De Viktor Frankl, conocido neurólogo, psiquiatra y filósofo austríaco del siglo XX, y fundador de la Logoterapia, destaca, entre muchas otras, esta frase: “La vida nunca se vuelve insoportable por las circunstancias, sino sólo por falta de significado y propósito”.
Aunque, con frecuencia, nuestra esperanza se ve amenazada por las situaciones que nos rodean (ciertamente lamentables, trágicas y dolorosas en muchos casos), es posible vivir desde esta tónica cuando el corazón descansa sobre una verdad más grande; dicho en lenguaje bíblico, cuando se “edifica la casa sobre la roca”.
Apuesto a que todos podemos narrar más de un pequeño gran gesto que nos ha hecho decir y creer que todavía hay esperanza. Que, en el mismo mundo turbulento en que a veces nos desanimamos, se dan, en mayor número y en mayor grado, situaciones que pueden imponerse sobre la larga lista de quejas y lamentaciones. En ellas, además, solemos responsabilizar a otros de lo que acontece en nuestra vida, en el país y en el mundo, olvidándonos de cuestionar nuestro papel y ejecutarlo.
Hace aproximadamente dos años, me dirigía a un restaurante con un pequeño grupo de amigos. Era una noche fría de invierno en la ciudad de Manhattan. Como no soy amiga de las carteras y no necesitaba llevar mucho, solo coloqué en uno de los bolsillos del abrigo mi tarjeta de crédito y, en el mismo bolsillo, los guantes. Despistada, porque lo soy en ocasiones, olvidé que llevaba la tarjeta. Al sacar los guantes, no me percaté de que la tarjeta cayó al suelo.
Ya en el restaurante, recibí un mensaje en mi cuenta de Instagram que decía en inglés: “¡Hola! Mis amigos y yo hemos encontrado tu tarjeta de crédito en NYC. Estaremos felices de poder entregártela”. Efectivamente, busqué y la tarjeta ya no estaba en el bolsillo. Compartimos las ubicaciones; estábamos a ocho minutos de distancia, y ellos llegaron hasta donde estaba yo. Eran tres encantadores jóvenes.
Esto, solo por dar un ejemplo y demostrar que no es una pérdida de tiempo vivir en clave de esperanza, resaltando, en esta ocasión, que en todo ser humano habrá siempre fibras de bondad. Todo lo bueno que hay en nosotros lo ha puesto Dios, quien es bondad infinita. Pero, al mismo tiempo que es don, es tarea.
Todos, a diario, tenemos contacto con la bondad. No solo porque exista en los recovecos de nuestro interior por pura gracia, sino porque se nos atraviesa en rostros concretos y de formas diversas, a veces muy sutiles. Si esto es así, sin duda, podemos andar por la vida sabiendo que las cosas pueden ser diferentes.



