“Hacer creer” en el matrimonio (I)

Comentaba yo de un libro sobre matrimonios el capítulo que la autora titula: “¿Cómo arruinar un matrimonio que va bien? Según ella, esto se consigue cuando uno “tapa o protege” en el matrimonio. Una segunda consideración de la autora es sobre el “hacer creer”, que va de la mano con el anterior “proteger”. El “hacer creer” ya se mete en el campo de lo inconsciente. Significa no solo quitar de la vista los sentimientos o verdades amenazantes, sino el llegar a negar que realmente existan. Este “hacer creer” o fingir es algo que hemos aprendido desde niños, al desarrollar el mundo de fantasía, de indios y vaqueros, el hombre invisible y la guerra de galaxias. Sabíamos que era fingido, pero nos agradaba. Y aun como adultos esos juegos tienen su papel en nuestras vidas.

Durante su primer año de matrimonio Lisa y Manolo, en la compra semanal del supermercado, se hacían creer que el dinero no era el problema. Fingían que la única razón por la que no compraban bistec era que “no nos gusta el biftec”.  Fingían que preferían la carne molida o el pollo. A nadie engañaban, y menos a sí mismos, sobre lo que era o no era. Y lo que no era, era el dinero. El fingir les hacía más aceptable la situación.

El “hacer creer” puede tener una dimensión positiva, mientras sepamos que estamos fingiendo. Empero se vuelve destructivo cuando no somos sinceros en ese punto con nosotros o con los demás. Entonces alimentamos ilusiones, ensayamos libretos, en fin, construimos un mundo fingido y no nos damos cuenta de lo que hemos realizado. Un caso, Inés. Recién acabada la universidad conoció a Roberto; y se casaron después de tres meses. Querían casarse. Roberto deseaba una esposa e Inés su hombre. Pero ella también quería otras cosas, por como ej., su profesión.  Desgraciadamente, a duras penas encajaba esto en la vida que habían comenzado. El trabajo fue doble. Se levantaba A las 5:00 a.m. para preparar las comidas, antes de irse ambos a trabajar. Con los ahorros compraron lavadora y secadora para que ella no tuviera que ir a la lavandería. A veces le venía la neura al verse echando medias sucias en la lavadora en aquella casa tan grande y nueva.

Un día, de rabia, quiso lanzar un zapato contra la puerta, pero se enredó y se golpeó su propio muslo. Aun después de ese golpe, Inés no se detuvo a analizar. “Así tenía que ser”, se decía. “Y así como era, era alegre”, casi llegó a convencer.  Podía haber continuado de ese modo, si no es por aquel día en que bajó del avión después de un viaje de negocios para encontrarse con un hombre que no conocía y a quien no amaba, pero que era su esposo. Ese encuentro duro con la realidad salvó a Inés de su mundo imaginario. Ya no podía “hacer creer” que así era como tenía que ser. Se separó de él y a los tres meses se divorció.

A veces, si no nos podemos engañar a nosotros, lo que intentamos es engañar a los que nos rodean. Así sucedió con Nelson; no se podía engañar a sí mismo negando su aventura. Era a su esposa a la que había que convencer. Luisi presentía que algo andaba mal. Nelson siempre estaba cansado, trabajaba hasta tarde, pasaba los fines de semana en su oficina. Cuando Luisi le preguntaba por qué, él respondía: “Tengo que trabajar así para ganar el dinero que necesitamos. Cuando tenga un socio, lo tomo más suave. Ya sabes que te amo y por eso estoy trabajando tan duro”. 

El “hacía creer” que no había problema y su mujer también lo fingía. La evidencia era tanta que en el fondo Luisi sabía que algo pasaba, pero hacía creer que no era verdad. Dolería tanto el enfrentar ese hecho. La comedia comenzó a cobrar su precio. Nelson mostraba señales de agotamiento físico. El doctor le diagnosticó tensión y le explicó que las consecuencias podían ser serias, si Nelson no resolvía los problemas que le causaba el stress.

En su segunda visita a mi oficina Nelson me descubrió su aventura con la querida.  Caí en la cuenta de que la culpabilidad de una doble vida le causaba esos sinsabores. Sabía lo que podría perder sin Luisi y decidió despedir a la otra. Pero cuando le sugerí que contase a Luisi la verdad, se rehusó abiertamente. Le dije que yo no podía ser socio de su fingimiento. Eso solo perpetuaría su mundo de caretas. Por fin Nelson decidió decir la verdad, y entonces comenzó el verdadero trabajo en su relación.

Hubo momentos en que los sentimientos fuertes de ella le hicieron a Nelson desear no haberle contado nada. La verdad de que habían vivido cuatro años de fingimiento era realmente dolorosa. Pero convenía que enfrentaran lo que había sido y comenzaran así a reedificar desde ese punto. Fueron seis meses de trabajo intenso en esa reedificación. Pero eso les capacitó para desarrollar una relación basada en completa sinceridad y confianza, no en fingimientos. El éxito vino por ahí.

P. Jorge Ambert, SJ

Para El Visitante

Link foto: https://www.freepik.es/fotos-premium/felices-recien-casados-hermosos_84238849.htm

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