San Ignacio de Loyola: un santo para hoy

P. Gabi José Cedeño Díaz-Hernández, S. I.

La solemnidad de San Ignacio que celebramos este 31 de julio, es una buena oportunidad de recordar su aportación a la espiritualidad cristiana. Conocí su figura desde niño, como a los nueve o diez años, cuando leí por primera vez su vida en un pequeño tomo de biografías que se llamaba Vidas Ejemplares.  La historia de su vida me impresionó mucho.  Con los años fue creciendo mi cariño y admiración por él.  Su influjo y protección me llevó a que años más tarde, entrara en la Compañía de Jesús, que es uno de los regalos más hermosos que inmerecidamente, me ha dado el Señor nuestro Dios.  Desde ese recuerdo agradecido y agraciante, quisiera compartir alguna reflexión sobre la actualidad de San Ignacio. 

San Ignacio nació posiblemente en 1491 en un pequeño rincón del norte de España.  Vio la luz en un mundo cambiante, de grandes crisis y desafíos históricos.  Movido por el honor de su linaje, buscaba la admiración y el éxito en la vida.  Le movía “la nobleza”, quizás un término y una actitud que echamos de menos hoy.  Un gran fracaso personal lo llevó a recuperarse a través de la lectura de los dos únicos libros que había en su casa: la Vida de los Santos y la Vida de Jesús.  Según leía y pensaba, se daba cuenta que su alma sentía lo que él llamó “movimientos espirituales”.  Unas veces estos movimientos o “mociones” lo conducían más a Dios y otras veces lo alejaban de Él.  Fue el inicio del llamado “discernimiento ignaciano”, por el cual el alma va conociendo la voluntad de Dios. 

Así, a grandes rasgos, San Ignacio decidió vivir como Jesucristo y hacerse peregrino en la Tierra Santa.  De camino a Jerusalén, pasa un buen tiempo en Manresa, cerca de Barcelona.  Allí en una cueva su experiencia de Dios lo llevó a escribir sus experiencias en la oración que lo llevó más tarde a redactar ese precioso librito llamado los Ejercicios Espirituales.  Decidió compartir esa gracia maravillosa que había recibido con los demás y decidió prepararse bien para servir adecuadamente al Señor Jesucristo.  Su camino lo llevó a estudiar en París, y allí junto a un grupo de estudiantes, “amigos en el Señor” se convierten en el germen de lo que será una nueva orden religiosa.  Así, tras varias aventuras apostólicas, el Papa Pablo III la aprueba como la “Compañía de Jesús”. 

¿Qué puede decirnos hoy este santo tan antiguo y nuevo?  ¿Cómo podría iluminar nuestro camino como Iglesia en Puerto Rico?  Me atrevo a dar algunas pinceladas a partir de su vida y de sus aportes en la historia siempre viva de la Iglesia.  Lo hago simplemente como aportación personal, sin mayores pretensiones.  No deseo hacer una propuesta exhaustiva, sino una breve reflexión a la luz de su figura, desde el cariño y el afecto de quien es el padre de mi familia religiosa, mi patrono y protector. 

 Lo primero es la centralidad en Cristo como lo único necesario e importante de nuestra vida.  Jesucristo es la gran aportación que podemos ofrecer en estos tiempos complicados.  Eso implica evitar todo aquello que instrumentalice la persona de Jesús.  ¿Realmente nos interesa Jesucristo?  ¿Qué es lo que comunicamos en nuestras homilías, retiros y charlas espirituales?  ¿Ideologías, autoayudas, preferencias personales…?  ¿Cuántas veces compartimos nuestra relación con el Señor?  ¿Acudimos a la oración y a la contemplación del Evangelio para iluminar nuestra realidad?  Una imagen que resume y ayuda a entender esta centralidad en el Señor fueron los votos de Montmartre.  Todos juntos y el centro y horizonte de sus vidas estaba Jesús Eucaristía.  Cristo fue su norte absoluto.  

El segundo punto es la nobleza, la auténtica nobleza espiritual.  San Ignacio nos recuerda que el gran referente del cristiano es el Señor.  Solo al Señor debemos seguir, de Él debemos aprender a comportarnos, a gestionar la vida y las relaciones.  La nobleza cristiana sabe cómo estar y ser en el mundo con la elegancia y sencillez de Cristo.  ¿A quién seguimos?  ¿A quién admiramos?  ¿Al artista que más vende?  ¿Al político que más promete?  ¿Son nuestros comportamientos reflejo de que nuestro Señor, guía y maestro es Jesucristo?  Creo que en este aspecto todos podemos crecer mucho.  Seguir al Señor siempre ha sido “ir en contra de la corriente”.   

En tercer lugar, la vida y experiencia de San Ignacio nos enseña a aprender a leernos interiormente.  Somos víctimas de un constante adormecimiento espiritual que impide el sano discernimiento.  No sabemos percibir las mociones espirituales que recibimos.  Nos falta atención y libertad interior para escuchar la voz de Dios.  La tradición espiritual de San Ignacio ofrece toda una escuela de oración que ayuda a desentrañar el deseo de Dios en nuestra vida, a ponerle nombre a nuestros desafíos del espíritu y a responder desde la Voluntad de Dios.  El discernimiento es la seguridad de caminar con Jesucristo en toda la inseguridad que nos rodea. 

Por último, San Ignacio ofrece un gran ejemplo de amistad espiritual y de amor a nuestra madre la Iglesia, tan necesario hoy.  Su vida nos recuerda que la amistad en Cristo es un instrumento siempre actual para la gloria de Dios.  A lo largo de su vida tejió lazos de amistad con muchas personas, de todas clases y lugares.  Fue su relación de amistad, cuajada en un pobre hospedaje de París, donde junto a San Pedro Fabro y San Francisco Javier que comenzó a brotar la potente semilla de la Compañía de Jesús.   

Eran tiempos de grandes desafíos, como los de hoy día.  El sacerdocio y la institución eclesial eran contestadas y confrontadas.  La sospecha se cierne sobre las tradiciones y costumbres de siempre.  También se han diluido las relaciones familiares y sociales.  Y, sin embargo, San Ignacio y los primeros jesuitas, mostraron un profundo respeto amoroso y reverencial por la Iglesia y por las sanas tradiciones de la gente.  San Ignacio sabía que la verdadera renovación de la Iglesia se realiza desde la reforma espiritual de sus miembros, comenzando desde su cabeza visible.   

Qu esta solemnidad de nuestro padre y maestro Ignacio de Loyola nos sirva para contemplar de manera renovada y alegre a Jesucristo, nuestro Señor.  Que contemplando al Señor nos animemos a conocerlo más desde la propuesta de ese santo tan actual: San Ignacio de Loyola. 

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