Esta meditación acerca de las siete palabras se ha convertido en una manera de contemplar los últimos instantes del Cristo crucificado y de su entorno inmediato. Esta contemplación nos revela algo profundo de la cercanía de Dios y a la vez nos revela algo muy profundo de nuestra propia realidad humana.  Les propongo como preámbulo de esta meditación la presentación de la violencia humana que aparece en el relato de Caín y Abel en Génesis 4. Esa narrativa aparece como el paradigma de violencia de hermano contra hermano. Caín parece haber sufrido una violencia escondida, una violencia tabú, originada en la relación entre sus padres. Hoy día diríamos que la relación de los padres de Caín es “disfuncional”, una relación de dominio-violencia del marido hacia la mujer. Lejos de la intensión divina con sus hijos, consecuencia de su ruptura con Dios, el Creador anuncia a Eva “tu marido te dominará”.

Caín es el hermano privilegiado por ser el primogénito. Es el dominante y más fuerte de los hermanos. El propio nombre Abel significa “vapor”, “efímero”. Es el hermano frágil y débil, el que no cuenta ni es valorado. El relato nos dice que Dios acepta con mayor agrado la ofrenda de Abel. Está aceptación simboliza la preocupación divina por Abel y su situación y la elección por el más débil, por el descartado. Caín, sorprendido por esta elección no puede aceptarla. Caín representa aquellos que son los más fuertes, los dominantes, los que repudian a los más débiles y los menosprecian o desprecian. Representa a aquellos que son adictos al triunfo, a la imagen pública y a ser centro de atención. En el fondo tienen un corazón profundamente herido.

Ante el desarrollo de la violencia en el corazón de Caín, Dios le llama, le invita a dominar esa violencia que le habita como una fiera que le domina (Gn 4, 7). Finalmente, Caín, el privilegiado, el más fuerte, el esclavo de su imagen y de sus triunfos acabó siendo dominado por su violencia y asesina, extermina a Abel.

Esa narrativa es la historia de la violencia de cada hombre y de cada mujer. Esa violencia que nos habita a todos como fiera dominante en nuestro corazón. Todos somos Caín. Paradójicamente, todos también somos Abel. Todos hemos sido victima de la violencia, del menosprecio, del descarte por parte de otros. Desde ese trasfondo es que hay que contemplar hoy a Jesús crucificado por la violencia de Caín, por la violencia y el odio humano. Comencemos por contemplar cada palabra, contemplando que se nos revela de Jesús crucificado, del salvador crucificado, del Dios hecho hombre ahora crucificado.

 

  1. ‘‘Padre perdónalos porque no saben lo que hacen’’ (Lucas 23, 34).

Según el Evangelio de Lucas, en el momento en que Jesús pronuncia estas palabras, los soldados están clavando en el madero a Jesús. En dicho acto contemplamos el despliegue de la violencia y el odio humano. No solamente de parte de los soldados, ante todo la contemplamos de parte de los líderes del Templo de Jerusalén que querían exterminar a Jesús a quien despreciaban como Caín desprecia a Abel.

¿Qué hace Jesús en ese momento? Este salvador crucificado no los acusa por sus pecados, injusticias o violencia. No aparece reclamándole a los soldados, a los líderes del Templo por su violencia o pecado. No contemplamos en Jesús a un “dios” sádico, vengativo que responde a la violencia con violencia. No vemos un “dios” que reclama que los seres humanos paguen un precio alto, que sufran por sus pecados, que sean castigados por sus errores. Esa imagen distorsionada de un “dios sádico”, de un “dios” que reclama justicia vengativa es una proyección del corazón desconfiado y violento del Caín que todos tenemos. No aparece en ningún momento Jesús buscando aplacar una “supuesta” ira del Padre.

Lo que contemplamos es a Jesús ofreciendo el perdón sin que los otros lo hayan pedido o lo merezcan. Ofrece el perdón como lo hizo durante toda su vida. Ante la ira y la violencia de los demás, la de Caín, Jesús muestra que el verdadero perdón solo viene de un corazón lleno de un amor de locura. ¡Que mucho tenemos que corregir nuestra imagen distorsionada de Dios, que brota de nuestro corazón desconfiado! El Dios encarnado y crucificado nos ama con amor de locura hasta el momento o la hora suprema que sufre por la violencia de fiera que nos domina.

