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TRAS LOS PASOS DEL ARZOBISPO ROBERTO

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A continuación, la entrevista concedida por Mons. Roberto Octavio González Nieves, OFM, a este semanario en la coyuntura del 25 Aniversario de su designación como Arzobispo Metropolitano de San Juan de Puerto Rico.

El Visitante: Háblenos del primer hogar, su familia, de Roberto el hijo y hermano.

Arzobispo Roberto: “La bendición más grande que he recibido es haber nacido en una familia profundamente religiosa y amorosa. Soy el mayor de nueve hijos e hijas de los que quedamos seis vivos. Nunca estuvimos vivos los nueve a la misma vez. Yo nací en el 1950. Mi segundo hermano nació un año después que yo (1951), pero murió al año, en el 1952. Mi segundo hermano que murió fue en 1960, como parte de un aborto natural. Recuerdo bien ese día. Yo regresaba de la Academia Santa Mónica, Mi mamá me pidió que fuera a buscar un taxi; cuando regrese con el taxi, en su ligereza, se fue al Hospital Auxilio Mutuo. Y dejó en su habitación un recipiente con un pequeño feto. Inmediatamente cuando vi ese bebé, lo bauticé y como no sabía si era varón o hembra le di dos nombres: ‘Yo te bautizo Juan; yo te bautizo Teresa’.  

El tercero de mis hermanos que murió fue en el 1982, José Gerardo. Tenía 25 años y era seminarista de la Diócesis de Caguas. Murió en una tragedia. Resulta que estaban los seminaristas en un pasadía en la playa de Maunabo. Vino una corriente marina que arrastró a tres seminaristas. Mi hermano quiso salvarlos. Logró salvar a los tres, pero no pudo salvarse. Tengo muy gratos recuerdos de las familias de Maunabo que estuvieron toda una noche en vela rezando en la playa para que se recuperara el cuerpo que, después de muchas horas, se logró recuperar. El Obispo Grovas (qepd) fue al velorio que se llevó a cabo en nuestra casa y Mons. Enrique Hernández celebró la misa exequial. Ambos fueron muy atentos con nuestra familia.”

EV: ¿Cuán importante es la enseñanza de la fe desde la familia? 

AR: “La fe la recibí primeramente en mi casa. En nuestra familia se rezaba el Rosario todas las noches. Entre todos nos compartíamos las labores de la casa, la limpieza, poner y recoger la mesa, sacar la basura, fregar los trastes. Todas eran tareas compartidas. Nunca vi a mis padres pelearse. Todos los días cuando mi papá llegaba del trabajo lo que primero que hacía era besar a mi mama. Lograron vivir más de 50 años de feliz unión matrimonial.

Mi mamá fue catequista y mi papá fue miembro de la Sociedad del Santo Nombre de Jesús, además de ser Caballero de Colón. También mi mamá fundó la Liga de la Leche en Puerto Rico. Nuestra casa siempre estuvo llena de madres lactantes.

Cuando se siembra la fe en la familia, esa semilla va creciendo a lo largo de toda una vida. Es una fe que nos acompaña en las verdes praderas de la vida, así como cuando pasamos por los valles oscuros, pero al final, esa fe siempre reverdece y resplandece”.

EV: Monseñor, usted vivió de primera mano la diáspora boricua que se vio obligada a migrar en búsqueda de oportunidades. ¿Cómo esta marcó su vida desde esas primeras etapas hasta hoy?

AR: “Yo nací en la diáspora puertorriqueña. Desde pequeño siempre supe que era puertorriqueño. La diáspora de los años 40’s, 50’s, 60’s y 70’s era muy puertorriqueñista. Fueron años de mucha pobreza en Puerto Rico. Mi familia, de orígenes pobres en Adjuntas, fue parte de esa emigración. Fue una generación agradecida de los beneficios económicos que se recibían en los Estados Unidos, a pesar de haber sufrido mucha discriminación y rechazo en la sociedad norteamericana.

También nuestra gente sufrió mucho en las parroquias. Con pocas excepciones, nuestra gente fue relegada a los sótanos de las parroquias. La emigración puertorriqueña fue la primera que llegó a Estados Unidos sin el acompañamiento de sus sacerdotes y religiosas. Todas las anteriores generaciones de inmigrantes católicos llegaron con sus sacerdotes: italianos, irlandeses, alemanes, polacos, etc. Gracias a Dios, poco a poco, ese panorama ha cambiado y mejorado. 

