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La primera lectura, del Libro del Levítico, nos va a servir de preámbulo para el evangelio de hoy, ya que será un texto que Jesucristo citará.

Continúa la catequesis sobre la primera Carta a los Corintios. Cada uno de los miembros de la Iglesia es un templo en sí, puesto que en ellos habita el Espíritu Santo.

En el Sermón de la Montaña en San Mateo, Jesucristo llega al punto culminante: tenemos que ser santos puesto que Dios es santo.

En la eclesiología (teología de la Iglesia) de San Pablo, la Iglesia en general y las iglesias particulares, está compuesta por bautizados que, en virtud de su bautismo, son templos del Espíritu Santo. Recordemos que en las clases prebautismales se nos menciona que, en el momento en que recibimos las aguas bautismales, nos convertimos en templos del Espíritu Santo. Pues, en virtud de esta santa realidad, cada uno de nosotros se convierte en una piedra para construir la Iglesia de Dios. La Iglesia es un edificio construido, no por cualquier clase de piedra, sino por piedras sagradas que hacen a la Iglesia Sagrada. Atentar con la unidad de esta Iglesia es un pecado de lesa majestad, un sacrilegio. El Espíritu Santo nos tiene que seguir llevando a la construcción y unidad de esta Iglesia. Pero además, por ser templos del Espíritu Santo, tenemos que buscar las respuestas a las grandes interrogantes de nuestras vidas, no buscando la sabiduría del mundo sino la sabiduría de Dios, manifestada en el Espíritu Santo que habita en nosotros.  Así construimos Iglesia.

En la lectura del libro del Levítico, Dios presenta una demanda al pueblo de Israel: que tienen que ser santos porque son hijos de Dios y Él es santo. ¡Cuántas veces se nos olvida esta exigencia! Comentábamos en el pasado domingo que Jesucristo, conocedor de toda la literatura del Antiguo Testamento, hará referencias a distintos pasajes del mismo, y una de estas es el pasaje del Levítico para exigirnos que seamos santos, como nuestro Padre es santo. (En el lenguaje bíblico, perfecto significa santo).

Sí, Jesucristo nos indica que debemos de ser salmones e ir en contra de la corriente del mundo.  Para Nuestro Señor, no basta que seamos buenos, buena gente o que no hagamos cosas malas.  Tenemos que practicar el bien, la bondad, la misericordia y el perdón TODO el tiempo. Al exponer su punto, Jesucristo condena algo que el mundo (y muchos de nosotros) glorificamos como bueno: el desquite, el revanchismo, la venganza. Cristo nos dice que respondamos al odio con amor, a la venganza con el perdón, la guerra con la paz. El cristiano en particular, y la Iglesia en general, pierde su poder testimonial cuando recurre a la revancha para solucionar sus problemas. Rápido se nos viene a la mente la Inquisición, pero, y volviendo a lo que nos dice San Pablo en la 2da lectura de hoy, cuando no optamos por la santidad que Cristo nos exige, y no somos santos como Dios es Santo, destruimos esa Iglesia que Cristo quiere que seamos. Y no tenemos excusa: contamos con el Espíritu Santo.

Padre Rafael Méndez Hernández (Padre Felo)

Para El Visitante

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