CONFERENCIA EPISCOPAL PUERTORRIQUEÑA

SÍNTESIS DE LA CONSULTA PARA LA XVI ASAMBLEA GENERAL ORDINARIA 

DEL SÍNODO DE LOS OBISPOS

PRIMERA FASE

Por una Iglesia Sinodal: Comunión, Participación y Misión

  1. INTRODUCCIÓN

Los Obispos de la Provincia Eclesiástica de Puerto Rico, compuesta por las Iglesias Particulares de San Juan, Ponce, Arecibo, Caguas, Mayagüez y Fajardo-Humacao, junto a los delegados diocesanos al sínodo y algunos Vicarios de Pastoral de las diversas diócesis realizaron la Asamblea Pre-Sinodal Nacional los días 13 y 14 de junio de 2022, en el Centro Diocesano de la Diócesis de Arecibo. En ella se presentaron los 10 aspectos propuestos en la consulta para la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos a partir de la cual se realizó un discernimiento sobre la vivencia de la sinodalidad en la iglesia local.  

En el dialogo se destacó que, para poder entender adecuadamente las respuestas de los participantes de la consulta, habría que tomar en cuenta el contexto histórico, político y social en el que se ha desarrollado la Iglesia en Puerto Rico; particularmente el colonialismo que ha marcado profundamente la psiquis del ser puertorriqueño y su catolicidad. 

También hemos de considerar que esta consulta se realiza en medio de una situación compleja para los puertorriqueños por el paso de los huracanes Irma y María, los terremotos sufridos sobre todo en la parte sur de la Isla y la pandemia del Covid-19. Se ha experimentado un proceso de emigración de muchos de sus habitantes a los Estados Unidos lo que ha afectado la participación y el liderato en la vida eclesial. Uno de los aspectos que más ha influido en la emigración ha sido la crisis económica. 

Reconocemos que el ejercicio de la Asamblea fue una oportunidad para que aportáramos en la reflexión como obispos y pastores en el camino sinodal. Descubrimos la necesidad de clarificar los diversos roles de participación ministerial y de autoridad en la iglesia local. Además, percibimos la pérdida de la memoria y el reconocimiento de la acción pastoral realizada en Puerto Rico. Es posible que exista una ruptura entre la acción que realiza el liderato eclesial y la vivencia del pueblo fiel que no permite reconocer los pasos que se han dado en el camino sinodal. Se pone en evidencia la falta de una comunicación efectiva entre los diversos niveles de la vida eclesial.   

A continuación, presentamos los aportes al diálogo y discernimiento sobre los 10 aspectos de la Sinodalidad consultados al pueblo de Dios en cada una de las seis diócesis y que constituyeron a su vez una síntesis nacional. 

  1.  CUERPO DE LA SÍNTESIS – (Los diez aspectos)

La pregunta fundamental de la Consulta para la XVI Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos sobre la Sinodalidad parte de una Tesis: En una Iglesia sinodal, que anuncia el Evangelio, todos “caminan juntos”

Por tanto: ¿cómo se realiza hoy este “caminar juntos” en la propia Iglesia particular?  Y ¿Qué pasos nos invita a dar el Espíritu para crecer en nuestro “caminar juntos”?

  1.   Compañeros de Camino:

La gran mayoría de los participantes manifiesta que se hace fácil caminar con aquellos que piensan igual, sobre todo en el ambiente de la Parroquia, con personas del mismo credo. También se hace más fácil con los que realizan el mismo apostolado, están en el mismo grupo o movimiento, reconociendo con ella la pertenencia eclesial, y con los que muestran coherencia. Se hace más fácil, de igual forma, con los sacerdotes, diáconos, y ministros que se animan a caminar con los fieles; con los miembros de la familia, aunque haya sus dificultades; y, finalmente, con los amigos, con los vecinos o con aquellos de los que podemos obtener beneficio de cualquier índole o con los que tienen más poder. 

Se hace difícil caminar con las personas que no profesan el mismo credo o pertenecen a otras denominaciones cristianas, con los no creyentes o con los que no participan con frecuencia de la vida de la Iglesia, e incluso se hace difícil caminar junto a la sociedad misma. También se hace difícil caminar, aun dentro de la Parroquia, con los miembros de otros grupos o apostolados, en muchos casos porque no tenemos claro hacia dónde queremos caminar. Sienten que hay en muchos líderes prepotencia, “caciquismo” o se creen mejores que los demás por ocupar algún puesto en la Iglesia; con los que usan el poder para hacer daño. En otras ocasiones sucede que no dan espacio de participación a los demás. Se hace difícil caminar entre personas de diferentes generaciones, sobre todo entre los jóvenes y adultos por pensar de manera diferente. Se hace difícil caminar con las personas que se resisten al cambio o todavía añoran la Iglesia del pasado; o con personas que se integran como nuevos miembros dentro de la comunidad parroquial. También se hace difícil con personas que tienen criterios diferentes, preferencias, identificación de género o sexo diferente al biológico; con los que no tienen capacidad de escucha o se creen exclusivos. Algunos expresan dificultades para caminar con ciertos presbíteros y diáconos, sobre todo con los prepotentes o los que no acompañan a la comunidad ni visitan a los enfermos. Otros indican que la situación del COVID generó un estilo de vida más individual, de mayor aislamiento, que también dificulta el caminar juntos.