Estoy recordando tres sucesos:

  1. Recuerdo que cuando entré al seminario en 1964 en New York algunos compañeros me preguntaban si había teléfonos en Puerto Rico, si había agua potable, entre otras preguntas.
  1. Recuerdo que coincidí en el seminario menor con Padre Alfonso Guzmán. Éramos cinco puertorriqueños y, con los años, tres se fueron por la discriminación. Por la noche, se rezaba el Rosario en un camino, cerca de un lago. Luego del Rosario, me quedaba a hablar en español con Padre Alfonso. Cuando el Prefecto de Disciplina del Seminario se enteró nos prohibió comunicarnos en español.
  1. Otro suceso que me impactó mucho era cuando moría una persona de nuestra comunidad puertorriqueña. Muchas personas los enviaban a Puerto Rico a pesar de los altos costos para su enterramiento porque querían que fueran sepultados en Puerto Rico ya que nunca pudieron regresar en vida, como era su deseo y sueño.

Esas experiencias marcaron profundamente mi ministerio sacerdotal y episcopal en Estados Unidos. Mirando hacia atrás y reflexionando sobre el sufrimiento de nuestra gente, tal y como se expresa en la canción En mi Viejo San Juan (aunque fue inspirada por los soldados puertorriqueños que tuvieron que ir a la guerra) me hice el compromiso de hacer todo lo posible para que pudiéramos superar esas desigualdades, y de comprometerme a trabajar para superarlas. En Puerto Rico todavía tenemos el reto de superar nuestra condición colonial. Suelo decir que el nuevo nombre de la independencia es la interdependencia. Se trata de lograr la soberanía compartida. Debe ser el camino del futuro de la humanidad, de todas las naciones de la familia humana para que nadie se quede atrás. Pienso en Haití, Ucrania, Palestina, Cuba, Sudán del Sur, etc”.

EV: ¿Cómo y en qué momento surge su vocación franciscana y sacerdotal? Para usted, ¿quién es Jesús y Francisco?

AR: “Recuerdo muy bien un día estando en el quinto grado en la Academia Santa Mónica yo tenía 10 años. Entré a la biblioteca con el deseo de leer algo, no sabía que iba a leer, pero sí quería leer algo. Me topé con el librito Las Florecillas de San Francisco, que es un libro de leyendas sobre San Francisco. No todas biográficamente comprobadas pero todas fascinantes. La lectura de ese libro suscitó en mí el primer deseo de seguir a san Francisco. Mi deseo era ser un hermano franciscano. Yo pertenecía a la parroquia de Madre Cabrini donde era monaguillo, miembro de la Legión de María Juvenil y de los Niños Escuchas. En aquel tiempo los sacerdotes de la Parroquia eran franciscanos.

Cuando estaba en el octavo grado hablé con el párroco sobre la posibilidad de entrar al seminario franciscano para ser hermano. Ya Padre Alfonso Guzmán con quien había estudiado en Santa Mónica había entrado al seminario franciscano en Nueva York el año antes. El actual Obispo de Ponce, Rubén González, quien también había estudiado en Santa Mónica, entró al Seminario de los Claretianos un año después que yo. Para abreviar el relato, el párroco hizo las gestiones para que pudiera entrar al seminario, luego de graduarme del octavo grado, el 8 de septiembre de 1964, por lo que, a mis catorce años, entré al seminario franciscano en Nueva York donde el Director de Vocaciones, Padre Salvator Fink, OFM, me dijo: ‘Roberto, tú no vas a ser hermano, vas a ser sacerdote’. Y así fue creciendo en mí el deseo de ser un sacerdote franciscano”.

EV: Háblenos un poco de Fray Roberto el sacerdote en el Bronx en tiempos de dificultad y pobreza cuando la pastoral hispana se congregaba en los sótanos.

AR: “Todo ser humano es resiliente. En la diáspora fui testigo de la resiliencia de nuestra gente. A pesar de lo duro que sufrió nuestra gente en la primera etapa de la emigración en los 40’s, 50’s, 60’s 70’s y 80’s nuestra gente mantuvo la esperanza de un nuevo día y la alegría de vivir.  Me alentaba mucho que los puertorriqueños del Bronx vivían con la esperanza de regresar a su patria”.

EV: Como Obispo Auxiliar en Boston, Massachusetts, nombrado por el Papa San Juan Pablo II, ¿cuáles fueron sus prioridades y mayores logros teniendo en cuenta la diáspora hispana? Háblenos de su colaboración con los obispos de Cuba.

