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Noto –con gran extrañeza de mi parte– que algunos, incluso los muy ignacianos, sienten un horror e imposibilidad ante el silencio. Les aterra quedarse solos. Esto lo noto más de parte de nuestras damas. Sin embargo, el silencio es una condición para el encuentro divino. “De la noche estrellada mediado el curso va, nadie sospecha nada, y Dios naciendo está”, resuena el villancico. El silencio no es tanto una operación de sacrificio: dejar de hablar. Más bien es dedicarse a hablar hacia dentro: diálogo con el Señor, reflexión sobre mí mismo y mis actitudes ante la vida. Lo contrario sería estar como la semilla que cayó sobre el camino: personas abiertas hacia fuera, ajenas a la interiorización y al encuentro consigo.

Escribía una mística (Catherine Hueck): El verdadero silencio es la búsqueda de Dios por el hombre. El verdadero silencio es el puente atirantado que el alma amante de Dios construye para cruzar las hondonadas oscuras y temerosas de la propia mente, los extraños abismos de la tentación, los precipicios sin fondo de nuestros propios temores que impiden el camino a Dios.

El verdadero silencio es el lenguaje de los enamorados. Porque sólo el amor conoce su belleza, plenitud y profundo gozo. El verdadero silencio es un jardín cerrado, donde el alma sola se encuentra con Dios. Es la fuente sellada que sólo él puede abrir para soltar la infinita sed del alma por Dios.

El verdadero silencio es la llave hacia el corazón inmenso y ardiente de Dios. Es el comienzo de un amorío divino que terminará solo en el inmenso, creativo fructífero y amoroso silencio de la unión final con el Amado.

Sí, tal silencio es sagrado, una oración más allá de todas las oraciones, conducente a la oración final de constante presencia de Dios, a las alturas de la contemplación, donde el alma finalmente en paz vive para la voluntad de aquel a quien ama total, profunda y completamente.

En la espiritualidad del casado deben caber los momentos de silencio. No silencio por no explotar en resentimiento. No como una forma de castigar al otro: lo castigo con mi silencio.  Es el rico silencio del que repasa y evalúa la forma en que está llevando la relación con su pareja, y las muchas formas de amor que pone en práctica o que olvida. Es un silencio lleno de muchas palabras internas, donde es la palabra divina la que habla en el interior, para indicarte lo que falta, para que agradezcas lo que consigues.  

Muchas veces he predicado que el mayor error de las parejas es que se casan, y como malos comerciantes, no sacan tiempo para examinar cómo se comporta el mercado: qué se logra, qué no sale todavía, qué nuevos caminos se insinúan. Son parejas como los malos profesionales, que se contentan con lo aprendido en la universidad y siguen con los métodos que en ese momento ya son obsoletos. Cicerón, en su Hortensio, cita a ese gran orador de la época, que en su juventud había sido un fenomenal orador, pero ahora seguía con los mismos métodos, que ya no servían. Y le juzga: “seguía igual, pero ya no convenía lo igual”.

El Espíritu Santo es el promovedor de lo nuevo. Decía un maestro espiritual: “Si es nuevo, lo más seguro es del Espíritu; vamos a discernirlo no a rechazarlo”. Por eso, te animo a esos momentos de silencio en que te habla el Señor, para recordarte cuál es Su voluntad en esa misión que te ha pedido de ‘vivir el amor creando hogar’. Admiraba a una señora que, viviendo en casa estrecha, sin lugar tranquilo para su meditación, se quedaba con su Biblia largo tiempo en el baño; allí los niños la dejaban tranquila al menos por un buen rato. La cultura actual no alaba el silencio. Más bien busca la bulla, el estruendo del noticiero en la radio, o la pantalla relampagueante del televisor. Los sonidos suaves se descubren cuando hay silencio. El sonido del Espíritu, acompañándote en la misión de casado, se escucha mejor en el silencio, como los ruidos de la noche.

Padre Jorge Ambert, SJ

Para El Visitante

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