Fueron los cardiólogos Meyer Friedman y Ray Rosenman quienes en 1959 acuñaron el término Hurry Sickness, o “enfermedad de la prisa”. Ellos descubrieron que muchos de sus pacientes sufrían de un abrumador, constante y excesivo sentimiento de urgencia. Los médicos referían dicha conducta como un patrón de comportamiento caracterizado por una lucha continua, y un intento permanente por lograr hacer más y más cosas en cada vez menos tiempo. El Hurry Sickness es la mezcla de ansiedad, estrés, y sentimientos continuos de apuro que podrían formar parte de un ciclo vicioso adictivo.

Desafortunadamente, en esta sociedad damos la sensación de ir siempre corriendo y con prisas. Peor aún, la prisa se ha convertido en un estilo de vida que fomenta soluciones rápidas, recetas mágicas, y resultados inmediatos, creando así una especie de “dictadura social”. Así, el individuo desea todo aquello que incremente la velocidad. Como consecuencia no hay espacio para la pausa, para el silencio, y mucho menos para cuidar la vida interior.

La prisa ha contaminado todas las esferas de nuestra existencia, como si fuera un virus tóxico que impacta negativamente la manera de vivir. Tenemos muchas cosas que hacer, nos comprometemos en mil cosas, vamos siempre mirando la hora para no llegar tarde… ¡Nos falta tiempo! La dificultad que provoca la prisa es que genera una sensación de frustración e impotencia que impide disfrutar el momento. Una persona no debería vivir constantemente esperando qué es lo próximo que va a ocurrir, deseando que llegue pronto. Más bien, debería disfrutar y “saborear” lo bueno que la vida ofrece cada día, y en cada momento.

Por otro lado, debemos aprender a ver el lado bueno de cada situación, y la prisa nubla esta visión debido a que las emociones negativas se robustecen. El vivir instalado en la impaciencia por todo, y de manera continua, inducirá al individuo a ser una persona angustiada, irreflexiva y estresada; porque ve solo lo que falta, no lo que hay. Es de notar que las emociones transforman la manera en que nos comportamos, y la prisa desarrolla personas propensas a la queja y al lamento continuo. También el individuo se transforma en uno contrariado, impulsivo, e insatisfecho. Peor aún, caerá en una rutina mecánica y sin sentido.

Es necesario señalar que la prisa es también un indicador de falta de madurez y equilibrio emocional. Nunca se podrá ser una persona armonizada y a gusto consigo mismo si siempre cree que al momento actual le falta algo, o que no es el adecuado, o que el siguiente debería llegar más rápido, o que las cosas debería pasar más deprisa. Si se desea alcanzar el bien emocional y espiritual, hay que replantearse qué realmente es lo más importante, y echar a un lado la prisa.

La mejor manera de aprovechar el tiempo no es hacer la máxima cantidad de cosas en el mínimo tiempo, sino buscar el ritmo adecuado para cada cosa. El gran beneficio de ir más lento y pausado es el que proporciona el tiempo necesario para construir relaciones significativas con el prójimo, con la cultura, con el trabajo, con la naturaleza; así como con el cuerpo, la mente y el espíritu. Por eso es importante detenerse para vivir con profundidad el tiempo presente, y desde allí alcanzar por la contemplación lo esencial, lo eterno, lo duradero, lo que de verdad permanece.

Los asuntos importantes requieren calma y tranquilidad. Es por eso que la vida espiritual requiere una serenidad despojada de agitaciones que roban la auténtica construcción de la vida interior. Es necesario reaprender a descubrir en qué parte de nuestro corazón se encuentra el lugar tranquilo que nos permite estar totalmente con el Señor. Irremediablemente cuando se está sumergido en la velocidad alucinante de la vida, se está condenado a hacer que los tiempos espirituales se conviertan en apenas un momento más; es decir un momento que no deja marcas profundas en el itinerario espiritual.

Romano Guardini hablando sobre la prisa expresa de la siguiente manera: “Descansar significa dejar de ir a la caza de nuevas metas, de pasar a toda prisa por el instante, de detenerse y permanecer. Saber descansar significa estar abierto a una dimensión de eternidad, y haber superado el desosiego y la prisa. Entonces estamos en condiciones de percibir lo que permanece: el ser. A quien sabe descansar se le han abierto los ojos para lo eterno, porque solo contempla lo permanente, lo esencial. Solo él posee y sabe lo que es la alegría, lo que es la paz”. 

Por su parte el Evangelio nos invita a sembrar y esperar, y no olvidar el consejo de Cristo: “No, no sea que, al recoger la cizaña, arranquéis a la vez el trigo. Dejad que ambos crezcan juntos hasta la siega” (Mt.13, 30). En otras palabras, ¡Tengan paciencia!

Todo lo que es valioso en la vida humana, exige procesos bien orientados, a veces lentos en su crecimiento y desarrollo. Recuerda, “la calma es oro” y la vida es “poco a poco”. Quita tu pie del acelerador y descubre cómo la paciencia y la confianza en el proceso, y el aprovechar cada instante serán los mejores aliados en el desarrollo de una mejor versión de ti mismo.

(P. Ángel M. Sánchez, PhD)

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