Alabado sea Jesucristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre (cfr. Hebreos 13,8). Alabado sea Jesucristo, Buen Pastor, Sumo y Eterno Sacerdote que me ha elegido y me ha llamado al ministerio sacerdotal. Al cumplir mis 25 años de vida sacerdotal, resuenan en mi interior frases de la Sagrada Escritura y de la liturgia de mi ordenación presbiteral, que he ido conjugando a lo largo de mi vida ministerial. Frases como: “Os daré pastores según mi corazón” (Jer 3, 15); “Por la gracia de Dios soy lo que soy y su gracia no se ha frustrado en mí” (1 Cor 15,10); “Aviva el fuego del don de Dios que hay en ti” (2 Tim 1,6); “No son ustedes los que me eligieron a mí, sino yo el que los elegí a ustedes” (Jn 15, 16ª); “Vive lo que predicas y configura tu vida con el misterio que celebras”.

Hoy doy gracias a Dios por este regalo del sacerdocio, don de Cristo a su Iglesia. Y por tantas personas que me han acompañado en este caminar, empezando por mi familia de Naranjito, mis amigos, hermanos sacerdotes, obispos y feligreses de las Parroquias donde he tenido el privilegio de servir: San Miguel Arcángel de Naranjito, parroquia de donde soy natural y en que serví como diácono transitorio; y luego como sacerdote: Parroquia Inmaculada Concepción de Vieques, Nuestra Señora del Carmen de Cidra, San José de Aibonito, San Juan Bautista del Pueblito del Río en Las Piedras, San Francisco de Asís en Malpica de Río Grande, Catedral Santiago Apóstol de Fajardo, Inmaculada Concepción de Juncos y El Salvador en Borinquen de Caguas. Y no puedo dejar de mencionar, los años en que serví de Director Espiritual en el Seminario Propedéutico de Caguas, acompañando a nuestros seminaristas, algunos de ellos ya sacerdotes hoy.

Todo lo que tengo y lo que soy se lo debo a Dios. Mi ministerio sacerdotal, dones, talentos, mi vida entera le pertenece al Señor. ¿Qué puedo ofrecerle a Dios que no sea suyo? El sí de mi amor. Un sí firme, alegre, fiel, constante e incondicional. Ciertamente en mi vida sacerdotal, en el largo camino de configuración existencial con Jesucristo Buen Pastor, no han faltado las pruebas y dificultades, como tampoco los momentos más sublimes y felices en la presencia de Dios. Momentos en los que la gracia de Dios se derrama abundantemente sobre mí y sobre aquellos que Él me ha confiado; desde la consagración en cada Eucaristía que me permite subir a la cruz con Jesús, el abrazo del penitente luego de la absolución en la Reconciliación y en la sonrisa del enfermo al recibir la Santa Unción…

Hoy reafirmo mi vocación sacerdotal y puedo exclamar junto al Salmista: “¡Cómo pagaré al Señor todo el Bien que me ha hecho! Alzaré la copa de la salvación invocando tu nombre, Señor” (Salmo 115). ¡Hoy confieso que soy inmensamente feliz y que bien vale la pena ser sacerdote! ¡Y si Dios me diera la oportunidad de volver a nacer, volvería a ser sacerdote!

A mi gente le pido, que no dejen de orar por sus sacerdotes. Oremos para que Dios nos otorgue muchos, buenos y santos sacerdotes que apacienten el rebaño con el corazón de Cristo Buen Pastor. A mis hermanos sacerdotes, les pido que siempre tengan su mirada fija en Jesús y que, por favor, nunca dejen de sonreír.

 

En mis 25 años de sacerdote, te regalo esta oración que escribí en uno de tantos momentos en que mi corazón sacerdotal se desnuda en la presencia de Dios, en el silencio elocuente de mi oración:

 

Tu gracia se derrama sobre mí,

cuando estoy en el altar.

No son mis manos,

ya no es mi voz,

ya no es mi cuerpo;

eres tú, mi Señor.

Tu gracia se derrama sobre mí,

cuando estoy en soledad.

A cada instante,

me sostiene tu gracia,

tu Espíritu me asiste

en mi debilidad.

Es por tu gracia,

que soy lo que soy,

sacerdote para siempre,

de tu amor y tu poder.

Es por tu gracia,

soy barro en tus manos,

tuyo es mi corazón,

bien sabes que te amo.

Es por tu gracia,

ya no soy yo;

eres Tú quien vives en mí.

Es por tu gracia…

Ángel Luis Cintrón Ortiz (P. Canito)

 

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