El pasado 16 de diciembre con la celebración de la Expectación del parto de la bienaventurada Virgen María se giraban los días de preparación para la Navidad a un clima más festivo; fiesta que tomó su plenitud con la celebración del nacimiento de ese que era el Esperado de los tiempos. Dentro de la Octava de este acontecimiento hemos dirigido la mirada a los miembros de la Sagrada Familia: Jesús, María y José; y, la misma Octava, la hemos cerrado mirando a nuevamente a María como Madre de Dios. Creo que este segundo domingo después de Navidad nos está conduciendo a mirar un elemento relevante en todo el Misterio salvador y que se nos puede pasar la época sin referirnos a Él; me refiero a Dios Padre.

Los versos de la primera lectura (Eclo 24, 1-2. 8-12) son insistentes en la herencia que se recibirá del Creador de todas las cosas. Nuestro quehacer teológico siempre ha reconocido y ha adorado al Padre como la fuente y el fin de toda la Creación. El Padre en las primeras páginas de la sagrada escritura y el Padre en las alabanzas cantadas por los herederos en la Jerusalén celestial. Pablo, también en la segunda lectura (Ef 1, 3-6. 15-18), refiere la herencia recibida del Padre de la Gloria. El Padre que manifiesta su bendición en el acontecimiento salvador obrado por el Hijo. La página evangélica, como en la misa del día de Navidad, nos remite al prólogo joánico (Jn 1, 1-18). La Palabra que existía desde siempre, que estaba en Dios y que era Dios ha nacido para los hombres. No lo ha hecho por amor carnal, sino conforme a la voluntad y a la bondad del Padre que la envía.

Contemplando al Hijo que ha nacido, los textos de esta celebración navideña permiten acercarnos directamente a elementos contundentes de la paternidad divina: En primer lugar, el Dios Padre que engendra y regala a su Hijo (se puede ver en el evangelio). La relatividad existente entre los componentes Padre e Hijo será siempre motivo de asombro. Ahora bien, conocer al Hijo es conocer al Padre (cfr Jn 14, 9). Si estos días navideños nos alegran es porque conocemos en una pequeña criatura la grandeza del Padre Creador. En segundo lugar, el Dios Padre que bendice (Sal 147); no hay buen padre que no quiera el bien para su prole, así cuánto más el Padre celeste (cfr Mt 7, 11) que permite la misma luz del sol sobre buenos y malos (cfr Mt 5, 45). La Navidad es la más grande de las bendiciones. No se puede olvidar aquello que nos enseña el Catecismo de la Iglesia: Bendecir es una acción divina que da la vida y cuya fuente siempre es el Padre (cfr CEC 1078).

En tercer lugar, el Dios Padre que nos hace hijos adoptivos (es el mensaje de la segunda lectura). La adopción en Cristo no es una filiación de segunda clase. Pablo ha dejado claro en los primeros versos que se nos han dado toda clase de bienes espirituales y celestiales; porque conforme a la voluntad paterna nos presentaremos irreprochables ante Él, por el amor. Si una virtud ha de inundar estos días festivos es la disposición de hacer nuevo el amor. El Padre nos enseña cómo hacerlo.  Por último, el Dios Padre que nos hace herederos (se ve en la primera lectura). No hay bienes que posea el Padre que no los entregue a su descendencia. Sus bienes son siempre sobrenaturales y santos. El que ha llegado en Navidad, ha llegado para santificarnos. Así lo ha querido el Padre; no dejemos de celebrarlo.

 

P. Ovidio Pérez Pérez

Para El Visitante

 

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