En cuanto a cómo podemos crecer en el caminar juntos, casi todos los consultados coinciden en que se debe madurar en lo espiritual, en lo humano y en lo comunitario. En lo espiritual se refieren a la oración, la escucha de la Palabra de Dios, la participación frecuente de la Eucaristía, o en la vida de la Iglesia y el compromiso que entraña con las diversas necesidades, la práctica de la caridad, la compasión y la misericordia. En lo humano se refieren a crecer en la capacidad de escuchar al otro, en la paciencia, la tolerancia, la humildad, la empatía y la solidaridad. En lo comunitario se refiere a un mayor conocimiento de la realidad de las personas que componen la comunidad. A veces se desconoce al que se sienta al lado. Entre los niños consultados se destaca que valoran el caminar juntos y esperan de la Iglesia (sus padres y catequistas) que los acompañen y los ayuden a crecer juntos. Los jóvenes reclamaban mayor integración con los adultos para caminar juntos. 

Algunos expresaban que necesitaban más formación para lograr tener herramientas que les ayude a convivir con los demás, aceptando las diferencias y respetándolas; siendo inclusivos. Otros expresaban la necesidad de superar el “adueñarse” de los espacios de liderato, el caciquismo, y de empezar a valorar el don de los demás, dándole a todos oportunidad en la vida eclesial y dejando de lado los intereses personales, el deseo de poder y dominio, que tanto daño hace. Algunos mencionan que hay que mostrar preocupación por los que no están y salir a buscarlos sin esperar a que lleguen, imitando a Jesús. Se indica que se hace necesario más presencia sacerdotal en las comunidades para que puedan conocer sus realidades de primera mano. Otros expresan que permitiendo a las mujeres tener posiciones en la Iglesia y escuchando a los invisibilizados podemos crecer en el caminar juntos.

En cuanto a los grupos que quedan al margen, coinciden que quedan fuera los sectores humanos que viven en pobreza, con problemas de adicción (alcoholismo o drogadicción), presos, los que no tienen hogar, deambulantes y personas con discapacidad  (sordos, ciegos, entre otros); los que profesan otra religión (cristianas y no cristianas). Quedan al margen las personas que tienen estilos de vida diferentes, sean porque son divorciados vueltos a casar, madres o padres solteros, personas LGBTTIQ+ o prostitutas. Quedan también fuera muchas veces los niños, los jóvenes, los envejecidos, los enfermos con sus cuidadores, los no bautizados, los no vacunados y los angloparlantes. También las personas que no son de nuestro mismo credo e incluso las personas que se denominan ateas, las personas que por diversas razones no participan de las actividades de la Iglesia en la comunidad, por cuestiones de horario, oficio o profesión, lugar geográfico, etc. 

  1. Escuchar

La síntesis de esta pregunta generó dificultades por la diversidad de perspectivas que se presentan en la misma desde cada una de las Diócesis y la forma en la que se formuló ésta. Por lo tanto, recurriendo al Documento Preparatorio, consideramos responder a la allí presentada: ¿Hacia quiénes se encuentra “en deuda de escucha” nuestra Iglesia particular? ¿Cómo son escuchados los laicos, en particular los jóvenes y las mujeres? ¿Cómo integramos las aportaciones de consagradas y consagrados? ¿Qué espacio tiene la voz de las minorías, de los descartados y de los excluidos?

Se entiende que las Iglesias Particulares están en deuda de escucha con diversos sectores tanto de la vida eclesial como social. Se percibe una deuda de escucha en el “seno mismo” de la Iglesia. No se trata tanto de no ser escuchados sino de que no siempre se toma en cuenta lo que se dice puesto que las decisiones finalmente son tomadas sólo por los miembros del clero. Se entiende que estos aspectos deben mejorarse. La dinámica de la escucha se podría mejorar si además se toma en cuenta los espacios de dialogo, de comunicación y de participación que con frecuencia suelen ser pocos o no existen. 

En el ámbito social se percibe una deuda de escucha con los divorciados, los que se han vuelto a casar, las personas LGBTTIQ+ y sus familiares, los confinados, los deambulantes, los niños, los jóvenes, las mujeres, las familias sin hogar, los necesitados de la caridad y aquellos que se autoexcluyen. Otros perciben que la Iglesia aleja a los que no piensan igual que ella y a los que profesan un credo distinto. En ocasiones, no se pronuncia ante las necesidades del mundo actual, de modo que no escucha los gritos y gemidos de la sociedad.

En cuanto a cómo son escuchadas las voces de diversos sectores se respondió que: 

  • Muchos sienten que no se escucha la voz del obispo: se reconoce su presencia en las actividades, pero no siempre se escucha una postura clara y fuerte. Sólo se siguen las directrices que llegan a través de sus cartas o según lo presentan los presbíteros.

