Seguramente habrás escuchado alguna vez o, incluso, cantado, el himno “Viva María, viva el Rosario, viva Santo Domingo que lo ha fundado”. Pero ¿quién es ese Santo Domingo? Contrario a otros santos incluso de su misma época como San Francisco de Asís o San Antonio de Padua, el fundador de la Orden de Predicadores no es un santo popularmente conocido. Nacido en 1170 en Caleruega, un pueblito del municipio de Burgos en España, Domingo fue el hermano del medio de tres: el mayor Antonio y el menor Manés, quien se le unió en la fundación de la Orden.
Muchas veces, en sus imágenes Santo Domingo lleva una estrella en su frente. Se trata de una tradición que cuenta cómo al ser bautizado, su mamá la beata Juana de Aza vio que brillaba esa luz resplandeciente en la frente de su hijito como premonición de la “Luz de la Iglesia” que vendría a ser. Y es que, desde los siete años, un hermano sacerdote de su mamá, la beata Juana de Aza, lo educó en el barrio de Gumiel de Izán (en donde moriría en olor de santidad su propio hermano fray Manés) para pasar luego a la ciudad universitaria de Palencia en donde finalizó estudios en Artes y Teología. Allí mismo enseñó como profesor por cuatro años. Se cuenta que para 1191, hubo una gran hambruna en la ciudad y Domingo no pudo mantener más sus libros: los vendió para crear un fondo que ayudara a alimentar a los hambrientos.
Siguiendo su llamado, a los 28 años, Domingo profesa la Regla de San Agustín como canónico regular de la Catedral del municipio de Osma. Con su obispo, Mons. Diego de Acebes, sale a una misión encargada por el Rey Alfonso VIII de Castilla que le lleva por el sur de Francia. Allí se topa con todo lo que está causando la herejía cátara debido a la gran ignorancia en la fe del pueblo y la opulencia que ostentaba la jerarquía. El catarismo creía que la creación y, por tanto, todo lo físico, había sido obra de Satanás; sólo el mundo espiritual era obra de Dios. El cuerpo de Cristo mismo era un aprisionamiento de su Espíritu por el mal. Dolido por los estragos que hacía en la gente este tipo de creencia, Domingo pide al papa Inocencio III que le deje como predicador allí en el sur de Francia.
En 1206, la Virgen María, Nuestra Señora, mostró para el predicador Domingo una capillita dedicada a Ella en el pueblito de Prulla. Allí, comenzó una comunidad con mujeres conversas de la herejía a través de su predicación. Este primer monasterio de contemplativas fue el inicio de la que sería llamada Orden de Predicadores aprobada por el papa Honorio III en diciembre de 1216.
Los frailes de esta Orden se dedicaron a vivir en comunidad una espiritualidad del estudio asiduo
de la Palabra de Dios para compartir con el pueblo sediento de verdad los frutos de la contemplación.
El Papa San Juan Pablo II, en su carta apostólica Rosarium virginis Mariae, afirmaba que la “historia del rosario muestra cómo esta oración ha sido utilizada especialmente por los Dominicos, en un momento difícil para la Iglesia a causa de la difusión de la herejía” (n. 17). Y es que, hasta su muerte el 6 de agosto de 1221, la preocupación por “la salvación de los pecadores” estuvo siempre ligada en Santo Domingo de Guzmán a su amor por la Virgen María.
Quien contempla los misterios del rosario que, como dijo el Papa San Pablo VI, “concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio” (cf RVM 1), puede convertirse en predicar de esa palabra que libera a la humanidad de todo lo que la destruye. Santo Domingo de Guzmán, ruega por nosotros, la Iglesia evangelizadora.

Santo Domingo y la evangelización mariana
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