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En la memorable “Ciudad del Grito”, Lares, se arraigan las raíces familiares de Doña Blanca González, una mujer admirable que ha tejido una vida marcada por el amor, el trabajo arduo y la devoción. A sus 97 años, su historia se entreteje con los hilos de la historia puertorriqueña y con el legado de una familia unida.

Desde temprana edad, aprendió el valor del trabajo y la importancia de la familia. Su infancia estuvo marcada por la partida temprana de su madre, un evento que dejó huella en su corazón joven pero que también la llevó a buscar consuelo y apoyo en su padre y en su fe en Dios.

El curso de su vida cambió el día que juró amor eterno a su esposo, Don Tomás González, en el sacramento del matrimonio que se celebró el 10 de diciembre de 1970 en la Parroquia Nuestra Señora de los Ángeles en la Urb. La Riviera. Allí, gracias a los Frailes Menores, se marcó el inicio de una nueva etapa sacramental, pues años antes la pareja había contraído matrimonio civil y desde entonces Doña Blanca y Don Tomás enfrentaron los desafíos que la vida les presentaba, encontrando fortaleza el uno en el otro y en su fe compartida.

La vida de Doña Blanca ha estado marcada por una dedicación incansable al trabajo y al servicio. Durante 38 años laboró en la Puerto Rico Telephone Company, desarrollándose desde el rol de operadora de cuadro telefónico hasta convertirse en supervisora de llamadas internacionales. 

El regalo más preciado que recibió Doña Blanca fue el de la maternidad. Con el nacimiento de sus dos hijos, Tania Yaniré y Tomás Godrés, su vida cobró un nuevo significado, una dimensión de amor y sacrificio que la llevó a entregarse al cuidado y la crianza de su familia. Recordando con emoción el momento en que se convirtió en madre, Doña Blanca comparte: “Yo me casé mayor de edad, a los 38 años y a los 40 años tuve mi primera hija”. Cada instante en el proceso de crianza fue para ella una bendición, aunque no estuviera exento de desafíos y sacrificios.

Uno de los mayores retos que enfrentó como madre fue el de tener que dejar a sus hijos al cuidado de otros para poder cumplir con sus responsabilidades laborales. El equilibrio entre el trabajo y la crianza nunca fue fácil, pero Doña Blanca lo enfrentó con valentía, siempre con la convicción de que cada sacrificio valía la pena por el bienestar de su familia.

En el hogar de Doña Blanca, la fe siempre ocupó un lugar central. Desde que sus hijos eran pequeños, los inculcó en los valores cristianos, priorizando la asistencia a la iglesia y el compromiso con la comunidad. “La prioridad número uno era ir a la iglesia. Si no había iglesia, no había playa o paseo. Se fueron desarrollando en ese ambiente.”, expresó la también terciaria carmelita. Para ella, la fe no es simplemente una práctica, sino un estilo de vida, una guía que encamina cada decisión y cada acción. Como dato curioso, Mons. Tomás es un aficionado a los Yankees de Nueva York, a herencia de su madre tras una época de su juventud que habitó en el Bronx. 

El descubrimiento de la vocación sacerdotal de su hijo, Mons. Tomás, fue para Doña Blanca un momento de profunda reflexión y gratitud. Recordó con cariño el día en que se enteró “un domingo que íbamos a la iglesia”. Aunque ella ya sospechaba, siendo una madre curiosa y atenta a los cambios en la rutina de su hijo. Sin embargo, su consejo para los padres es claro: “No poner trabas en el camino. Que los animen y estimulen. No poner impedimentos y ayudándolos, dándole prioridad a las cosas de iglesia. Tiempo libre, pero primero Papá Dios y luego la diversión. Darle la oportunidad de expresarse y brindarle la ayuda”, animó. 

En el camino hacia la realización de la vocación de su hijo, Doña Blanca no tuvo sacrificio alguno, solo “una bendición inmerecida”, dice. Tras el fallecimiento de Don Tomás en mayo de 2023, Doña Blanca encuentra alegría y consuelo en el cuidado y compañía de sus seres queridos: su yerno Iván, sus nietos: Francisco Javier, Cristina Isabel y Gabriela María y en la celebración de la misa en su hogar. Su consejo a todas las madres es profundo y conmovedor: “profundizar en la oración y encomendar a sus hijos a Dios, guiándolos en el camino de la fe”, manifestó. 

La vida de Doña Blanca González es un testimonio de amor y fe. Su legado inspira a todos aquellos que tienen el privilegio de conocer su historia. En un mundo marcado por la incertidumbre y la adversidad, su vida nos recuerda que el amor y la fe son las fuerzas que nos sostienen, guiándonos en nuestro camino lleno de frutos hacia Dios.

Jonathan Colón Hernández

Para El Visitante