¡SE MATA A NUESTRO PUEBLO Y NO ACTUAMOS! ¿ACTUAMOS CUÁNDO?

S.E.R. Mons. Eusebio Ramos Morales,

Obispo de la Diócesis de Caguas y Administrador

Apostólico de la Diócesis de Fajardo-Humacao

30 de enero de 2019

Nos hemos acostumbrado a ver o escuchar las noticias en radio, televisión y prensa sobre las continuas muertes violentas, pero ya no nos impresionan: balaceras por todas partes, asesinatos por armas de fuego, quemados en autos, cadáveres en bolsas pláticas, personas degolladas o encontrados con manos amarradas o sus cabezas cubiertas y baleadas.  Además, el maltrato a la mujer y a los niños. Se ha entronizado la violencia y la muerte en la convivencia puertorriqueña y se ha hecho parte de nuestra cultura de muerte. ¡Pero no pasa nada! Hasta pensamos y decimos que todo está bien. También, hemos creado una forma particular de informar tanta violencia y criminalidad: les llamamos “individuos”, no personas. Así, los hijos de esta tierra se convierten en números y estadísticas frías de muerte cuando los contamos, porque a veces ni siquiera se cuentan.

Pero, ¿qué hay de las familias que pierden a sus seres queridos, de las madres y padres que pierden sus hijos, de los hijos que se quedan sin sus padres, de las esposas o esposos que quedarán viudos y desgarrados, de los matrimonios truncados por la muerte cruel y violenta, de la juventud apagada inmisericordemente, del recurso humano del país que se va diluyendo y de la sociedad diezmada y enferma que vamos encontrando? ¿Hasta cuándo? El grito de los niños huérfanos, las lágrimas de los rostros adoloridos y los múltiples hogares y familias puertorriqueñas destrozadas que sufren este sin sentido, claman al cielo y a nuestras conciencias.

Ha llegado la hora de dejar a un lado la partidocracia fanática que nos convierte en tribus, la comodidad de nuestras posiciones placenteras, muy bien pagadas, y superar los intereses egoístas que nos encierran y aíslan del dolor ajeno. Esta devastación social causada por la imparable ola violenta y cruel que nos acompaña en nuestra cotidianidad social tiene que terminar. Celebremos las iniciativas públicas y privadas que se han presentado, pero nos basta con las conferencias de prensa y cumbres para complacencias personales y noticiosas. Es urgente iniciar una amplia reflexión en todos los ámbitos de nuestra sociedad puertorriqueña: a nivel familiar, social, académico, cultural y religioso. Hay preguntas que comienzan a brotar con fuerzas: ¿Qué ha pasado en nuestros hogares? ¿Qué hemos hecho con la familia? ¿Cómo construimos nuestros matrimonios? ¿Qué valores estamos inculcando y promoviendo? ¿Hay espacio para Dios en nuestros hogares? Urge una revisión a la filosofía educativa que pretendemos imponer. Muchas reformas se han apartado de nuestra cultura e identidad de pueblo, por ser extranjeras.  os corazones de tantos religiosos, académicos y servidores de hombres y mujeres de buena voluntad en esta tierra están siendo zarandeados.

Para colmo, las familias que pierden a sus seres queridos tienen que estar largas semanas esperando que les entreguen los restos de éstos. Esta insensibilidad no puede tolerarse cuando los contratos jugosos a particulares siguen otorgándose como si no pasara nada en el País.  ¿Dónde están nuestras prioridades? ¡Ojalá tengamos memoria y no olvidemos quiénes y cómo nos llevaron a esta deplorable situación!

Por otro lado, hacemos un llamado a los que tienen responsabilidades o son servidores ante el País para trabajar con urgencia esta situación de deterioro social, moral y religioso. A nivel eclesial, invitamos a los pastores y a todos los bautizados a poner en la agenda de cada consejo pastoral o de las diferentes estructuras de servicio la situación del país y empezar a tomar acción inmediata. La educación y toma de conciencia de esta realidad, el acompañamiento y solidaridad a las familias en su dolor, la organización social y el discernimiento a la luz del Espíritu, la oración y rogativas por nuestro pueblo, son acciones que están a nuestro alcance y podemos trabajar desde la tarea pastoral y la responsabilidad ministerial. Es urgente vencer la tentación de la indiferencia.

Invoquemos a la Virgen María y con ella llevemos vida y esperanza a los que sufren o se les arrebata inmisericordemente.  “Nosotros también, Padre, queremos ser una Iglesia que sostiene y acompaña, que sabe decir: ¡Aquí estoy!, en la vida y en las cruces de tantos cristos que caminan a nuestro lado. En María aprendemos la fortaleza para decir “sí” a quienes nos han callado y no se callan ante una cultura del maltrato y del abuso, del desprestigio y la agresión, y trabajan para brindar oportunidades y condiciones de seguridad y protección”, (Papa Francisco en Viacrucis de la JMJ, 25 de enero de 2019).