Se reconoce que todos deben ser escuchados. Es necesaria e importante la escucha en la Iglesia, tanto de los feligreses a la jerarquía como de la jerarquía al pueblo. Para la escucha hay que dedicar tiempo, no se escucha porque para ello hay que detenerse, prestar atención y dedicar tiempo y muchas veces no se realiza de este modo. Usualmente o en algunas ocasiones se implementan sus propios criterios o no se escucha al que piensa distinto. Si el punto de vista es diferente, definitivamente se oye, pero no se escucha. También se asevera que la escucha debe estar basada en la oración, la lectura de la palabra, la eucaristía, y la inspiración del Espíritu Santo. 

  1. Hablar Claro

Los participantes respondieron en general que es posible decir lo que es importante cuando hay confianza y libertad en la cual se pueden sentir seguros. También se habla claro y con valentía cuando se tiene dominio del tema en cuestión; cuando se generan espacios para expresarse o bien cuando se invita a todos a participar en diversos grupos comunitarios o pastorales; cuando las personas se sienten respetadas en lo que dicen y que no serán juzgadas; cuando sienten que no se tomará represalia con lo que dicen. También se habla claro y con valentía cuando se genera un ambiente sereno y se siente que no hay intransigencia porque se promueve el diálogo y la corrección fraterna donde hay personas parecidas a uno y en las comunidades pequeñas, en el tú a tú. Muchos entienden que la comunicación entre los diversos sectores debe mejorar, además de la capacidad para hablar con otros sectores que no son eclesiales. Para que se pueda hablar claro y con valentía hay que sentir que las otras personas sinceramente están interesadas y escuchan sin prejuicios.  

De las principales dificultades que se experimentan se destacan ante todo el miedo, la inseguridad, la baja autoestima, el temor a ser juzgados, el rechazo, el mal entendido, la equivocación, la crítica, el qué dirán, el desánimo o el que se tomen represalias. Hay quien señala la imposición de la autoridad y el sentirse poco preparados para opinar. Y hay quien indica que, al saber que los asuntos a tratar ya están decididos, no les motiva a hablar claro. A veces es difícil hablar claro porque se ve al sacerdote como un ente aparte, porque no tiene tiempo para escuchar o porque hay entre aquellos que se consideran dioses intocables. Muchas personas desconocen los canales apropiados en la diócesis para hacer llegar sus inquietudes.

En general, todos entienden que habla en nombre de la comunidad aquel que es responsable de la misma. A nivel Nacional habla la Conferencia Episcopal, aunque suele escucharse más al Arzobispo. A nivel Diocesano habla comúnmente el Obispo o los responsables de áreas pastorales a ese nivel (los vicarios), en la Parroquia comúnmente el Párroco y los diáconos y en las comunidades los coordinadores. Otros expresan que en ocasiones se utiliza ese espacio de hablar en nombre de la comunidad para adelantar sus propias agendas políticas (proselitismo político) y que por tanto no se sienten representados. 

Por otro lado, algunos entienden que aunque la Iglesia tiene buenas relaciones con los medios de comunicación social y de otras denominaciones, se podría mejorar y aprovechar más. Se debe hacer más uso de la tecnología, las plataformas, las redes sociales y los medios locales y regionales para que el mensaje llegue a más personas.

Los participantes consideran que la Iglesia tiene la responsabilidad de anunciar y denunciar sin prejuicios, con franqueza, con cautela, discreción, prudencia, con empatía, caridad y asertividad, buscando la unidad en todas sus facetas. Por ello el gran reto es cómo decir la verdad con el corazón y compasión, con claridad y transparencia; que no haya lugar a dudas o a malas interpretaciones sobre el magisterio, los dogmas y creencias de la Iglesia. 

Entienden que todos en la Iglesia deberían estar capacitados para hablar en nombre de la comunidad por ser bautizados. Se valora la organización que tiene la Iglesia y los roles definidos de cada liderato, aunque consideran que es importante formarse en el liderazgo, para una Iglesia Sinodal. 

  1. Celebración

Indican los consultados en general que las celebraciones y la oración inspiran, avivan y animan la vida y la misión de las comunidades, son la base del caminar juntos, aunque hay quienes opinan que no les inspira y que se afectan mucho cuando hay conflictos en la comunidad o con el sacerdote. Se entiende que es necesario tener una mejor preparación para poder tener una celebración más viva.

De las celebraciones parroquiales y diocesanas se sale con alegría y deseos de participar y hacer más por la comunidad, aunque no siempre hay una correlación entre las decisiones importantes de la comunidad y las celebraciones.  

Los ministerios de música sirven como agentes de avivamiento y animación. A través de ellos también se promueve la participación del Pueblo de Dios en la liturgia. Otros indican que las celebraciones para algunos parecen más un acto social al que acuden por costumbre o tradición.  Algunos señalan el uso de las redes sociales como muy buena herramienta para difundir el mensaje.  Se menciona como aspecto a mejorar el que las homilías conecten con la realidad cotidiana y generacional. 

La propuesta de caminos reflexivos en algunas de las Diócesis (con signos, palabra o gestos) en los tiempos de Cuaresma, Pascua, Adviento y Navidad dan la oportunidad de promover una mayor participación. En las celebraciones existen diversas formas de colaborar que permiten la participación como son: ujieres, colectores y equipo de transmisión en las redes sociales, entre otros.  En algunas parroquias cuentan con personas que sirven como facilitadores para los sordos con el lenguaje de señas, pero son muy pocas. Además, no se consideran la celebración en diversas lenguas como el inglés o creole.

