Era el Día de Acción de Gracias. Las catorce Hijas de María Auxiliadora de Puerto Rico se encontraron en la comunidad María Auxiliadora de Santurce para compartir en fraternidad durante el fin de semana. A la hora del almuerzo en la mesa festiva, agradecían a Dios por las experiencias vividas. Entre ellas estaba sor Estrella Marina de las Mercedes Brizuela Acosta. Con sus 98 años era la de mayor edad. De pronto, se debilitó severamente. Las hermanas corrieron en su auxilio. La llevaron a su cuarto y la lograron estabilizar. Otro motivo para dar gracias. Al atardecer, la fueron a visitar a su habitación para darle una breve parranda. Ella se mostró muy alegre. Cuatro horas más tarde, el sueño le abriría las puertas de la eternidad.
Sor Estrella, nacida el 24 de septiembre de 1926 en Sancti Spiritus, Cuba, creció en una familia de ricos valores humanos y cristianos. Fueron sus padres Andrés Brizuela y Victoria Acosta, cuyo hogar fue bendecido con ocho hijos, cinco mujeres, de las cuales dos Hijas de María Auxiliadora, Teresa y Estrella, y tres hermanos varones. Era la penúltima de todos. Andrés, hombre trabajador y religioso, participaba diariamente en la Eucaristía antes de irse al trabajo y los domingos iba con toda su familia a la parroquia Nuestra Señora de la Caridad. Además, todas las noches rezaba el rosario con su familia. Victoria, mujer de gran corazón, recta, trabajadora y piadosa, se dedicó con cariño excepcional a la crianza y educación de sus hijos. Inculcaba en ellos el amor a María con la práctica de las virtudes. Siempre se mostró contenta de sus hijos.
Sor Estrella realizó sus estudios en el colegio Santa Teresita con las Madres de la Divina Providencia. Su querida hermana, Teresa Brizuela, fue la mediación que Dios puso en su camino para despertar en ella la semilla de la vocación. Sintió fuertemente el llamado a la vida religiosa cuando Teresa, a quien tanto quería, se hizo Hija de María Auxiliadora. Ésta falleció muy joven en su natal Cuba, después de sólo 10 años de consagración. Testigos de su muerte narraron y dejaron por escrito que, en sus últimos momentos, vio a la Madre del Cielo y sostuvo un diálogo con ella. La escucharon decir: “¿Qué decías?… ¿Un camino?… ¿Es mío?… ¿Un trono?… Para mí, pecadora, casi no me atrevo a creerlo… ¿Y para mi hermana, sor Estrellita, también?… ¡Qué bueno!… Esposas de Cristo, ¡qué dicha tan grande!”
Estrella frecuentó el oratorio festivo dominical dirigido por las Hijas de María Auxiliadora en su ciudad. En este ambiente alegre y acogedor creció en ella cada vez más el deseo de ser religiosa para estar siempre con las niñas y enseñarles el catecismo. El 31 de enero de 1945 inició su camino formativo como postulante en La Habana y el 5 de agosto ingresó al noviciado. Hizo sus primeros votos en Guanabacoa, Cuba, el 6 de agosto de 1947 y la profesión perpetua el 5 de agosto de 1953, meses después de la muerte de su amada hermana.
Se desempeñó como maestra de kínder y asistente de internas en el entonces colegio Dolores Betancourt en Camagüey, Cuba. Debido a la revolución castrista, y el subsiguiente éxodo de religiosos, en 1961 se convirtió en una de las primeras cuatro hermanas que llegaron a la isla de Puerto Rico a sembrar el carisma salesiano. Obtuvo el Diploma de Catequesis de Escuela elemental de la arquidiócesis de San Juan, Puerto Rico, en el año 1970. Los colegios María Auxiliadora de Santurce y Nuestra Señora del Rosario de Ciales se beneficiaron de su presencia alegre, sencilla, generosa, apostólica y carismática. Además de maestra, fue una excelente catequista. En su labor de sacristana de la comunidad religiosa, atendía la capilla con dedicación y detalles especiales. Mientras la salud se lo permitió, con gran generosidad prestó su servicio como chofer en las comunidades por donde pasó.
