En Puerto Rico cada vez nos encontramos con una realidad que nos preocupa a muchos. La numerosa cantidad de familias que al menos tienen en su núcleo familiar uno o dos enfermos a cargo y ellos fungen como sus cuidadores principales. Ciertamente, se palpa la necesidad, el dolor, los pequeños duelos, los vacíos y la desesperanza. No es un escenario fácil de vivir ni de asimilar, pero nada en la vida de los hijos de Dios es casualidad. Las enfermedades y dolencias nos acercan más a Dios.
Los enfermos y dolientes son acogidos de manera muy especial por la Misericordia de Jesús. La enfermedad o un diagnóstico puede llegar a la vida de una persona y cambiarle toda la vida en un instante. Es por eso, que podemos ver como la enfermedad o un fuerte diagnóstico en este periodo de la Cuaresma, nos invita a nutrir una profunda vida espiritual, donde la fragilidad física y emocional es una oportunidad de acercamiento especial a Dios.
En ocasiones, como laicos nos cuesta aceptar un duro proceso de enfermedad. Sin embargo, podemos darle un giro a esa nueva realidad de salud. Podemos ofrecer nuestra enfermedad al Médico Divino: Jesús. No es necesario el ayuno, ya que la salud es prioritaria, sin embargo, el sentido espiritual se eleva. El enfermo entra a una especie de desierto en donde a través de la fragilidad física, mental y emocional que experimenta, encuentra el espacio para unirse a la Pasión de Cristo. Esto es una manera de convertir el dolor en una ofrenda de unión con Dios y paciencia como forma de sacrificio cuaresmal.
La clave está en encontrar las similitudes de la cruz que cargó Jesús con la tuya. Tómate el tiempo y el espacio para hacer este ejercicio. Te sorprenderá leer como tus dolencias y dolores te acercan mucho más de la mano de Jesús. En medio de tu desierto, toma a Jesús como ejemplo y modelo a seguir, porque Él a pesar de su humanidad y divinidad, eligió el camino que el Padre tenía trazado para Él. ¿Sabías que Jesús fue tentado, señalado, juzgado, lloró, sintió tristeza, experimentó la angustia y el dolor? ¿Acaso no es lo que siente un paciente en su lecho de enfermedad? Pero Jesús en su sabiduría, abordó la enfermedad y la angustia con compasión y autoridad. A través de nuestra fe y fortaleza podemos lograr asimilar los pasos de Jesús.
También el apoyo de la comunidad y de la Iglesia se vuelve muy importantes en cualquier etapa que viven los enfermos. Las oraciones, gestos de misericordia y acompañamiento
son actos de bondad para recordándoles que no están solos. Estos actos de bondad son sanadores.
Nunca olviden que en este tiempo de preparación para la
Pascua, Jesús cambió, tocó, transformó y sanó vidas. El médico por excelencia cura nuestras cegueras y desata lo que no permite que nuestros ojos sean el espejo del alma. Él no buscaba protagonismos, solo nos extiende todos los días, a pensar y en fortalecer nuestro silencio con Jesús. Que tu enfermedad en este tiempo litúrgico no te haga sentir que no eres digno de su misericordia o que tu enfermedad la sientas más grande que tu persona. ¡Seamos como David, que nunca le temió al gigante de Goliat, porque su fe era mayor!
Recuerda que en este tiempo de Cuaresma, no estás enfrentando algo imposible. Ofrece tu enfermedad, dolor y sufrimiento a Jesús. En tu susceptibilidad, encontrarás una vía para aún sintiéndote frágil, ver como Jesús se glorificará en ti. Para Dios no hay imposibles y puede convertir tu desierto en un testimonio de vida. No hay que temer, cada semilla que ha superado el dolor se vuelve en un árbol que nos cobijará a todos. No tengan miedo, no estamos solos. Que la aflicción, no te separe del Rey de Reyes. ¡Jesús en ti confío!