Indican que en algunos lugares se les limita la participación o se excluye a algunas personas como, por ejemplo, los divorciados vueltos a casar. Otros señalan que sólo participan los del grupo escogido o “élite” y que no se les da oportunidad a los otros que asisten con regularidad. Hubo quienes hablan de que se invita a participar, pero muchos se muestran indiferentes y no aceptan, dando como razones el miedo o la falta de tiempo. Algunos señalan la falta de transportación y echan de menos la presencia de los jóvenes y de los niños. Otros indican que es necesario brindarle a la mujer más participación en la liturgia, con mayor responsabilidad y reconocimiento de igualdad. El clericalismo con todas sus manifestaciones—un clericalismo que sólo sirve para alejar cada vez más a los que sienten el llamado a participar activamente en nuestra Iglesia– representa un problema muy serio.

La gran mayoría de las parroquias cuenta con ministerios que colaboran con las celebraciones litúrgicas como lo son: proclamadores-monitores, ministerios de música, ministros extraordinarios de la comunión y servidores del altar, entre otros. En pocos lugares se instituyen lectores o acólitos más allá de los que accederán al ministerio ordenado. 

Se sugiere más participación en las celebraciones de los divorciados vueltos a casar, los niños y los jóvenes. Según algunos, hay que mejorar el aspecto de la acogida para que sea reflejo de respeto, amor y caridad. Para promover mayor participación se sugiere talleres en los que se expliquen más las partes de la liturgia, los signos, etc. Se sugiere ofrecer más información de las actividades: explicar qué son y con qué objetivo se realizan.

  1. Compartir la Misión Común

En general muchos afirman sentirse llamados a participar en la misión de la Iglesia como bautizados y la misión es compartida por todos. Esto se da de acuerdo al grado de compromiso que se tenga y también al grado de conocimiento y sentido de corresponsabilidad.

Otros opinan que no todos tienen conciencia del llamado a la Misión en su estado de vida particular. Quizás se carece del sentido profundo del sacramento del Bautismo, por medio del cual se hacen sacerdotes, profetas y reyes. Posiblemente no se vincula la realidad de este sacramento a la dimensión misionera, o se desconoce la misma, identificada más como sacramento por el cual nos liberamos del pecado original y nos hacemos miembros de la Iglesia, participando de la misa y otros sacramentos. Algunos alegan que se les hace fácil integrarse a la Misión si se da una buena relación con los líderes.

Otras razones que se aluden para explicar por qué se sienten carentes de una responsabilidad misionera incluyen: la falta de formación e información en sus parroquias, la dejadez, la falta de tiempo, el ajetreo de vida, el trabajo, los entretenimientos, la mentalidad individualista, la inseguridad, la falta de promoción o encuentro con la persona de Jesús, el miedo a lanzarse, la multiplicidad de compromisos. Otros reconocen como dificultades para este compromiso las segmentaciones internas de la Iglesia, las actitudes de algunos líderes que les desalientan y les ponen obstáculos a los nuevos, la presencia de líderes que no dan oportunidad a otros a participar, el miedo, la presencia de sacerdotes que no les animan, y la falta de testimonio del liderato eclesial. Se reconoce que hay muchos que tienen dones para servir al Señor pero que no se animan a ser parte de la Misión.

Muchos otros ven la Iglesia como algo que sólo es de los curas y de los obispos y sienten que ellos sólo están para ayudar cuando se les solicite. Desafortunadamente esto es algo que por mucho tiempo la Iglesia y las actitudes clericales perpetuaron en los fieles y puede que, en parte, sea lo que les impide reconocerse corresponsables en la Misión. 

Entre las áreas de la Misión que se están descuidando se mencionó: la inclusión de los jóvenes, los niños, los presos y el acompañamiento de sus familias, los marginados, los descartados, los que han abandonado la Iglesia, los que no han regresado después de la Pandemia, los de áreas rurales lejanas o sin transportación, las comunidades aisladas, los ancianos, las personas solas, las comunidades de bajos recursos, las madres solteras, los deambulantes, los divorciados, los convivientes, y las personas LGBTTIQ+. 

Un aspecto que se indica con insistencia es la ausencia de un plan de trabajo con objetivos claros y la falta de formación de la feligresía. Se menciona el descuido a aquellos que alguna vez tuvieron mucho que ofrecer y cuando llegaron a la vejez y enfermedad fueron descartados y olvidados. Se mencionó la falta de una Pastoral Social en algunas parroquias. Se señala la pérdida de la dimensión profética de la Iglesia en todos los aspectos de la vida social. Se han abandonado las actividades comunitarias tradicionales y no se han innovado en otras. Se descuida salir a la calle para tener una comunicación directa con las personas en sus hogares. No se vinculan con la lucha por los derechos civiles, el problema de la corrupción o los movimientos sindicales.

Sin embargo, hay que reconocer que algunas diócesis y parroquias han hecho un esfuerzo para responder a las necesidades, por medio de programas propios (Cáritas) o vinculados con servicios que ya se ofrecen en la sociedad (ej. Hogares Crea).  

