El Evangelio de este domingo nos presenta a Jesús dirigiéndose a sus discípulos con palabras sencillas y profundamente exigentes:
“Ustedes son la sal de la tierra… ustedes son la luz del mundo”.
Estas imágenes no son adornos poéticos, sino una identidad y una misión. La sal no existe para sí
misma; da sabor cuando se mezcla y se entrega. La luz no se guarda; se coloca en lo alto para que ilumine a todos. Así es la vocación del discípulo: una vida que transforma desde dentro y una fe que se hace visible en las obras.
En este Tiempo Ordinario, el Señor nos recuerda que la santidad y la misión se viven en lo cotidiano: en la familia, en el trabajo, en la comunidad, en el servicio sencillo y constante. Es aquí donde Dios quiere encender nuestro corazón, para que no perdamos el sabor del Evangelio ni dejemos apagar la luz de la fe por la rutina, el cansancio o la indiferencia.
Este caminar se ilumina de manera especial en el Jubileo Mariano, que nos invita a mirar a María como mujer de fe encendida y discípula misionera. Ella, humilde y disponible, fue sal que dio sabor a la historia con su “sí” y luz que condujo a Cristo al mundo. En María aprendemos que la oración enciende el corazón y que la fidelidad diaria fortalece la misión.
Cuando el corazón se deja tocar por Dios, como el de María, la misión florece. No damos luz propia; reflejamos la luz de Cristo. No somos la fuente del sabor; es el Evangelio el que da sentido a nuestra vida y a nuestra acción pastoral.
Que este Tiempo Ordinario, vivido en clave de Jubileo Mariano, renueve nuestras comunidades, avive el fuego de la fe y nos haga sal y luz para nuestro pueblo, para que muchos,
al ver nuestras obras, glorifiquen al Padre que está en el cielo

Tengo algo que decirte sobre la oración como sal y como luz
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