Comentaba con un padre preocupado por su hijo, ya que el joven le confesaba haber tenido relaciones sexuales con su novia. El padre le replicó que no es el tiempo, que eso debe evitarse y controlarse. Y el joven: ¡pero papá, todos mis amigos meten mano con sus novias! El padre no supo qué argüir, ni yo tampoco.  Es una realidad, como quiera que se explique. Y no hablamos de juventud criada en circunstancias económicas y sociales de abandono. Son jóvenes buenos, high society, incluso que van a nuestros colegios de privilegio. ¿Será rasgo fruto de la generación milenial, de los pegados al celular, a las redes, a los visuales que acogotan por todos lados? Me atrevo a decir que ya existen tres tipos de parejas: los casados, los novios, y ¡los marinovios, o amigos con privilegios!

No es fácil resonar ante ellos las palabras de San Pablo: “Esta es la voluntad de Dios: que sean santos. Que se abstengan de las inmoralidades sexuales… que cada uno sepa usar de su cuerpo con respeto sagrado… Dios no nos ha llamado a la impureza, sino a la santidad”.  Yo presentaría la conversación por otro lado: el valor maravilloso de la entrega sexual, cuando se realiza con todas las cualidades del acto según Dios. Sin estas cualidades la relación se reduce al gesto animal, al desahogo biológico, al puro imperio de tus hormonas. Con un vocabulario más exacto ya no hablamos de entrega, sino de una relación. En realidad, nos reducimos al animal, que busca a la hembra o al macho por un impulso ciego del instinto.  Convertimos el acto en uno egoísta, que fácilmente termina utilizando a la otra persona como un objeto momentáneo de mi placer.  

¿Y cuáles son esas cualidades del acto, según la voluntad divina? Es un gesto que conlleva el compromiso de compartir vida, no de compartir órganos sexuales. Es un gesto abierto a ser responsable de las consecuencias que puedan seguirse, como sería incluso la preñez. Es un gesto parte de una divina misión recibida abiertamente para vivir el amor. Y un amor entendido no como el grito loco del orgasmo, sino como el compromiso de complementar al ser amado con los regalos de mi propia personalidad. Es un gesto de exclusividad, lo más profundo de mi intimidad que no expongo al aire al que me propine el mayor placer, sino que me compromete en una relación única. Cualidades todas que se darían en un veredero matrimonio.

Cuando yo aprendía a conducir el carro, joven y ardoroso entonces recuerdo que el que me enseñaba me repitió: ¡Jorge, el carro no es un juguete! El joven que estrena licencia puede creerse un mago del volante, un campeón de fórmula uno.  Posiblemente termine estrellado contra una de las vallas del expreso. El peligro de esas relaciones prematuras puede ser en convertirlas en un juguete. A nadie le amarga un dulce, ni al diabético. El instinto sexual es tan pujante que te impulsa entonces a repetirlo. Repites el quick del momento. Es un dulce que te borran el amor y suelta al ruedo al animal. Lo sagrado de la relación se degrada. Tu intimidad debe ser como un precioso plato de cerámica china, valorado en cientos de dólares. No lo usas para darle comida al perro; para el perro el plástico. El de la artesanía china es para mostrarlo en la pared a tus amigos, como un preciado tesoro.

Qué bonita lección da Tobías en el libro bíblico. Se decide al matrimonio con Sara, la mujer frustrada porque sus maridos morían en la misma noche de bodas. Tobías sube con ella al tálamo nupcial. Se va a consumar sexualmente lo que ante Dios juraron. Pero, Tobías ora antes con ella diciendo: Dios del universo, bien sabes que me uno a mi hermana no como los paganos llevados por el placer carnal. Me uno cumpliendo la misión que me das de entregarte hijos e hijas que te adoren y respeten tu nombre. Esa plegaria que aclara su intención. Es plegaria que lograr espantar al demonio que había asesinado a los anteriores siete maridos.

El santo temor de Dios, uno de los dones del Espíritu Santo, es el respeto, esa admiración y acatamiento ante lo sagrado. El peligro de nuestra generación es haber perdido el respeto. No se respeta al viejo, al mayor de edad, al padre o la madre o al maestro. Todo lo volvemos utilizable, desechable. El cuerpo de esa persona, que debería ser tan especialmente significativa para mí, lo convierto en un instrumento más. Lo convierto en el control remoto del televisor, que oprimo a uno u otro lado, según lo que me apetece. Así hacemos con el sexo. ¡Y así va eso! ¡Al guipipío!

Padre Jorge Ambert, SJ

Para El Visitante

LEAVE A REPLY

Please enter your comment!
Please enter your name here