El aspecto misionero para muchos de los consultados se da en las diversas actividades y celebraciones que se realizan en las diócesis y parroquias. Otros sienten que los aspectos de oración, formación, colaboración y acción misionera no se han desarrollado suficientemente. Se reconoce la importancia y se hacen algunas actividades, pero no en todas hay proyectos permanentes con esta dimensión. Habría que reconocer la existencia de diversos momentos apostólicos que tienen acciones misioneras.

  1. Diálogo en la Iglesia y la Sociedad

La inmensa mayoría de los participantes entiende que no hay una colaboración formal entre las parroquias, zonas o vicarías pastorales, las diócesis, los movimientos y las comunidades religiosas. Esto significa que cada uno trabaja centrado en el programa que tiene, aun cuando desde las diversas diócesis se den algunas indicaciones generales. 

Otros indican que se da la colaboración con la participación en actividades Inter-Parroquiales, los talleres, las asambleas y las actividades que se llevan a cabo a niveles diocesanos. Hay quienes señalan que no se promueve. Algunas parroquias colaboran entre sí con el intercambio de los sacerdotes para las confesiones de Cuaresma o al facilitar espacios celebrativos. La única instancia permanente de diálogo e intercambio son las reuniones mensuales de los presbíteros (en las diversas formas de organización diocesana- Vicarías – Zonas – Decanato – Misiones), pero eso comúnmente no se conoce.

Ayuda mucho cuando se da un acompañamiento adecuado de parte del sacerdote y éste anima al diálogo dentro de la comunidad eclesial, aunque no se puede negar que en ocasiones hay muchos conflictos entre los feligreses y los sacerdotes, y por ende no se da la experiencia del diálogo. Falta formación en el manejo de conflictos y en la mediación.  

Se identificaron muchos problemas eclesiales internos como la organización Parroquial, la formación del liderato, la atención de las comunidades con sus necesidades propias, la promoción vocacional presbiteral, diaconal, religiosa, y la burocracia para ciertos procesos sacramentales.

A nivel de sociedad se identificaron las siguientes problemáticas que requieren dialogo y colaboración, que podrían nuclearse en:

  • Problemáticas sociales: la violencia, el trasiego de drogas, el maltrato en todos los niveles, el abandono de los envejecidos, los enfermos, los presos, el suicidio, la salud mental, el aborto, las diversas corrientes de pensamiento e ideología de género.
  • Problemáticas humanas en todos los niveles: los niños, los jóvenes, los adultos mayores, las personas LGBTTIQ+, la atención y cuidado del ambiente (nuestra “casa común”) y la movilidad humana (emigración e inmigración).

También indican que se deben desarrollar programas para trabajar las áreas de la salud, la educación y la seguridad. 

Se menciona el denunciar las situaciones de violencia y maltrato contra la mujer y los niños. Se urge la formación de los laicos para que sean de ayuda en el desarrollo de pastorales más participativas y bien planificadas. 

Los participantes reconocen que no siempre hay un diálogo permanente y sistemático con la sociedad, aunque algunas diócesis y parroquias hayan desarrollado proyectos sociales o iniciativas que inciden en la sociedad y en otras instancias. Pero en las diócesis en que se da tal diálogo entienden ellos que debe mejorarse. El diálogo y la colaboración sólo suelen darse con regularidad ante las necesidades urgentes: los huracanes, los temblores, la pandemia, la pérdida de casas por incendios etc.

Se reconoce además que la clase política, aun entre aquellos que son católicos, no se atreve a defender los valores de la Iglesia. Por otro lado, la Iglesia también debería posicionarse sobre ciertas posturas o problemáticas que van en contra de la vida y de la familia.

Se desconoce si se da se da el dialogo y la colaboración con religiones no cristianas o desconocemos su existencia. Al parecer no se entiende la diferencia entre diálogo interreligioso (con religiones no cristianas) y el ecumenismo que es entre los cristianos que peregrinan en otras denominaciones. Tampoco se reconoce la función de la Iglesia en la sociedad y su Doctrina Social. No se reconoce la diferencia entre la inserción de la Iglesia en la vida social y la actividad político-partidista. 

Por otro lado, se ve la necesidad de involucrarse en las actividades y proyectos comunitarios para ser fermento en una sociedad que, dividida, busca muchas veces sus propios intereses. Hay que ser parte de las iniciativas comunitarias, aportar ideas, y buscar cómo iluminar estas iniciativas desde el amor y la entrega a los demás.

Es necesario reconocer la importancia de los medios de comunicación social para establecer el diálogo y colaboración en diversos niveles. Es además urgente que los sacerdotes conozcan bien la realidad de las comunidades en términos sociales, sobre todo los sacerdotes extranjeros. 

  1. Ecumenismo

Muchos de los participantes indican tener dificultad en las relaciones con otras comunidades cristianas más allá de casos familiares o vecinos cercanos. Algunos en su carácter individual expresan tener experiencias de unión especialmente en momentos difíciles. 

Se indica que la dificultad en la relación se da por el proselitismo de estos hermanos y el ataque en lo que atañe a algunos temas de particular importancia para la Iglesia Católica. Hay mucho prejuicio, diferencias, falta de iniciativa, intolerancia, o falta de disponibilidad. Hay poca relación con otras comunidades cristianas a nivel oficial o desde las parroquias. En este sentido hay que decir que se promueve muy poco el ecumenismo. En las diócesis en que la experiencia de diálogo se da, entienden que debe mejorarse. Hace falta un plan que gire en torno a fomentar esta forma de compartir.

