En las periferias del centro de Río Piedras, donde la incertidumbre golpea a diario a muchas familias migrantes, las noches de lunes en la Parroquia San Antonio de Padua se han convertido en un refugio inesperado. Este año, la comunidad celebra sus misiones cuaresmales 2026 bajo el lema “Francisco: El Evangelio vivido hasta el final”, en el marco de los 800 años de la Pascua de San Francisco de Asís.
La propuesta no es teórica ni distante; es profundamente humana. El patio parroquial se transforma en un espacio de oración, escucha y reconciliación. Aquí se mezclan el aroma del incienso con el de la solidaridad: familias que han perdido seguridades, madres preocupadas por hijos separados, abuelos que cuidan nietos mientras esperan noticias, jóvenes con documentos temporales, acompañados sin distinción por toda una comunidad.

La misión inició el 23 de febrero con el P. Rafael García, de la parroquia Santa Luisa de Marillac, quien ofreció palabras que tocaron el corazón de todos: “Cristo vino a sostenerte y a decirte: aquí estoy. No estás solo, no estás sola. Cristo no te pide perfección, viene a encontrarse contigo tal como eres, con tu historia, con tus heridas…” Estas palabras resonaron especialmente en una comunidad que vive la incertidumbre. Más que una prédica, fue un recordatorio de que la fe puede convertirse en refugio y fortaleza.
La espiritualidad franciscana también marca el camino. Como recordó el P. Rafael, “San Francisco no nació santo: fue un hombre con sueños y seguridades que poco a poco descubrió que nada llenaba su corazón”. Solo cuando puso su vida en manos de Dios encontró el verdadero descanso, despojándose de lo exterior y de lo que ocupaba su vida sin sentido. Para los presentes, estas palabras conectarón directamente con su propia vulnerabilidad y esperanza.

Las siguientes semanas continuarán con predicaciones que invitan a la contemplación, la transformación y la entrega total al Evangelio, concluyendo con el mensaje de que el Evangelio vence incluso la muerte.
En Río Piedras, mientras las redadas y la incertidumbre acechan, el patio de San Antonio de Padua se ha convertido en un lugar donde la comunidad encuentra consuelo, esperanza y, sobre todo, la certeza de que no están solos. A 800 años de San Francisco, su ejemplo sigue vivo: despojarse del miedo, abrazar la fragilidad y confiar en Dios, incluso cuando todo parece perdido.



