preparación de retiros y conferencias. Además en su Parroquia trabaja con la Pastoral Infantil.

No obstante sostuvo que en el pasado preparó a jóvenes que iban a recibir el Sacramento de la Confirmación y que dictó dos cursos para la Escuela de Diáconos en la Diócesis de Fajardo-Humacao a la que pertenece.

Ivette recalcó: “Soy muy feliz. Estoy felizmente casada con Cristo, en quien se derraman todas las gracias. Este es un don incalculable”.
Ciertamente Nilda Velázquez e Ivette Fontánez son dos mujeres que viven al máximo la experiencia de la fe sin necesidad de usar un hábito, ni de estar en un convento. Aun cuando este tipo de vida -las vírgenes consagradas- es una costumbre que se remonta a la Iglesia primitiva, es gratificante ver que todavía en nuestros días haya mujeres dispuestas a dar el sí a Cristo desde otra faceta.

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