Sor Estrella fue una mujer apasionada por Dios, con un amor grande a María, alegre, cercana, generosa y cariñosa. Era ordenada y desprendida, compartía todo lo que recibía con las hermanas. Por su entrega incondicional a la educación y evangelización de los más pequeños, es amada y recordada por muchos. Cuando ya no estaba en las aulas, su presencia en los recreos era el encanto de los niños que se divertían jugando con su bastón. Este testimonio de una exalumna nos resume su experiencia: “Siempre la recuerdo con amor y agradecimiento, pues sor Estrella me hizo sentir muy especial. Todavía es la hora y pasan los años y siento su mano delicada acariciando mi rostro… Tu amor por Dios fue el amor que diste a cada niño que cruzó tu camino”.
Otros testimonios que nos llegan de las hermanas y personas que la conocieron más de cerca nos dicen: “Conocí a sorEstrella cuando llegué a Puerto Rico en el 1982 en la casa de Santurce. Excelente maestra, educadora a carta cabal de los niños de kínder. Les infundía el amor a Jesús y a María Auxiliadora hasta por los poros. Los exalumnos diríamos la querían mucho y sus padres también... A medida que pasaba el tiempo se notaba un poco de depresión debido a la situación vivida en el régimen comunista, pues amaba mucho a su país y nunca logró superar el haber tenido que dejar su patria.”
Debido a una caída que le provocó una embolia pulmonar, quedó postrada en cama por más de 8 años. Las hermanas que convivieron con ella y conocían de su fuerte carácter son testigos de su trabajo personal de conversión en su deseo de configurarse con Cristo. Al inicio le costó adaptarse a la nueva realidad, pero el Señor le concedió poder asumirla sin quejas, con serenidad, alegría, agradecimiento, dulzura, manteniendo la sonrisa que le caracterizaba. Solía decir: “Si Dios me concede levantarme de esta cama, lo que yo quiero es estar entre los niños asistiéndolos en el patio”.
Muy fervorosa en la oración, con un gran amor a Jesús Sacramentado, a María Auxiliadora y a san Juan Bosco, siempre estaba muy alerta para recibir la Sagrada Comunión cada día desde el lecho de dolor y rezar el santo rosario. Sabía mantener vivos sus lazos familiares. Disfrutaba comunicarse con ellos, especialmente con un sobrino a quien solía llamar “Mi príncipe”, de quien estaba muy orgullosa por su servicio a la Iglesia y a la sociedad cubana como médico y diácono permanente. Seguía muy de cerca a una cuñada y sobrina residentes en Puerto Rico.
Sor Estrella tenía un trato muy respetuoso y cordial con las superioras y superiores, rezaba por ellos. Poseía un amor grande a la congregación junto a un fuerte sentido de pertenencia. Tenía muchas amistades y reservaba un cariño muy especial hacia los Salesianos de Don Bosco, de manera especial a los cubanos que residían en Puerto Rico. Gozaba mucho con que las hermanas, sacerdotes, conocidos, las exalumnas y exalumnos la visitaran. Solía edificarlos con un mensaje y testimonio alentador.
Una hermana nos compartió: “Considero un regalo de Dios el haber podido visitarla en el mes de julio pasado, donde juntas disfrutamos y recordamos bellos momentos. Con gran entusiasmo entonó conmigo varias canciones, las cuales grabamos.”
Gracias, sor Estrella, por tu fidelidad y entrega gozosa al Señor, a tus hermanas de comunidad, por tu testimonio de verdadera educadora salesiana. Agradecemos a Dios por tu vida. Ofrecemos nuestra generosa oración en sufragio e imploramos del Señor vocaciones entregadas como la tuya. Ya llegaste e la tierra prometida, pasaste el exilio, el desierto y ya gozas de Dios en la patria amada, la Jerusalén celestial.