Finalmente, hago un llamado a los señores de la industria del narcotráfico y de las armas, a los controladores y suplidores de miles de puntos de drogas que arropan al País, y a los que les protegen y blanquean su dinero. ¡Basta ya de tanta violencia! Piensen en sus hijos, sus padres y amigos. A los que les arrebatan la vida también son personas e hijos de Dios y tienen seres queridos que sufrirán sus partidas por siempre.  Busquen en sus corazones las huellas de Dios y el respeto por la vida humana.

Que Dios les bendiga y les transforme en el nombre de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y con el amor y la luz de su Santo Espíritu.

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León XIV: «Sin familias fuertes, el mundo no tiene futuro»

En el décimo aniversario de Amoris laetitia, el Santo Padre destacó la importancia del amor conyugal, la educación de los hijos y la oración en familia como fundamentos de una sociedad más humana y solidaria. Ciudad del Vaticano, 14 de octubre de 2026. — El papa León XIV reafirmó el papel fundamental de la familia en la construcción de una sociedad cimentada en el amor, la solidaridad y el respeto por la vida, durante la celebración eucarística que marcó la clausura del encuentro conmemorativo del décimo aniversario de la exhortación apostólica Amoris laetitia, publicada por el papa Francisco. La homilía, preparada por el Santo Padre, fue pronunciada por el cardenal Luis Antonio Tagle durante la Santa Misa celebrada en la Plaza de San Pedro. León XIV no pudo presidir la celebración debido a su recuperación tras la intervención quirúrgica pulmonar realizada el martes en el Hospital Gemelli de Roma. En su reflexión, el Pontífice destacó que el matrimonio cristiano constituye una vocación al amor que se construye diariamente mediante la entrega mutua, el respeto y la gracia de Dios. Recordó que la verdadera alegría del amor matrimonial no consiste en perder la identidad personal, sino en crecer juntos, permitiendo que cada esposo encuentre en el otro un apoyo para desarrollar plenamente su vocación. Asimismo, subrayó la necesidad de fortalecer la preparación de los jóvenes para el matrimonio, insistiendo en que la educación para el amor comienza desde la infancia. Aunque reconoció el valor de los programas de preparación matrimonial que ofrecen las parroquias, advirtió que estos deben estar acompañados de una formación integral en las virtudes, la responsabilidad y el compromiso. El Papa también resaltó que el hogar constituye la primera escuela del amor, donde los hijos aprenden, mediante el testimonio de sus padres, el significado de la entrega, el perdón y la fidelidad. En este sentido, reconoció el esfuerzo cotidiano de tantas familias que, aun enfrentando dificultades, perseveran en su misión con generosidad. Otro de los aspectos centrales de su mensaje fue la necesidad de consolidar una Iglesia que sea verdaderamente una «familia de familias», capaz de acompañar a los matrimonios jóvenes, apoyar a los padres en la crianza de sus hijos y reconocer la sabiduría de los adultos mayores. León XIV insistió particularmente en que las familias que atraviesan situaciones difíciles deben encontrar en la comunidad eclesial acogida, comprensión y acompañamiento, libres de prejuicios y actitudes condenatorias. De igual manera, recordó que la familia desempeña un papel insustituible en la transmisión de los valores cristianos y en la defensa de la dignidad de la vida humana, desde la concepción hasta la muerte natural. Finalmente, el Santo Padre exhortó a recuperar la práctica de la oración compartida en el hogar, señalando que esta costumbre se ha debilitado considerablemente en distintas partes del mundo. Destacó que la participación en la Eucaristía dominical, los sacramentos y la oración familiar fortalecen los vínculos afectivos y permiten afrontar unidos las dificultades de la vida. Con este mensaje, León XIV renovó el llamado de Amoris laetitia a reconocer a la familia como una comunidad de amor, esperanza y fe, cuya misión resulta esencial tanto para el futuro de la Iglesia como para el bienestar de toda la sociedad. Fuente: Vatican News. 

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Dr. Héctor Balvanera destaca el valor histórico y espiritual del Santuario de la Madre de la Divina Providencia