 

  1. ‘‘Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso’’ (Lucas 23, 43)

Aquí contemplamos la respuesta de Jesús a la petición del ladrón ante la muerte inminente. Este “prójimo” (literalmente próximo, el de al lado) de Jesús, un hombre que ha sido violento ahora sufre la violencia de los demás. Este Caín vuelto en Abel, en un giro de último momento, le solicita a Jesús “acuérdate de mí”, “recuérdame”. Recordar en la Biblia (anamnesis) es recordar a Dios, lo que hizo por su pueblo. Es también un acto en el cual Dios constantemente recuerda a su pueblo. Jesús pide en la última cena que lo rememoren, que traigan siempre al presente esa celebración del amor. De parte nuestra rememorar, recordar es acoger en el corazón la salvación. De parte de Dios, recordar es salvar.

Aquí aparece un hombre con miedo ante ese tránsito desconocido que es la muerte, reconociendo su vida desperdiciada y reconociendo en Jesús una vida entregada. ¿Qué hace Jesús? Jesús hace lo que siempre hizo en vida: quitar el miedo, consolar al afligido, ofrecer confianza en el amor de Dios que quiere el bien de sus hijos, sean Caín o sean Abel. Jesús en su momento final, no se preocupa por su situación. Es el hombre que se olvida totalmente de sí, aun en medio de una experiencia trágica, para ofrecer esperanza a su prójimo, al próximo de al lado.

Jesús le manifiesta que en el HOY de Dios, que significa una acontecimiento de salvación, Dios no le olvida. Que, como dice el libro de Isaías, en la hora suprema de la muerte Dios recuerda a sus hijos pues sus nombres los tiene grabados, tatuados en su palma de la mano (Is 49, 16). En este periodo duro de pandemia que tantos han muerto solos, sin la cercanía de sus familiares, Dios no se olvidó ni se olvidará nunca de sus hijos pues nos recuerda plenamente con el nombre tatuado en la mano.

En el momento en que el ladrón y Jesús están muriendo en estado de gran dolor y abandono, Jesús se eleva en su humanidad y le dice que estarán juntos en el paraíso. El término paraíso proviene de una palabra persa cuyo significado es jardín. Se trata del jardín de la creación donde está plantado el árbol de la vida. El libro del apocalipsis acaba también con el árbol de la vida haciendo referencia a ese jardín. ¿Qué significa ese jardín, ese paraíso prometido? Es el sueño de Dios con sus hijos e hijas. Como Dios nos sueña en plenitud y gozo.

Jesús aparece como un mesías débil, como un salvador crucificado que hasta el final busca el bien y la verdadera felicidad de todos, sin importar sus errores pasados. Jesús, el que hasta el final es fiel, le afirma al ladrón, Caín convertido en Abel, que Dios no recordara su infidelidad pasada pues Dios quiere que todos se salven. En el momento de dolor y soledad, Jesús lo invita con una gran delicadeza a abrir su corazón a la misericordia de Dios, a su amor de locura por él.

 

  1. “Cuando Jesús viendo a su madre, y viendo también presente al discípulo a quien él amaba, le dijo a su madre: ‘Mujer, ahí́ tienes a tu hijo.’ Y al discípulo le dijo: ‘Ahí́ tienes a tu madre.’ (Juan 19, 26-27)’’.

En esta palabra tomada del Evangelio de Juan, nos sorprenden la madre de Jesús, unas mujeres y el discípulo amado junto a la cruz de Jesús. Mientras los soldados se reparten los vestidos del crucificado, ellas y el discípulo amado viven la impotencia, experimentan el dolor de no poder hacer nada. Ante esos momentos de impotencia el amor se hace compañía, se hace un simple “estar contigo” aún en el silencio. Por eso estas mujeres y el discípulo amado no abandonan a Jesús en su hora como hizo la gran mayoría. Representan el pequeño y casi silencioso resto fiel. En esa compañía los corazones de esas mujeres y del discípulo amado se dejan empapar y transformar por las palabras del Dios encarnado y crucificado.