En ocasiones se ha participado de las convocatorias de la Oficina de Base de Fe de los municipios. Se valora como muy positivo la experiencia de trabajar juntos ayudando a los damnificados durante los desastres naturales. 

La jerarquía de nuestras iglesias locales debería imitar al Papa Francisco que ha promovido el acercamiento y el diálogo con otros hermanos cristianos, reconociendo que todos somos parte de la familia humana y que vivimos bajo un mismo cielo. Trabajando en pro de lo que nos une, no de lo que nos divide. Opinan que se debe compartir y promover de manera organizada actividades o encuentros que aseguren la continuidad de estos procesos, garantizando la unidad cristiana y la acogida a la diversidad.

Entre las comunidades cristianas no católicas que participaron de la consulta se opina que el camino ecuménico está atrasado, pero que es necesario aprovechar el momento para fomentarlo. Sienten admiración por la universalidad de la Iglesia y la figura del Papa Francisco dentro de la Iglesia Católica.

  1. Autoridad y Participación

Algunos participantes plantearon la pregunta de si realmente la Iglesia da oportunidad para que los fieles participen en la toma de decisiones en sus comunidades parroquiales o si se fomenta la creación de grupos que asistan tanto en las decisiones pastorales como en las administrativas.  

Es claro que la autoridad la ejercen en la Iglesia los obispos, sacerdotes y diáconos conforme con su grado de participación. Sin embargo, a nivel diocesano y a nivel parroquial existen estructuras organizadas de participación más amplia como lo son los consejos parroquiales y/o comunitarios. En esos espacios las personas participan aportando ideas y realizando tareas en común, aunque se reconozca que la última palabra la tiene el párroco. También hay quien opina que, aunque existan las estructuras de participación, no siempre funcionan como debe ser o se convierten en un grupito de amigos del Párroco—casi siempre los mismos—que son quienes deciden en todo. Se comparten responsabilidades donde los líderes permiten. Algunos acaparan todo y no toman en cuenta a los demás. 

Se percibe que muchos participantes desconocen el que existan tales estas estructuras y se sugiere que se crean grupos para mejorar la participación del pueblo de Dios en las decisiones, grupos receptivos a la aportación de nuevas ideas y una ampliación de los espacios de dialogo en los que se incluyan a los jóvenes e en las que incluso puedan atenderse las diversas preocupaciones surgidas de esta consulta. 

Se habla de falta de humildad por parte de algunos pastores, que se muestran soberbios y arrogantes ante su pueblo. Ejercen su autoridad demandando atención e intimidan. Algunos cuestionan la falta de autoridad de parte del Obispo, porque en sus propias parroquias nunca se trabaja lo que la Diócesis sugiere y el obispo no dice ni hace nada. La mayoría de las personas piensa que el gobierno eclesial no permite a los agentes de pastoral una autoridad participativa. Aunque se convoca a la participación, se impone la autoridad.

Se entiende que en algunas diócesis se ha vivido esta experiencia de la sinodalidad, aun cuando se desconozca el término. En cuanto al trabajo en equipo y la corresponsabilidad, algunos dicen que no se ponen en práctica. Otros mencionan que a través de los ministerios y movimientos se ponen en práctica. Para algunos no hay trabajo en equipo porque sólo se les indica qué hacer. A veces, aunque se da participación las personas no se quieren involucrar: hay demasiado clericalismo y el laicado actúa como un mero espectador.

Entre los pasos a seguir para mejorar la autoridad y participación se mencionan el identificar y el formar a personas con potencial de liderato.  La mayoría indica que no se empodera a los agentes de pastoral para el servicio de una autoridad más participativa. Se menciona que no se comparte el liderazgo ya que hay mucho “caciquismo.” La participación es nula cuando las propuestas y directrices vienen dictadas.  

Hay una jerarquía y el pueblo participa, pero limitadamente, más para ejecutar que cualquier otra cosa. Hace falta renovar las estructuras, abrirse a nuevas ideas y a la participación de nuevas personas, invitar a los jóvenes, dar talleres de formación a agentes de pastoral, y, en vez de permitir que algunos líderes arrostren por cuenta propia un exceso indebido de cargos, compartir las responsabilidades del liderazgo con la delegación apropiada de tareas. En algunas experiencias eclesiales no se les da igualdad de participación a las mujeres, a pesar de estar preparadas y de constituir una clara mayoría de los agentes de pastoral. No se les reconoce aún a las mujeres una igualdad de oportunidades y derechos: se les niega el acceso a los ministerios ordenados, excluyéndolas así de la toma de decisiones. Indican que es hora de reflexionar seriamente y abrirse a la posibilidad de ministerios ordenados para las mujeres, al servicio de la Iglesia de Jesús.

  1.  Discernir y Decidir

Un sector de la población desconoce cómo es el proceso de toma de decisiones en la Iglesia. En ocasiones hay reuniones para informar decisiones, pero no para discernir.