AR: “La noche antes del anuncio de mi nombramiento como Obispo Auxiliar de Boston, el Cardenal Bernard Law me dijo que al día siguiente tendríamos una conferencia de prensa y que, como en Boston los periodistas son agresivos vamos a tener un ensayo.  Me dijo: “Yo asumo el papel de periodista y te haré las preguntas”. Una de las preguntas que mi hizo fue “Cuál va a ser tu prioridad en cuanto a la pastoral hispana en la Arquidiócesis. Yo le dije sin pestañear: ‘Sacarlos de los sótanos de las parroquias’. Me pidió que le explicara. Luego me dijo ‘yo te voy a apoyar’. Esa fue mi prioridad principal en la Arquidiócesis de Boston. 

En cuanto a Cuba, este servidor fue ordenado Obispo Auxiliar de Boston en octubre de 1988, cinco meses después, en marzo del 1989, una mañana, a las 7:00 a.m., me llamó el Cardenal Law para decirme que en la noche se suponía que el viajara a Roma para acompañar a los dos Arzobispos de Cuba (ahora son tres) a una reunión con el Papa Juan Pablo II, pero como se le había presentado un asunto urgente que tenía que atender, no podía viajar a Roma y me pidió que yo fuera a representarlo.  

Debo decir que unos meses antes, la Conferencia Episcopal Cubana, con la autorización de la Santa Sede, le había pedido al Cardenal Law que fuera su interlocutor con el Presidente Castro. Este esfuerzo se extendió por varios años. Así comenzó mi relación con los obispos cubanos con quienes he mantenido una relación de afecto, amistad y solidaridad fraternal”.

EV: Como Obispo en Corpus Christi, Texas, nombrado por el mismo Papa, ¿cómo recapitula la experiencia de liderar una diócesis fronteriza con México ante una realidad pastoral con un énfasis en la pastoral hispana y el fenómeno de la migración?

AR: “Para mí llegar a Texas fue como llegar a otro planeta. Todo era diferente: la cultura, las costumbres, la religiosidad. Me tomó varias semanas en entender el inglés de los tejanos. Pensé, antes de llegar a Texas, que se me iba a ser difícil entender las expresiones de los mexicoamericanos, pero fue todo lo contrario; los entendía perfectamente bien, no así el acento del inglés de los tejanos. Por un momento entré como en un pánico. Le dije al Señor: ¿cómo puedo ser Obispo aquí si no entiendo ni comprendo bien a mi gente en la diócesis? Pero paulatinamente fui entendiéndolos y comprendiéndolos. Doy gracias al Señor porque el clero me acogió con afecto.

La pastoral con los emigrantes fue muy retante y muy dolorosa. Me conmovía mucho y me sentía impotente cuando la guardia fronteriza se comunicaba con este servidor para pedirme que fuera un sacerdote a bendecir el cadáver de un inmigrante que había muerto en el desierto. 

Todavía Laredo era parte de la Diócesis de Corpus Christi. Entre Corpus Christi y Laredo, había que viajar casi 5 horas en carro, y dos o tres de ellas por el desierto. 

El ferrocarril de México a Texas pasaba por ese desierto. Muchas veces cuando regresaba de Laredo a Corpus Christi después de haber confirmado y pasada la medianoche, recuerdo cuando los policías en la frontera detenían al tren que llegaba de México, bajaban los brazos eléctricos para impedir que el tráfico continuara y comenzaran a arrestar a los inmigrantes. En el techo de los carros del tren se veía a correr a estos hermanos y hermanas y a la policía corriendo detrás de ellos y ellas para arrestarlos. Los gritos de esta gente pobre, esa gente buena y noble que solo buscaban pan y sustento para sus familias que habían dejado atrás en México, Centro América y otros países latinoamericanos todavía me atormentan. Todavía conservo esos gritos en mi corazón y en mis oraciones. 

Durante mi tiempo en Corpus Christi los obispos de las fronteras de Texas y México comenzaron a reunirse y dialogar sobre la atención pastoral que al día de hoy se ha desarrollado mucho; hay esfuerzos en común, documentos que publican en conjunto y un acompañamiento pastoral muy edificante”.

EV: El 8 de mayo de 1999 aconteció su instalación como Arzobispo Metropolitano de San Juan de Puerto Rico. ¿Qué recuerda de aquella ocasión? ¿Qué significó asumir la Arquidiócesis de San Juan entonces para dar continuidad a la labor pastoral y convertirse en el sucesor de don Alonso Manso, Juan Alejo de Arismendi y el Cardenal Aponte?

