Recientemente, alguien me escribió expresando desconocimiento sobre Santo Domingo de Guzmán, el fundador de la Orden de Predicadores, y la necesidad de investigar su vida. Esta persona no está sola en esta situación. La vida de Santo Domingo no era tan espectacular como la de San Francisco de modo que todo el mundo sepa sus obras. Domingo nunca se desnudó de la ropa aristocrática de su padre cuando el mayor insistió que no siguiera la vida religiosa. Ni fue mártir, teólogo célebre, u obispo cumplido. Santo Domingo solo era un sacerdote español con gran sueño para evangelizar el mundo y la capacidad de realizarlo.
El sueño nació cuando Domingo encontró a los albigenses durante un viaje por el sur de Francia. Los albigenses eran escandalizados por la vida disoluta de algunos eclesiásticos. Su desconcierto los movió a adoptar el dualismo que ve todo lo material como malo y lo espiritual como bueno. En su confusión dejaron los sacramentos de la Iglesia y rechazaron la autoridad de los obispos. Compadeciéndose de ellos por haber dejado el camino seguro a la vida eterna, Domingo deseaba fundar una orden clerical para predicar a ellos la bondad de la creación. Con la aprobación del papa, Domingo envió a los predicadores que había reunido no solo a los albigenses sino también a diferentes partes de Europa. Con el tiempo, el movimiento dominico alcanzó a los rincones del mundo predicando cómo el Hijo de Dios asumió un cuerpo material para salvar a hombres y mujeres de sus pecados.
Se dice que Santo Domingo vive en cada uno de sus frailes de modo que cualquier elogio hacia un fraile, se pueda atribuir a Domingo. Un dominico que se distingue en el mundo caribeño era fray Antonio de Montesinos que llegó a Puerto Rico en 1510 en su camino a la isla de La Española. Allá junto con los otros frailes de la comunidad, Montesinos cuidaba de la vida espiritual de los colonos españoles mientras convertía a los indígenas.
Durante su ministerio, los dominicos atestiguaron cómo los españoles maltrataban a los nativos. Trabajando arduamente en las fincas y minas de los colones mientras padecían nuevas enfermedades, muchos indígenas sucumbían. Los frailes se sentían obligados a protestar el abuso. Se reunieron para hacer una estrategia. Eligieron a fray Antonio a predicar a los colones sobre el escándalo de cristianos maltratando a sus sujetos. El 21 de diciembre de 1511, fray Antonio montó el pulpito de la iglesia de los dominicos para abogar por los oprimidos. “Acaso estos, ¿no son hombres? — gritó el dominico –¿No son seres humanos como vosotros? ¿No estáis obligados a amarlos como a vosotros mismos?” Aunque el sermón generó fuertes críticas hacia los dominicos, con el tiempo, gracias a los esfuerzos de fray Antonio y fray Bartolomé de las Casas, también dominico, la corona español promulgó leyes para proteger a los indígenas de los abusos laborales. En cierto modo el predicador del sermón famoso era Santo Domingo de Guzmán quien había establecido la orden e inspirado a sus frailes a predicar la verdad.
Hoy en día podemos plantear las mismas preguntas en favor de los no nacidos. Tanto como fetos formándose en el seno materno como embriones congelados en laboratorios, los no nacidos poseen una composición humana y deben ser tratados con caridad y justicia. Los dominicos, en nombre de su fundador Santo Domingo, se han unido con los papas, obispos y numerosas personas de buena voluntad para denunciar el aborto y la destrucción de embriones. Para ellos la vida humana es santa porque refleja a Dios, su Creador.
La fiesta de Santo Domingo se celebra al 8 de agosto. Esta ocasión no solo es propicia para los frailes sino también para las monjas, las religiosas de la orden, y decenas de miles laicos dominicos que agradecen a su patrón por la inspiración y la organización para predicar el evangelio.
Fray Carmelo Mele, O.P.
Para El Visitante
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