Entre los más allegados a la vida eclesial por vínculos con sus diócesis y parroquias se reconoce que los métodos y procedimientos en la toma de decisiones se dan en los organismos previstos para ello, sobre todo en los consejos diocesanos y parroquiales. Otros indican que el Párroco discierne y decide solo, y que al Consejo y el resto de los fieles sólo les corresponde ejecutar, es decir, implementar sin más ni más las decisiones llegan para ser acatadas, algo que lleva a muchos a ver el proceso como “planchado” a priori.  

Indican que es importante escuchar las opiniones de todos, especialmente las de las distintas comunidades porque, si la Iglesia es sinodal, todos deben participar. Afirman que hay que dejar de imponer y, en su lugar, abrir espacios para escuchar a todos. Sugieren que haya planes pastorales tanto a nivel diocesano como parroquial, y que se trabaje en asambleas con representantes de todas las pastorales e instancias, allí donde no se hace. El proceso de tomar decisiones es una tarea ardua que se debe mejorar paciente y consistentemente, y así incrementar la confianza en el valor y el poder tanto de la comunidad diocesana como de la parroquial. Algunos indican que es necesaria la formación en estos dinamismos de discernimiento comunitario y decisional.

A través de la escucha, la oración y sobre todo la formación se puede crecer en el discernimiento espiritual comunitario; también con la participación colectiva, la apertura de nuevos espacios de diálogo, una evaluación valiente de la realidad, y el fomentar actividades que promuevan el respeto y la tolerancia; finalmente, al instigar acercamientos entre los miembros de las comunidades en un ambiente de solidaridad, aceptación e integración.

La participación en el proceso sinodal se puede promover siendo transparentes, escuchando genuinamente y acogiendo las ideas que se presenten. Para eso es necesario una motivación abocada a la convocatoria de reuniones, avisos, consulta y mayor participación. Añaden algunos que los sacerdotes deben proveer un mayor acompañamiento de estos procesos, compartiendo sus planes con la comunidad, abriéndose a sugerencias, y manteniendo informado e involucrado al pueblo de Dios en todas las áreas, incluso en lo económico, de forma tal que los miembros de ese pueblo se sientan reafirmados en sus derechos de pertenencia y un compromiso común.

  1.  Formarnos en la Sinodalidad

Algunos de los participantes dicen que la formación para el caminar juntos no se da explícitamente. Otros indican que la formación se da incidentalmente mediante reuniones, homilías, retiros, sacramentos, asambleas, y la participación regular en las diversas actividades parroquiales comunitarias y diocesanas. Se reconoce que en todas las diócesis en Puerto Rico hay procesos de formación laical en muchos aspectos de la vida eclesial y sacramental. Incluso que hay experiencias de ese caminar juntos, sobre todo en la religiosidad popular que se expresa en peregrinaciones y visita de santuarios. No obstante, se reconoce que no hay una formación sistemática formal sobre la sinodalidad. Muchos participantes indican que no existe formación para promover de forma sinodal el discernimiento y el ejercicio de la autoridad.

La mayoría reconoce la importancia y necesidad de una formación sistemática y continua en las diócesis y parroquias, tanto del clero como del laicado. Esta formación ayudará a desaprender un modelo de Iglesia que no responda al mundo de hoy. Se reconoce que debemos desaprender los viejos modelos y hábitos que no han funcionado para llegar a las comunidades, a los pobres y a los marginados. La iglesia dirige a la comunidad de forma muy pasiva, asumiendo que todos entienden más sin mostrar mayor interés en que se viva esa experiencia de iglesia fuera del templo. Hay que involucrar a la comunidad para que salga y aprenda a denunciar los problemas sociales. Hay que fomentar y edificar personas seguras en la fe y dispuestas a ese salir.

El modelo de Iglesia que debemos desaprender es el de la Iglesia piramidal, donde unos pocos deciden y los demás obedecen. La Iglesia debe ser participativa, una Iglesia donde todos se sientan escuchados e incluidos. Es necesaria una Iglesia más cercana a las necesidades y realidades del pueblo, que tome en cuenta a todos los hijos e hijas de Dios, sin excepciones; una Iglesia de acogida y de puertas abiertas, con cabida para todos.  Porque la Iglesia de oficina y de cuatro paredes, una Iglesia cerrada que sólo sirve a los mismos de siempre, ya no es efectiva.  

Indican, finalmente, que es necesaria una Iglesia con mayor presencia en las calles, en las comunidades, una Iglesia con capacidad de impacto que conozca de cerca la realidad de aquellas ovejas que pastorea. Por esta razón, algunos se animan a sugerir que se nombren laicos como administradores para que los pastores dispongan de más tiempo en el ejercicio de su labor evangelizado. En definitiva, se necesita una Iglesia sinodal donde se promueva la comunión, la participación, y la misión. 

  1. CONCLUSIÓN

Durante el proceso de diálogo sobre las respuestas que el pueblo de Dios dio a los 10 aspectos propuestos para responder a la pregunta fundamental, los Obispos de Puerto Rico junto a los delegados diocesanos al Sínodo y los Vicarios de Pastoral reconocimos que la Sinodalidad se vive en nuestra Iglesia Local de diversas maneras. 