Dice el texto bíblico lleno de símbolos: “Jesús, viendo a su madre”. El verdadero contemplador es el Crucificado. Su muerte inminente, su dolor y su abandono no le impide ser compasivo con su madre y con el discípulo amado. En esa hora Jesús despreocupándose de sí mismo, le hace compañía a María y al discípulo amado. La mirada del salvador crucificado se dirige allí donde está su corazón. Muy distinto de él es nuestro caso donde alimentamos nuestro corazón y sus inclinaciones desordenadas con nuestras miradas superficiales. Jesús, en el drama de su muerte, dirige su mirada profunda a su madre y a su discípulo amado, a quienes lleva en su corazón en el momento de la despedida.

“Mujer, ahí tienes a tu hijo” puede traducirse a “Mujer, contempla a tu hijo”, a ese a quien Jesús considera como hermano y que simboliza la Iglesia. La Iglesia, Pueblo Peregrino, es pueblo de hermanos de Jesús. Jesús le pide a su madre que nos contemple porque somos sus hermanos, somos los amados. Jesús no quiere a nadie huérfano en ese pueblo. Jesús no quiere que en ese nuevo pueblo de discípulos amados vivamos relaciones de Caín y Abel. Por eso en la Iglesia, comunidad de fe, esperanza y caridad, no debe haber nadie solo, nadie huérfano.

La Iglesia, madre como María, debe ser el lugar donde los hombres y mujeres golpeados, heridos, menospreciados y descartados por los Caín de la historia puedan sentirse contemplados con dulzura. A todos los que han sufrido la violencia de los demás, el descarte, la soledad malsana, Jesús desde la cruz les invita: “he ahí a tu madre”. Palabras llenas de esperanza, palabras que tenemos que escuchar constantemente en esos momentos duros de rechazo para no caer víctima de nuestras propias inclinaciones de venganza. Palabras que tenemos que llevar el corazón y dejar que María nos reciba como otro hijo, como otra hija, como otro Abel, discípulo amado.

 

  1. ¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?’’ – (Mateo 27, 46 y Marcos 15, 34)

 

Estas palabras del Evangelio de Marcos, que hace suyas el de Mateo, se pronuncian inmediatamente después de las burlas y del sarcasmo violento de aquellos que le gritan a Jesús “sálvate a ti mismo”. Es la ironía violenta y cruel de Caín que brota de su corazón lleno de desprecio y hasta odio. Ante ellos Jesús guarda silencio.

Sin embargo, Jesús rompe este silencio para comunicarle al Padre su soledad. Hay que escuchar con todo realismo ese grito impresionante. Hay que evitar suavizar el drama que siempre nos dejará muy asombrados y sobrecogidos. Es necesario tomar consciencia de que este grito aparece en el Salmo 22. Sin embargo, hay que clarificar que la explicación de que Jesús estaba recitando ese salmo por si sola no es suficiente. Ese grito no muestra un Dios omnipotente y lejano de nuestro sufrimiento. Es el grito que brota del corazón de aquel que experimentó la cercanía del amor con locura del Padre, como nadie nunca la había experimentado y como nadie la experimentará. Es el mismo Jesús que experimentó un amor que le sacudió sus entrañas ante el sufrimiento de los demás, como fue lo que ocurrió cuando tuvo el encuentro con la pobre viuda de Naím cuando esta iba a enterrar a su único hijo.

Ahora ese mismo Jesús experimenta una separación de sus hermanos y hermanas quienes no lo comprendieron. Además, experimenta una terrible soledad frente a aquellos que le manifiestan ahora el odio y la crueldad al estilo de Caín. Pero más terrible aún es su experiencia de una separación de su Padre, a quien también él ama y ha amado con locura. Su grito es una experiencia de desolación y separación de su Padre como ningún ser humano, por pecador que sea, experimentará jamás.

