SAN IGNACIO, HOMBRE DE IGLESIA

En cada época la comunidad católica sufre grandes tribulaciones. Al mismo tiempo Dios suscita personas que son el signo del más divino cuando parece que abunda el signo menos. Eso fue Ignacio de Loyola en el siglo XVI cuando la Iglesia sufría el cisma creado por Lutero. Los Fundadores de las Ordenes consagradas marcan su manera de ir a Dios en sus seguidores. Esta es la pintura que yo veo de San Ignacio. Ignacio: místico, con los pies en la tierra, encarnado, práctico, sin miedo a los medios morales que haya que utilizar con tal de lograr la mayor gloria divina. Ignacio midiendo con su regla del tanto cuanto toda la experiencia humana, sin negar ninguna, con tal de que se ajuste a su objetivo de glorificar a Dios, a aquel EN TODO AMAR Y SERVIR. 

Su visión de Jesús y de la esposa mística la Iglesia logró impactar a otros jóvenes contagiados con su celo apostólico. Es claro que la visión de Ignacio podía dar pie a la posterior imagen negativa del jesuita: taimado, hipócrita, manipulador… No puede ser así en ese maestro espiritual que enseñaba: “tanto más te aprovecharás en la vida espiritual cuanto más salgas de tu propio amor, querer e interés”. Ignacio quería imitar al Jesús de Palestina deseando incluso terminar su vida en ese mismo territorio de Israel. No lo pudo realizar. Su realización se volcó en ponerse en las manos del Vicario de Cristo, el Papa, para extender el mensaje del divino Maestro, según el Papa del momento se lo pidiese. Y para lograrlo no se ajustó a los modos de consagración religioso del mundo. Su convento sería el mundo. 

Lo que está en la cabeza de Ignacio es este pensamiento: “Porque quiero salvar al mundo, tengo que meterme en el mundo sin hacerme mundo”. La visión de la encarnación lleva a vestirme de esa humanidad, lleva a la inculturación. Es visión de frontera, que ha llevado a los jesuitas a muchos logros y también a dolorosos errores. porque el que vive en frontera fácilmente pisa el terreno del enemigo. Teilhard de Chardin lo expresaría: “De ahora en adelante, porque soy sacerdote, quiero ahondar en todo lo que el mundo ama, anhela y sufre. Ser el primero en buscar, comprender y sufrir con los hombres. Que ninguno de los que sirven al mundo sea más humano, ni pertenezca a la tierra, de una manera más noble que yo”. 

San Ignacio lo expresa de otra forma: “Entrar con la de ellos para salir con la nuestra”. “Poner todos los medios humanos como si de ellos dependiese el fruto, pero la confianza en Dios, como si no hubiese medios humanos”. Ese deseo de tocar tierra lo lleva a romper los moldes de la vida religiosa del momento… Su aporte a la Iglesia en ese momento, y lo que requieran los tiempos futuros, fue en esa línea. Se plasma en la flexibilidad de las Constituciones: “si otra cosa no pareciere mejor”, “teniendo en cuenta las costumbres del lugar”, “buscando siempre lo que sea mayor gloria divina”, “aprenda la lengua del lugar, si ya la suya natural no fuera allí más útil”, “teniendo la consideración de las personas que conviene en el Señor nuestro”, “dispuestos, cuanto es posible”. 

No pensaba Ignacio en su momento inicial en el apostolado de la educación. Lo de él era la misión, el ir al lugar de la tierra que el Papa, y la Iglesia, requiriera como urgente. Esta idea inicial del jesuita misionero se complemente al ver en la iniciativa de los colegios algo de influjo más divino. Porque el desea que “el bien cuanto más universal es más divino”. ¿Y de dónde parte esta praxis de su vida apostólica? No, de la ambición, o el deseo del triunfo humano (esas vanidades las abandonó con su pierna rota en Pamplona), no del afán de competencia con otros movimientos de la Iglesia (S. Ignacio como el salmista diría: “que todo espíritu alabe al Señor”). Parte de su apasionamiento por la persona de Jesús. Ese que, como a Pablo, “tuvo compasión de mí que yo no era creyente y no sabía lo que hacía. Ese que derrochó su gracia en mi dándome la fe y el amor cristiano”. En el inmenso árbol de la Iglesia son muchas las ramas que surgen del tronco y de él reciben savia y vida. Todas las ramas son necesarias. Ignacio de Loyola aporta en su tiempo, y ahora todavía, lo que el Espíritu le inspiraba como servicio a la Santa Madre Iglesia Jerárquica. 

P. Jorge Ambert, S.J.

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