Es cierto que no tenemos una formación específica sobre ésta, pero descubrimos que, a través de la participación de los laicos—sobre todo la mujer—en los consejos, en los grupos apostólicos y movimientos, en el liderato eclesial, y en diversos servicios—la celebración litúrgica o la religiosidad popular, entre otros—se da un proceso de caminar juntos que podemos ir mejorando cada día. En Puerto Rico reconocemos que los cambios introducidos por el Concilio Vaticano II, sobre todo en la liturgia, fueron bien acogidos. Se da y se defiende en la vida eclesial el uso del español, el vernáculo patrimonial de Puerto Rico, aun cuando se reconozca también la necesidad de ofrecer oportunidades en otras lenguas de uso particular (el inglés y el creol). Hay ciertas tendencias a promover tradiciones pre-vaticanas pero no son muchas. Hay también esfuerzos de inculturación de la fe y celebración litúrgica pero no siempre se reconocen (e.g. la misa jíbara).

Reconocemos la necesidad de crear vías de comunicación más efectiva entre los laicos y los pastores, puesto que en el diálogo nos extrañamos de muchas cosas que se hacen en la Provincia Eclesiástica de Puerto Rico y que no se mencionaron en las respuestas de la Consulta, dando la impresión de que no se está haciendo nada al respecto. Entre ellas podemos mencionar el esfuerzo ecuménico presente en todas las diócesis, la acción y formación misionera sobre todo con la Obras Misionales Pontificias en la que se incluye el verano misionero, la historia de los Hermanos Cheos en Puerto Rico, el proceso para la celebración del CAM6, o la existencia de un Programa Nacional de Acciones Pastorales.  

Descubrimos la necesidad de crecer en la formación de la Doctrina Social de la Iglesia, dado que se dificulta tanto el diálogo con la sociedad ante todo en los aspectos de la política pública, aunque no sea así en la asistencia social o en la colaboración y solidaridad en los momentos de crisis. Hay también un olvido del papel histórico que desempeñó la Iglesia como promotora del modelo cooperativo en Puerto Rico, sobre todo con el apoyo sustancial a las personas de bajos recursos a través de las parroquias. También se palpa una desconexión entre el aspecto celebrativo de la fe y la vida social. Están ausentes los temas de la violencia, el trasiego de drogas, la criminalidad, el aborto, y el suicidio, entre otras. La vida de la fe suele ser más intimista y privada. No podemos olvidar que en Puerto Rico hay mucha influencia del mundo protestante. 

El colonialismo vivido por más de quinientos años dificulta mucho la recepción de la palabra de los Obispos sobre asuntos de vida pública, siempre susceptible a que se le malinterprete como expresión de una política partidista e ideológica. Hay acuerdo entre nosotros los obispos de que, “en nombre de la Iglesia”, hable el arzobispo y eso al parecer hace que no se escuchen las voces de los demás obispos y parezcamos ausentes de la vida pública. Hay un reclamo de que las voces de los Obispos se escuchen más y con claridad. 

Nos parece importante, como Iglesia, reflexionar sobre el rol y la participación de la mujer en los espacios en los que se toman decisiones. Al parecer se identifica el poder decisional y el ejercicio de la autoridad con el ministerio ordenado y al estar estas privadas de tal ministerio no se sienten partícipes de eso proceso. Habría que añadir que el reclamo de participación no es sólo de la mujer sino también de los jóvenes.

Reconocemos la necesidad de reflexionar sobre los modelos de participación que están en la mentalidad del puertorriqueño de hoy. Nuestra condición colonial, primero con España y ahora con Estados Unidos, nos hace movernos en dos modelos que coexisten: el modelo “vertical” español, en el que la autoridad viene de arriba, y el modelo “horizontal” americano, de estilo participatorio abocado a la decisión de las mayorías. Estos esquemas están muy metidos en la siquis del puertorriqueño de diversas generaciones. En muchos de nuestros presbíteros, diáconos e incluso laicos impera el modelo español del clericalismo o el criollo del “caciquismo”, el mando del capataz. Por otro lado, hay muchos laicos en el que impera el modelo de participación americano en el que se hace o decide lo que la mayoría pide, sin considerar que hay aspectos de la vida que no responden a la coherencia evangélica y a la doctrina de la Iglesia.

Nuestro país ha sido bombardeado por muchas ideologías que están presentes en la vida de los fieles (sobre todo la de género y las que inciden en aspectos de la moral sexual). Se desea que ellas se introduzcan en la vida eclesial, pero se olvida o se desconoce que muchas de ellas son contrarias a la fe y a la moral de la Iglesia, lo cual constituye un verdadero desafío sobre el que debemos reflexionar.

Puerto Rico ha sufrido, por la crisis económica, un proceso de migración hacia los Estados Unidos, diferente a lo que viven los demás países de Latinoamérica por ser nosotros ciudadanos estadounidenses. Esta facilidad de movimiento ha afectado tanto al liderato parroquial como a la participación general en la vida litúrgica, lo cual constituye otro gran desafío para la Iglesia en Puerto Rico.  

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+Alberto A. Figueroa Morales

Obispo Auxiliar de San Juan

Secretario General CEP

+Rubén Antonio González Medina, cmf

Obispo de Ponce

Presidente

Conferencia Episcopal Puertorriqueña

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