AR: “En mi corazón atesoro muchísimos recuerdos gratos de aquella ocasión. Cuando era obispo en Estados Unidos pensaba que, luego de terminar mi ministerio episcopal, me retiraría a Puerto Rico por lo que nunca pensé que iba a ser obispo en Puerto Rico. Por lo tanto, regresar a la patria para mí fue algo muy grande. Estar al frente de la primera diócesis donde un Obispo había comenzado su gestión episcopal en toda América, el Nuevo Mundo, me conmovió profundamente aquel 5 de diciembre del 1988 cuando se me comunicó dicha designación. Soy el quincuagésimo obispo de San Juan de Puerto Rico. 

Cuando comencé a ejercer este ministerio pensé que quería conocer mejor la historia de una Iglesia con raíces muy profundas (de 500 años) y pensé que, con el favor de Dios, me tocaría un episcopado bastante largo (tenía 49 años y ahora tengo 73 años) y por eso decidí, cuando comencé, no hacer cambios significativos y estructurales durante mis primeros tres años sino a dedicarme a ser una voz del Evangelio en el foro público. 

Obviamente comencé a dar señales de la línea pastoral que quería seguir con las primeras tres cartas pastorales y la convocatoria al primer sínodo arquidiocesano. Me sentía y me siento bien comprometido con la iniciativa del Cardenal Aponte de construir el Santuario Nacional de Nuestra Señora de la Divina Providencia, pero comenzando por reforzar la devoción. Sentí y siento que, para construir el santuario de piedras, primero hay que reforzar la devoción. Para este servir el gran legado del Cardenal Aponte es haber logrado la designación por parte de San Pablo VI el patronato de Nuestra Señora de la Providencia como Patrona Principal de toda la Nación Puertorriqueña. El mismo Cardenal Aponte me dijo varias veces que lograr esa designación fue su mayor logro”.

EV: Monseñor Roberto, en los pasados 25 años usted se ha caracterizado por ser un férreo defensor del amor a la patria, la nación y la identidad puertorriqueña, la Doctrina Social de la Iglesia, del tema de la migración, del tema ambiental y la caridad con los pobres, la preservación y concienciación de nuestra historia, entre otros. ¿Cómo resume ese santificar y pastorear junto a un pueblo arquidiocesano con afanes, temores, virtudes, defectos y esperanzas?

AR: “Creo que la respuesta A esta pregunta se puede ubicar en mis cartas pastorales, especialmente, estas tres: “Patria Nación e identidad, don indivisible del amor de Dios”, “Bendición” y “La Vida Buena””.

EV: ¿Cuál es el mayor reto que enfrenta la Iglesia en Puerto Rico? ¿Y cuál es el mayor tesoro y la mayor esperanza?

AR: “Me parece que el mayor reto que enfrenta la iglesia, no solo en Puerto Rico sino el mundo entero es la nueva evangelización, frase acuñada por San Juan Pablo II:   nueva en sus expresiones, métodos, y ardor.  Me parece que los dos sucesores de Juan Pablo II han encaminado a la Iglesia por los caminos de la nueva evangelización.  

El mayor tesoro y la mayor esperanza de la Iglesia son hijos e hijas, son su fe, su cultura religiosa y su generosidad. A pesar de ser una patria herida, la Patria Puertorriqueña nunca se ha dejado conquistar y ha evitado que su desarrollo sea marcado por una revolución violenta. Me gusta mucho la canción Boricua en la Luna y lo que ha significado esa canción para la diáspora puertorriqueña. La mayor esperanza es Jesús, su fe en él, porque Jesús es la esperanza que no defrauda. Él es el Camino, la Verdad y la Vida”.

EV: Un mensaje de esperanza a los católicos puertorriqueños.

AR: “Quiero pensar que las palabras a lo largo de esta entrevista motiven a la esperanza, a la confraternización y a la profundización en la fe. Decir Puerto Rico, es decir, “Donde comen dos comen tres”. Decir Puerto Rico, es decir, “Sagrado Corazón de Jesús, En Ti confío”. Decir Puerto Rico, es decir, “¡Patria de mis amores!”. Querido pueblo puertorriqueño, ¡Ánimo siempre en el Señor!”.

Enrique I. López López

e.lopez@elvisitantepr.com 

X: @Enrique_LopezEV