Sin embargo, ese grito no manifiesta una derrota a la esperanza. Ese grito revela que Jesús está trayendo a su memoria la experiencia previa de la total cercanía de su Padre durante toda su vida. San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales aconseja a quien está viviendo una desolación que traiga “a la memoria lo que Dios ha hecho por él”. Ese consejo es una manera de salir de la desolación y sentimiento de oscuridad que a veces se vive en el camino espiritual. José Antonio García, un jesuita español, menciona en uno de sus libros “Ventanas a Dios” que Jesús pudo atravesar este terrible desierto de la cruz por que traía a la memoria todos los gestos de amor que diaria y constantemente su Padre le había manifestado a él. Aprendamos de Jesús, empapemos nuestro corazón y nuestra memoria de todos los gestos misericordiosos de Dios por nosotros. ¡Ay de aquel y ay de aquella que solo guarda en la memoria lo desagradable, lo negativo! Esa carga pesada lo hundirá en la arena cuando le toque atravesar los desiertos de la vida.

¿Por qué Jesús se siente tan lejano ahora del Padre? El realismo y la razón de la soledad de Jesús aparecen simbolizados en la sed y el vinagre a los cuales se refieren la próxima palabra.

 

  1. ‘‘Tengo sed’’ (Juan 19, 28)

En el mismo Evangelio de San Juan Jesús pide agua a una samaritana pues tiene sed (Jn 4,7). En esa perícopa Jesús le dice a la samaritana “a quien beba del agua que yo le dé, jamás volverá a tener sed; porque el agua que yo le dé se convertirá en una fuente de agua viva que brota hasta la vida eterna” (Jn 4, 14). Jesús, mientras pide agua, ofrece otra agua que sacia otra sed más radical. Se trata de la oferta de un intercambio que Jesús le hace a la samaritana: pide el agua que no sacia definitivamente la sed humana y ofrece agua de vida eterna.

Este texto del encuentro con la samaritana nos ayuda a entender a cuál sed se refiere Jesús en la cruz y nos ayuda a ver otro intercambio de fuentes para saciar la sed. Cuando el Crucificado dice que tiene sed se trata de la sed de Dios, de la sed del Espíritu de Dios que Jesús en los capítulos 14 al 16 de Juan ya ha estado anunciando. Jesús, amando hasta el extremo y ofreciendo amor gratuito, tiene la experiencia de la sed de Dios que tiene un mundo lleno de odio y violencia. La sed de Jesús es la de ofrecernos aquello que nos sacia la sed más profunda de la existencia humana, el amor extremo de Dios.

¿Qué respuesta dan los que rodean a Jesús a su sed? Le ofrecen vinagre que toman de una vasija. ¿Qué significa aquí el vinagre? El vino es símbolo de la celebración de la comunión en la vida y símbolo del amor, como nos lo manifiesta el relato de la boda de Caná del mismo Evangelio. Sin embargo, aquí el vinagre es vino picado, echado a perder o dañado. Por eso al mal vino se le dice que está “avinagrado”. Ese vinagre que le ofrecen proviene de una vasija que simboliza el mundo humano lleno de amargura, odio, crueldad y violencia de hermanos contra hermanos. Cada uno de nosotros somos la esponja mojada en ese vinagre que se le ofrece a Jesús.

Ante la sed de Jesús de ofrecernos el Espíritu Santo, Señor y Dador de Vida, Amor de Dios, nosotros le hemos ofrecido nuestro amargo vinagre, nuestro mal, nuestra violencia y odio. Jesús bebiendo el vinagre bebe nuestra vida echada a perder por nuestras fuerzas internas de autodestrucción. Así el Salvador crucificado nos acoge sin descartarnos como acogió la esponja empapada de vinagre. De esa manera ocurre el intercambio: toma nuestro vino echado a perder para ofrecernos otro vino, el vino del amor de locura que es el Espíritu Santo, fuente de vida eterna. Ante nuestra vida avinagrada y amarga por violencia, rechazos y odio, Jesús nos ofrenda vida eterna y amor pleno.

Por eso termina el texto de Juan diciendo lo siguiente: “Cuando tomó Jesús el vinagre, dijo: «Todo está cumplido.» E inclinando la cabeza entregó el espíritu.