Durante el Simposio sobre el Año Jubilar Mariano y la devoción mariana en la identidad puertorriqueña, el investigador presentó un recorrido por cien años de historia, arquitectura y expresiones de fe que contribuyeron a consolidar la devoción a la Patrona de Puerto Rico. La historia del Santuario de Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia, ubicado en la Catedral de San Juan Bautista, fue el tema central de la ponencia ofrecida por el Dr. Héctor Balvanera durante el Simposio sobre el Año Jubilar Mariano y la devoción mariana en la identidad puertorriqueña, celebrado este martes, 13 de octubre. Bajo una perspectiva histórica, arquitectónica y patrimonial, el investigador presentó un análisis del desarrollo del santuario entre 1853 y 1953, destacando cómo la arquitectura, el arte, la liturgia y la participación de los fieles contribuyeron a fortalecer una devoción que llegaría a convertirse en parte esencial de la identidad religiosa puertorriqueña. Durante su exposición, explicó que la historia de esta advocación mariana no puede comprenderse únicamente desde su reconocimiento como patrona, sino también desde los espacios sagrados, las imágenes y las prácticas religiosas que permitieron transmitir su significado de generación en generación. La reconstrucción de la Catedral y el origen del Santuario El Dr. Balvanera situó los orígenes del santuario en el proceso de reconstrucción de la Catedral de San Juan Bautista durante el siglo XIX, particularmente bajo el impulso del obispo Gil Esteve y Tomás, quien llegó a Puerto Rico en 1849. La Catedral, cuya construcción y transformación se extendieron durante varios siglos, había experimentado daños y modificaciones como consecuencia de fenómenos naturales y dificultades económicas. El proyecto de restauración permitió reorganizar y embellecer el templo, integrando elementos arquitectónicos y artísticos que reforzaron su importancia como sede episcopal. Según explicó, la reapertura solemne de la Catedral en 1852 fue interpretada por sus contemporáneos como una manifestación de la providencia divina. En ese contexto surgió la iniciativa de establecer un espacio dedicado a Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia, como expresión de gratitud por la culminación de las obras. El investigador destacó que la creación del santuario no fue una iniciativa aislada, sino parte de un mismo proyecto que buscaba restaurar tanto la estructura material de la Catedral como fortalecer la vida espiritual de la Iglesia en Puerto Rico. Un espacio donde el arte y la liturgia se encuentran Uno de los aspectos más destacados de la conferencia fue el análisis arquitectónico de la capilla dedicada a la Virgen, establecida en un espacio anteriormente vinculado a la advocación de Nuestra Señora de los Dolores. Balvanera explicó que su ubicación dentro de la Catedral responde a una organización que establece una relación entre los espacios dedicados a la Eucaristía y a la devoción mariana. Esta disposición permitió integrar el santuario al conjunto arquitectónico sin restar centralidad a las celebraciones litúrgicas. Asimismo, destacó el valor del programa iconográfico de la capilla, cuyas representaciones relacionan acontecimientos y personajes del Antiguo y Nuevo Testamento con la figura de María y su participación en la historia de la salvación. El investigador también abordó la evolución de las imágenes veneradas en el santuario, comenzando con el conjunto escultórico de la Virgen y el Niño encargado en Barcelona en 1853. Con el paso de los años, el espacio experimentó transformaciones y enriquecimientos artísticos, entre ellos la construcción del camarín en 1881 y la incorporación de elementos decorativos que resaltaron la dignidad de la imagen mariana. Una devoción construida por el pueblo Más allá de los elementos arquitectónicos, el Dr. Balvanera destacó el papel fundamental de los fieles en el desarrollo y sostenimiento del santuario. Desde sus comienzos, la comunidad participó en la adquisición de imágenes, el financiamiento de obras y la organización de celebraciones religiosas. Las novenas, las misas cantadas y otras prácticas de piedad contribuyeron a establecer una tradición devocional que trascendió generaciones. En este sentido, explicó que el reconocimiento de Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia como Patrona de Puerto Rico no puede entenderse únicamente como resultado de una disposición eclesiástica, sino como la culminación de un proceso espiritual y cultural desarrollado durante décadas. La permanencia de las celebraciones y el compromiso de sacerdotes, benefactores y comunidades permitieron conservar esta tradición incluso durante los períodos de transformación del santuario. La coronación de 1953 y la identidad puertorriqueña La última parte de la ponencia estuvo dedicada a las intervenciones realizadas entre 1951 y 1953, relacionadas con la coronación de la imagen de Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia. El investigador explicó que estos trabajos incluyeron la restauración de elementos del santuario y de la imagen, así como la incorporación de símbolos que reafirmaron el vínculo entre la advocación mariana y el pueblo puertorriqueño. Entre ellos destacó la colocación del escudo de Puerto Rico y una inscripción conmemorativa que identificaba a la Virgen como protectora del país. Para Balvanera, la coronación de 1953 representó el reconocimiento solemne de una realidad espiritual construida durante un siglo mediante la participación de generaciones de fieles. También llamó la atención sobre la presencia de la cripta episcopal bajo el santuario, un elemento que permite relacionar la historia de la devoción mariana con la sucesión de los pastores que han acompañado a la Iglesia en Puerto Rico. Patrimonio, memoria y fe Al concluir su intervención, el Dr. Balvanera subrayó que los patronazgos religiosos requieren mucho más que reconocimientos oficiales: necesitan lugares, imágenes y prácticas capaces de conservar y transmitir la memoria espiritual de una comunidad. Desde esta perspectiva, el Santuario de Nuestra Señora Madre de la Divina Providencia constituye un testimonio vivo de la relación entre la fe católica y la identidad puertorriqueña. Su historia demuestra cómo la arquitectura, el arte y la liturgia pueden convertirse en expresiones concretas de la experiencia religiosa de un pueblo. La ponencia ofreció así una mirada al patrimonio mariano de Puerto Rico, invitando a reconocer en el santuario catedralicio no solamente un espacio de veneración, sino también un lugar donde convergen la historia, la memoria colectiva y la fe de generaciones de puertorriqueños.

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