¿Qué es una coronación canónica? (Parte 1)

Estamos celebrando el cincuentenario de la coronación canónica de la imagen original de Ntra. Sra. de la Providencia que llegó a Puerto Rico a fines de 1852 a petición del obispo Gil Esteve y Tomás, que la entronizó en la catedral el 2 de enero de 1853. 

Conviene aclarar qué es eso de una coronación canónica o litúrgica. Vamos por pasos. 

  1. La veneración de la Virgen María 

Sabemos que entre el culto a los santos, el que damos a la Santísima Virgen sobresale especialmente; por ello recibe el nombre de hiperdulía. Este grado de veneración surge y se fundamenta es su relación con las Personas de la Santísima Trinidad, la acción de Dios en ella y su cooperación en la obra de salvación (cf. Lc 1,48s; Catecismo de la Iglesia Católica (=CIglC) 971ss; Dicasterio para la doctrina de la fe, Nota Mater populi fidelis (=MPF),4-15). Esa relación profunda con el misterio divino y su obra redentora, y con la Iglesia, hacen de María como un icono, siempre en dependencia de Cristo e inserta en Él. (cf. CIglC 972; MPF, 11). 

La veneración a María como Reina brota de su ser, en cuanto es Madre de Dios y del Rey mesiánico. Su dignidad real se fundamenta en su augusta y relevante colaboración con el Redentor, quien, con su sangre, nos constituyó el reino para nuestro Dios (cf. Ap 5,10). De este modo, por ser perfecta discípula de Cristo, María Santísima fue digna de heredar la corona de gloria que Dios nos promete a todos los creyentes. Finalmente, por su carácter de miembro supereminente de la Iglesia afianza el fundamento de esta veneración (cf. CIglC 971-975; Pontifical Romano, Ritual para la Coronación de una imagen de la Virgen María (=RCIVM), prenotandos, 5). 

  1. El valor y culto de las imágenes sagradas en la Iglesia 

Debemos conocer el fundamento teológico del uso de imágenes en la Iglesia. En este punto es muy claro el Magisterio, sobre todo desde el Concilio de Nicea II (a.787). 

Dice el C. de Nicea II: «Para expresarnos brevemente: conservamos intactas todas las tradiciones de la Iglesia, escritas o no escritas, que nos han sido transmitidas sin alteración. Una de ellas es la representación pictórica de las imágenes, que está de acuerdo con la predicación de la historia evangélica, creyendo que, verdaderamente y no en apariencia, el Dios Verbo se hizo carne, lo cual es tan útil y provechoso, porque las cosas que se esclarecen mutuamente tienen sin duda una significación recíproca» (Terminus:  ConciliorumOecumenicorum Decreta (=COD) 111, p.136). 

El Catecismo de la Iglesia nos enseña que el misterio de la Encarnación del Hijo es el fundamento teológico para el uso de imágenes en la Iglesia, pues el Dios invisible se hizo visible en su Hijo encarnado (cf. CIglC 1159). S. Juan Damasceno, uno de los padres orientales más destacados por su aportación a esta enseñanza sobre el valor de las imágenes, dice en uno de sus escritos: «En otro tiempo, Dios, que no tenía cuerpo ni figura no podía de ningún modo ser representado con una imagen. Pero ahora que se ha hecho ver en la carne y que ha vivido con los hombres, puedo hacer una imagen de lo que he visto de Dios […]» (De sacris imaginibus oratio 1,16). 

Tengamos en cuenta que Dios se ha revelado de diversas maneras, comenzando con la creación (cf. Concilio Vaticano I (DS 3015); Fe de la Iglesia Católica 58; CIglC 31s) y a través de su Palabra y la Tradición (cf. DV 7s.). Así también las imágenes pueden transcribir el mensaje evangélico; de tal manera que Palabra e Imagen se esclarecen mutuamente (cf. CIglC 1160). La liturgia es también un ámbito de manifestación del mismo misterio que celebra (cf. SC 2; DV 23s). Por ello, todos los signos -incluso las imágenes-usadas en la celebración litúrgica hacen referencia a Cristo, a la Santísima Madre de Dios y de los santos (cf. CIglC 1161). 

El C. de Nicea II expuso que: «Siguiendo […] la enseñanza divinamente inspirada de nuestros santos Padres y la Tradición de la Iglesia católica (pues reconocemos ser del Espíritu Santo que habita en ella), definimos con toda exactitud y cuidado que la imagen de la preciosa y vivificante cruz, así como también las venerables y santas imágenes, tanto las pintadas como las de mosaico u otra materia conveniente, se expongan en las santas iglesias de Dios, en los vasos sagrados y ornamentos, en las paredes y en cuadros, en las casas y en los caminos: tanto las imágenes de nuestro Señor Dios y Salvador Jesucristo, como las de nuestra Señora Inmaculada la santa Madre de Dios, de los santos ángeles y de todos los santos y justos» (DS 600 o Dz 302; v. en CIglC 1161). 

Esta breve exposición muestra parte de la enseñanza la Iglesia que valida el uso y veneración de las imágenes. 

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