 

  1. ‘‘Todo está cumplido, e inclinando la cabeza entregó el Espíritu” (Juan 19,30)

“Todo está cumplido” es una frase que recuerda a Dios contemplando la creación en el libro del Génesis. El mesías, Hijo de Dios hecho hombre y ahora crucificado, cumple su misión de mostrar el amor inagotable y extremo del Padre. En esa “hora” o momento final de Jesús es que se abre un futuro totalmente inesperado para el ser humano. “Todo está cumplido” en la entrega del Espíritu, la fuente de vida y amor eterno que sacia la sed. Por eso ha dicho ya Juan 13: “los amó hasta el extremo”.

El Hijo “crucificado” de Dios, ha bebido nuestro vinagre durante toda su vida, particularmente ahora en la cruz. Así va descargando nuestra vasija de la violencia de hermano contra hermano, nuestra realidad de Caín para ahora ofrecernos el amor vivificante divino, el amor que salva y transforma nuestro corazón abriéndonos otro futuro, otra posibilidad.

 

  1. ‘‘Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu’’ (Lucas 23, 46).

Cerramos esta meditación con esta última palabra tomada del Evangelio de Lucas. ¿Cómo muere Jesús? Está última palabra resume la vida y la muerte de Jesús. Jesús murió como vivió. Jesús es el hombre totalmente descentrado de sí. El grito último del salvador crucificado no es el grito de un hombre derrotado, amargado o avinagrado.

El último grito de Jesús no es una resignación pasiva. Jesús nunca fue un resignado pasivo. Nunca enseñó ni vivió un equivalente “ay bendito” que brota de la boca del que se rinde. Jesús, el Dios hecho hombre crucificado, se ha hecho solidario con nosotros. Se ha hecho solidario con todos aquellos que como Abel son descartados y torturados por los Caín, fuertes en este mundo, pero que en el fondo también son víctimas de su capacidad de autodestrucción de la vida y de la de los demás.

Jesús muere como vivió: poniendo toda su confianza y esperanza en el Padre. Murió amando hasta el extremo a todos, a los Caín y a los Abel. Murió amando con locura a su Padre aún en medio de esa dolorosa experiencia de abandono y de soledad. El grito de Jesús es el de una confianza sin comparación en el acto salvador de su Padre.

 

Conclusión

En la cruz no vemos un Dios omnipotente, grandioso, lejano y desentendido de nuestra realidad. Vemos un Dios tan cercano que se ha encarnado y ha sufrido la crucifixión como consecuencia de nuestro corazón lleno de fuerzas de destrucción. Es un mesías sacudido, violentado, humillado. A la vez contemplamos un hombre tan libre, ofreciendo perdón y amor, a quien no se lo ha pedido y a quien no se lo merece.

Lo que salva no es el sufrimiento por el sufrimiento, como algunas películas o discursos (bien intencionados pero equivocados) nos han querido hace ver. No nos salva el sadismo que solo quiere ver sangre derramada. Los evangelios son muy parcos y sobrios ante el tema de la sangre y el dolor físico infringido. Dios nos salva de nuestro vinagre, de nuestras fuerzas de destrucción y crueldad que llevaron a la terrible experiencia del abandono de Jesús y de la experiencia de separación entre él y su Padre.

Lo que nos salva es el amor de locura de Jesús y de su Padre capaz de desbordar esta experiencia terrible de soledad y separación entre los dos para transformarnos a todos pues somos a la vez Abel y Caín, victima y victimario.

Pidamos hoy la gracia de contemplar al Crucificado y de escuchar su llamado a acoger la fuente de vida eterna, la única capaz de llevarnos a una verdadera conversión. Preparémonos a escuchar esa llamada y a acoger esa gracia haciéndonos aquellas preguntas que nos sugiere San Ignacio de Loyola:

En mi vida, ¿qué he hecho por Cristo? Ahora, en el presente, ¿qué estoy haciendo por Cristo? Y en mi futuro, ¿qué voy a hacer por Cristo? Contemplando y escuchando las palabras del Crucificado se desvanece nuestra superficialidad. Contemplando y escuchando las palabras del Crucificado nos prepararemos desde ahora a descubrir en nuestra hora final, el día que nos llegue, que nuestros nombres están tatuados en la palma de la mano de un Dios que nos ama hasta la locura.

 

P. Luis O. Jiménez Rodríguez, S.J.[1]

 

[1] Profesor de teología de la nueva Escuela de teología de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico, Recinto de Ponce.

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